Un estudio analiza los restos mineralizados de orina y heces en vasijas de hace 1.800 años y descubre evidencias de disentería y parásitos hasta ahora no documentadas en la Europa romana

Guillermo Carvajal www.labrujulaverde.com 24/04/2026

Un equipo internacional de investigadores ha logrado reconstruir las condiciones de salud y saneamiento de los habitantes de la provincia romana de Moesia Inferior (actual Bulgaria) analizando algo tan cotidiano como los orinales que usaban hace casi dos milenios. Los resultados, publicados en la revista Heritage Science, han identificado restos de parásitos intestinales que causaban disentería y otras enfermedades, incluyendo un microorganismo cuya presencia más antigua en el Mediterráneo no se había documentado hasta ahora.

El hallazgo más relevante del estudio es la detección de Cryptosporidium en muestras de orinales del siglo II d.C., lo que constituye la evidencia fiable más antigua de este parásito en el Mediterráneo, según afirman los autores, un organismo unicelular que causa diarreas severas en personas con el sistema inmunológico debilitado.

Los investigadores, liderados por Elena Klenina y Andrzej B. Biernacki de la Universidad Adam Mickiewicz de Poznan (Polonia), junto con especialistas en parasitología de la Universidad Médica de Varsovia, examinaron cuatro orinales de barro descubiertos en dos yacimientos arqueológicos búlgaros: la villa extra muros de Novae (cerca de la actual Svishtov) y la ciudad de Marcianopolis (actual Devnya). Las vasijas datan de entre los siglos II y IV d.C.

Los orinales romanos, conocidos en latín como lasana, eran recipientes de cerámica que se usaban durante la noche en dormitorios o en lugares donde no había letrinas cercanas, como termas, hospitales o teatros. Su principal ventaja para los arqueólogos es que los restos que contienen proceden inequívocamente de humanos, a diferencia de los sedimentos extraídos de alcantarillas o fosas sépticas, donde pueden aparecer heces de animales.

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Ruinas de Novae. Crédito: Kleo73 / Wikimedia Commons

Los orinales romanos representan una fuente significativa de conocimiento sobre las enfermedades intestinales, señala el artículo. La investigación se centró en unas costras mineralizadas que se formaron en las paredes interiores de los recipientes al solidificarse la orina y las heces. Estos depósitos, que en ocasiones incluían restos de parásitos, han permanecido intactos durante más de diecisiete siglos.

Capacidad y usos: hasta ocho personas por orinal

El estudio incluye un cálculo preciso de la capacidad que solía acumularse en estas vasijas. Aunque los recipientes podían contener entre cinco y diez litros, las incrustaciones mineralizadas en sus paredes indican que se llenaban habitualmente solo hasta uno o dos litros, lo que obligaba a vaciarlos con frecuencia.

Los autores estiman que una persona mayor produce por la noche unos 300 mililitros de orina, mientras que un adulto joven ronda los 240 mililitros. Por tanto, un orinal pudo haber sido utilizado por aproximadamente tres o seis personas mayores o de cuatro a ocho jóvenes durante la noche, explican. La defecación, sin embargo, suele producirse durante el día, a menos que una infección intestinal altere los hábitos normales.

Los recipientes analizados en Novae fueron empleados por los habitantes de una villa situada a solo 75 metros de la muralla occidental del campamento de la Legio I Italica. Esta residencia albergaba presumiblemente a comandantes militares y altos funcionarios de visita en la zona. El orinal de Marcianopolis, por su parte, apareció en un taller de cerámica, por lo que probablemente lo usaban el propietario y sus trabajadores.

Los análisis se realizaron con tres técnicas complementarias. En primer lugar, observación microscópica de las muestras para identificar huevos de parásitos. En segundo lugar, análisis de ADN antiguo para detectar material genético de lombrices intestinales. Y en tercer lugar, pruebas inmunológicas (del tipo ELISA) para encontrar rastros de organismos unicelulares que no se conservan bien con otros métodos.

El resultado más impactante se obtuvo de la muestra P03/22p, correspondiente a un orinal del siglo II hallado en Novae. Este único recipiente contenía evidencias de tres parásitos distintos que infectaban simultáneamente a quienes lo usaron: un gusano intestinal Taenia (la solitaria), el protozoo Cryptosporidium y la ameba Entamoeba histolytica, causante de la disentería amebiana.

La solitaria: un problema de carne poco cocinada

La presencia del huevo de Taenia indica que alguno de los usuarios había consumido carne cruda o poco cocinada que contenía las larvas del parásito. Las dos especies más comunes son Taenia saginata, que usa la vaca como huésped intermediario, y Taenia solium, que utiliza el cerdo.

Los estudios arqueozoológicos realizados en Novae durante las últimas cinco décadas revelan que en la época romana el consumo de cerdo suponía el 31% de la carne y el de vaca el 36%. La infección pudo producirse de dos formas: al fertilizar los campos con heces humanas (una práctica común documentada en los tratados agrícolas romanos) que luego ingerían los animales al pastar, o mediante la contaminación de las aguas del Danubio, donde podían vivir larvas del parásito.

El propio Galeno de Pérgamo, el médico más famoso de la Antigüedad que vivió en el siglo II, describió en sus escritos las infecciones por tenias en humanos. No ha sido posible determinar con exactitud qué especie de Taenia afectaba a los habitantes de Novae, pero los autores señalan que tanto el cerdo como la vaca estaban igualmente disponibles en la región.

La disentería: un problema de agua contaminada

Los dos protozoos detectados, Entamoeba histolytica y Cryptosporidium, son particularmente difíciles de identificar en restos arqueológicos porque sus quistes (formas de resistencia) se degradan con facilidad. Por eso recurrieron a las pruebas inmunológicas, que resultaron mucho más eficaces.

Entamoeba histolytica provoca disentería amebiana, una enfermedad que causa diarrea con sangre y puede llegar a perforar la pared intestinal. Galeno ya describió abscesos hepáticos que probablemente eran de origen amebiano. Este parásito se transmite al ingerir agua o alimentos contaminados con heces de una persona infectada, o por contacto directo.

Los investigadores señalan que las temperaturas extremas (por debajo de -5°C o por encima de 40°C) son mortales para este parásito. Su expansión por el Imperio Romano pudo verse favorecida por el Óptimo Climático Romano, un período de clima cálido que duró aproximadamente desde el año 250 a.C. hasta el 400 d.C. y que afectó a la mayor parte del imperio.

Un hallazgo sin precedentes: el parásito que llegó de América… o quizá no

El descubrimiento más sorprendente es la presencia de Cryptosporidium en los orinales de Novae. Este parásito causa una enfermedad llamada criptosporidiosis, que en personas sanas produce diarrea leve durante unos pocos días, pero en inmunodeprimidos (niños, ancianos o enfermos) puede provocar diarrea grave y crónica, deshidratación, desnutrición y pérdida de peso.

Hasta ahora, se consideraba que la evidencia más antigua de Cryptosporidium en humanos en el mundo provenía de análisis de coprolitos (heces fosilizadas) del pueblo Loma San Gabriel en México, fechados entre el 600 y el 800 d.C. Esta cronología había llevado a pensar que el parásito se originó en América Central.

Sin embargo, el hallazgo en Novae cambia esta perspectiva. El resultado positivo de Cryptosporidium en Novae es particularmente significativo, ya que constituye la segunda evidencia fiable de este parásito en el Viejo Mundo, afirma el artículo. La primera evidencia se había publicado en 2017, con la identificación de Cryptosporidium en coprolitos de una especie extinta de cabra de las Islas Baleares datados alrededor del año 3000 a.C.
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Orinales: 1-3 en Novae, 4 en Marcianópolis. Crédito: A. B. Biernacki / E. Klenina

Los autores se preguntan por qué no se ha detectado antes este parásito en otros yacimientos romanos de Europa. Proponen varias explicaciones: los quistes del parásito son microscópicos y se degradan fácilmente con el tiempo; en regiones con climas húmedos o suelos ácidos (como Gran Bretaña, Bélgica o Países Bajos) la conservación es insuficiente; muchas excavaciones no han utilizado las pruebas ELISA adecuadas; y quizás las infecciones eran relativamente raras en poblaciones antiguas con buena inmunidad.

¿Cómo se infectaban los romanos del bajo Danubio?

Los investigadores han reconstruido la probable vía de contagio para los habitantes de la villa de Novae. La opción más plausible es el consumo de agua contaminada. La villa se abastecía de agua mediante un acueducto que captaba agua de un castellum aquae (depósito de distribución) situado directamente en la orilla alta del Danubio, al norte de la residencia.

Los canales de alcantarillado de la zona dirigían sus aguas residuales hacia el mismo río, al norte de la villa. Es bien sabido que las fuertes lluvias y las inundaciones pueden comprometer la integridad del sistema de alcantarillado, lo que lleva a la contaminación del agua potable, explican los autores.

Dado que los habitantes de la villa pertenecían a la élite militar y no se dedicaban a la ganadería, su contacto con animales era limitado. Esto descarta en gran medida la transmisión directa desde animales domésticos y refuerza la hipótesis del agua como vector principal de infección.

Pero hay otra vía posible: el uso de heces humanas como fertilizante. Los autores citan a autores romanos como Varrón y Columela, que en sus tratados de agricultura recomendaban el estiércol humano como abono. Varrón recoge la afirmación de Casio: que después del estiércol de paloma, el excremento humano es el mejor. Columela, por su parte, habla de tres tipos de estiércol: el producido por las aves, por los humanos y por el ganado.

Si los campos se fertilizaban con heces humanas que contenían parásitos, los animales que pastaban en ellos se infectaban, y luego los humanos volvían a infectarse al consumir la carne o las verduras mal lavadas. Un círculo vicioso que perpetuaba las enfermedades.

Marcianopolis: una excepción saludable

El orinal procedente de Marcianopolis, la capital de la provincia de Moesia Secunda (siglo IV d.C.), arrojó resultados negativos para todos los parásitos analizados. Los autores ofrecen varias hipótesis para explicar esta diferencia.

FUENTE: www.labrujulaverde.com