Rosa Montero www.elpais.com 29/11/2008

Lúcidos vislumbres llenan dos obras sobre Roma y la Edad Media en el cine. Según sus autores, las películas de romanos son peores cuanto más corta es la falda de los hombres.

Tengo debilidad por los libros raros. No me refiero a la rareza exquisita, a las primeras ediciones, a las encuadernaciones primorosas y demás libros con pedigrí, sino que hablo de la rareza plebeya, de aquellas obras que, por una razón u otra, se escapan de los cánones convencionales y resultan inclasificables. Libros a menudo modestos y sin pretensiones, publicados en pequeñas editoriales e ignorados por el gran público, que un día ves por casualidad, de refilón, en el rincón más oculto de una librería, pero que parecen removerse y dar saltitos en la estantería para llamar tu atención, y extender sus anhelantes tapas hacia ti, y susurrar: «¡Cógeme, por favor, por favor!».

Hay tres locos maravillosos que han escrito un par de libros así. Son asturianos y se llaman Juan J. Alonso, Enrique A. Mastache y Jorge Alonso. Filósofos, historiadores y documentalistas de formación, son además unos fanáticos del cine. Estos tipos multidisciplinares, enciclopédicamente cultos y divertidísimos, son la clase de gente a la que imaginas pasándoselo bomba charlando durante horas en algún bar. Quizá esas apasionadas tertulias que se les intuyen fueran la base del libro fascinante que sacaron hace un par de años, La Edad Media en el cine, en el que, además de contar curiosos detalles cinéfilos de las películas medievales, desde Camelot a Braveheart, componían un espléndido friso histórico del Medievo, explicando no sólo lo que había de cierto o de incierto en los filmes, sino también cómo era la vida en aquellos siglos, los valores imperantes, los detalles más nimios de la cotidianidad. Y todo ello con una escritura airosa, graciosa, ligera pese a la profundidad de algunas de sus observaciones. «Utilizamos el cine como excusa para hablar de la Edad Media, y la Edad Media, como excusa para hablar de cine», dijeron ellos mismos por entonces para definir sus (raras) intenciones. Una rareza que funciona de maravilla. Recuerdo especialmente el capítulo dedicado a la película El león en invierno y a la historia de Leonor de Aquitania: extraordinario.

Al parecer, la cosa marchó tan bien que han repetido fórmula y hace poco sacaron otro libro: La antigua Roma en el cine. Ahora de lo que se habla es del Imperio Romano, y la percha son películas como Quo Vadis o Gladiator. Personalmente creo que prefiero el libro anterior, tal vez más redondo y más trabajado, pero éste también ofrece una lectura irresistible y deliciosa, y probablemente será mucho más fácil de encontrar (por si acaso, doy aquí el teléfono y la web de la editorial: 915 23 27 04, www.cinemitos.com/tbeditores).

Dicen los autores que en el cine de romanos hay un axioma, a saber, que cuanto más corta es la faldita de los hombres, peor es la calidad de la película. Si ellos lo dicen, sin duda será así, porque saben mucho. En realidad son unos estupendos frikis que aseguran conocer de memoria los diálogos de Ben Hur y excesos semejantes. Aunque lo cierto es que parecen conocerlo casi todo. Por ejemplo, hablando del suicidio de Lucrecia, que se mata porque ha sido violada, los autores explican con agudeza el sentido de la castidad para los romanos: Lucrecia se mata porque en el momento de la violación no estaba preñada, y, por lo tanto, podía enturbiar el linaje: «Una anécdota de Macrobio permite comprender la castitas romana: en presencia de Julia la Mayor, la gente se sorprendía del increíble parecido que sus tres hijos tenían con su padre, Agripa. Julia la Mayor les decía: «Numquam enim nisi navi plena tollo vectorem» («sólo acepto pasajeros cuando la bodega está llena»). Si hubiera estado embarazada, Lucrecia no habría sido «mancillada» y no habría tenido que suicidarse. Una observación muy interesante.

El libro está lleno de detalles de este tipo, de lúcidos vislumbres o de divertidas informaciones superficiales. Tomemos, por ejemplo, el capítulo dedicado a la película Espartaco, de Stanley Kubrick. Los autores nos cuentan los entresijos cinematográficos, incluidas las peleas entre Kubrick y Kirk Douglas, el primero, director, y el segundo, protagonista y productor, y luego comparan al Espartaco de Hollywood con el verdadero: «Victor Hugo decía que la insurrección es cosa del espíritu, mientras que la revuelta es cosa del estómago, y ponía a Espartaco como ejemplo de insurrección. La película de Kubrick va por el mismo camino del espíritu, pero el Espartaco histórico se habría movido más bien por el estómago».

En este capítulo nos enteramos de cosas tan dispares como que los candidatos a cuestor, edil, pretor o cónsul deambulaban por el Foro pidiendo el voto vestidos con la toga candida, es decir, con una toga completamente blanca, y de ahí el nombre de candidatos. También de que el riquísimo Craso fue un precursor de la especulación inmobiliaria, porque cuando ardía un edificio en Roma (y ardían muy a menudo) se presentaba allí, compraba el inmueble en llamas al propietario y después lo mandaba apagar con su escuadrilla de bomberos; pero si el propietario se negaba a vender, el edificio ardía por completo. O de que una antigua costumbre romana prohibía barrer el suelo del comedor porque los restos de comida eran el alimento para los muertos: «Fue una cuestión de higiene la que hizo que estos restos se representaran en mosaicos, a fin de que el suelo pudiese ser limpiado». Con mosaicos o no, estaba prohibido barrer durante la comida, y los comensales arrojaban al suelo lo que no ingerían. Una guarrada.

Hay informaciones de más hondo calado que no caben aquí, como un apunte sobre la estructura esclavista de la Roma imperial o el concepto de homosexualidad imperante. Por cierto, que se incluyen unos cuantos procaces insultos en latín, como paedicabo te o irrumabo te, frases tan indecorosas que no voy a poner aquí su significado. Si quieren saber las cosas que se gritaban con sus sucias bocas los ciudadanos romanos, tan serios ellos y tan entogados, lean este libro entretenidísimo.

La antigua Roma en el cine. Juan J. Alonso, Enrique A. Mastache, Jorge Alonso. T&B Editores, Colección Cine/Historia. Madrid, 2008. 327 páginas. 20 euros.
La Edad Media en el cine. Juan J. Alonso, Enrique A. Mastache, Jorge Alonso. T&B Editores, Colección Cine/Historia. Madrid, 2007. 285 páginas. 19 euros.