José María Hernández www.elmundo.es 11/03/2007

Se libró hace 2.500 años, siglos antes de que Sadam dijera esta frase frente a EEUU. Fue entre el rey Leónidas, con su guardia pretoriana de 300 espartanos, y los persas de Jerjes. Ahora, aquella epopeya se hace cine con un guión real. «Hoy nuestras flechas oscurecerán el sol». La respuesta: «Tanto mejor, así lucharemos a la sombra».

José María Hernández www.elmundo.es 11/03/2007

Se libró hace 2.500 años, siglos antes de que Sadam dijera esta frase frente a EEUU. Fue entre el rey Leónidas, con su guardia pretoriana de 300 espartanos, y los persas de Jerjes. Ahora, aquella epopeya se hace cine con un guión real. «Hoy nuestras flechas oscurecerán el sol». La respuesta: «Tanto mejor, así lucharemos a la sombra».

Agosto del año 480 a.C. Los persas han llegado al paso de las Termópilas. Frente a ellos se apostan los ejércitos de las ciudades-estado griegas comandados por el rey espartano Leónidas. Nos encontramos ante la Segunda Guerra Médica entre griegos y persas.

Diez años antes, los griegos habían derrotado a las huestes del rey Darío en Maratón. Ahora, Jerjes, hijo de Darío, se dispone a tomar la revancha. El contingente persa, un formidable ejército formado por tropas de cincuenta nacionalidades, cruza el Helesponto y llega a Europa. Jerjes comenzaría su incursión en tierras helenas desde el norte y los griegos tenían que reunirse, solventar sus interminables disputas internas y hacer frente común ante la amenaza externa.

El rey persa, junto con la caballería y la infantería, avanza por tierra hacia Tesalia mientras su flota le acompaña rumbo sur por las aguas del Egeo. Dado que las fuerzas helenas eran muy inferiores en número, los griegos se reunieron en el istmo de Corinto y decidieron buscar un lugar en el que la situación geográfica supusiera una desventaja para los persas y equilibrar las fuerzas de cara al enfrentamiento. Detenido el ejército persa, la impaciencia de Jerjes le llevaría a atacar por mar donde los griegos podrían aprovechar su conocimiento de las aguas y su destreza en el manejo de los trirremes para infligir una derrota a los persas que a la postre resultaría definitiva.

Así pues, la flota helena esperaría cerca del cabo Artemisio, al norte de la isla de Eubea, mientras que un contingente de infantería defendería el paso de las Termópilas (puertas calientes), así llamado por la existencia de fuentes termales sulfurosas en la zona.

La batalla no sólo es Historia. Frank Miller la hizo cómic y ofreció su particular visión de lo acontecido. Sobre ella se levanta ahora 300, la película que el próximo día 23 se estrena en toda España. Zack Snyder, el director, ha querido dotar a la historia, con áurea épica y de alto sentido del honor, de un ritmo trepidante, combinando acción real con fondos digitales, en una propuesta que impresionará al espectador. Gerard Butler encarna la figura del rey Leónidas, el héroe que guía a los griegos en su lucha contra los persas. Lena Headey, Rodrigo Santoro y Dominic West completan el reparto.
En la actualidad, el paso de las Termópilas dista mucho de ser lo que era hace 2.500 años, ya que los aluviones depositados por el río Esperquio han desplazado la línea de costa varios kilómetros hacia el este. Pero por aquel entonces, el paso tenía una longitud de unos 6 kilómetros de largo y presentaba algunos estrechamientos que sólo permitían el paso de un carro. Los aliados griegos se apostaron en el tramo central junto a un antiguo muro construido por los focenses, uno de los pueblos de la zona.

FESTIVAL RELIGIOSO
Los espartanos decidieron no acudir hasta que transcurriera el festival religioso, pero el rey Leónidas había dado su palabra al consejo de que los espartanos acudirían encabezando al resto del contingente aliado y así sería. Leónidas y su guardia personal se presentaron en el paso junto con el resto de griegos; tespianos, peloponesios, tebanos, focenses y locrios, cuyas fuerzas sumaban unos 6.000 efectivos. 6.000 hombres frente al inconmensurable ejército persa.

Si bien las cifras del historiador clásico Heródoto nos hablan de un número exagerado, estudios más cercanos a la realidad calculan que las tropas de Jerjes podrían oscilar entre los 200.000 y los 400.000 hombres. Toda Asia frente a un puñado de griegos. Jerjes pensó que, ante la imponente visión de su ejército, los griegos acabarían por retirarse del paso. Envió un mensajero que invitaba a Leónidas y sus hombres a deponer las armas. Moloon labé (venid a buscarlas) fue la respuesta del rey espartano. El reto está servido y la batalla es inminente.

Los espartanos aprovechan las horas previas a la lucha para peinarse y ejercitarse ante los atónitos ojos de los persas, quienes no comprenden la aparente calma de sus contrincantes. Pero el espartano lleva tiempo preparándose para esto. Toda la vida. Desde los tres años, entrenándose por y para la guerra, que forma parte de su vida. En la mente no hay sitio para el miedo, sólo concentración para el ataque. Un ataque metódico, constante, implacable. Y los persas lo van a sufrir en sus propias carnes. Es tal el compromiso del espartano con el grupo, con su país, que llega casi al desprecio de la propia vida.

Se cuenta que, cuando un emisario persa fue enviado a los defensores de las Termópilas para amedrentarles con el poderío de sus arqueros -«hoy nuestras flechas oscurecerán el Sol»-, un soldado espartano replicó: «Tanto mejor, entonces pelearemos a la sombra».
La batalla va a comenzar. Los defensores se disponen para hacer frente a la primera arremetida persa. Los soldados veteranos en las primeras filas para aguantar la embestida inicial del combate.

El pesado equipo de los espartanos supone un muro de bronce frente al avance del enemigo. Los yelmos apenas dejan un resquicio para que se vean los ojos, el único atisbo de humanidad tras las corazas. Una visión aterradora para los persas. El escudo, principal arma de los espartanos («Vuelve con él o sobre él», decían las madres a sus hijos antes de partir a la batalla) defiende el flanco derecho del compañero. Finalmente, las largas lanzas o sarisas de los hoplitas griegos resultan letales ante la fragilidad de las armaduras y defensas de los asiáticos. Pero los de Jerjes son decenas de millares.

Comienza la batalla. Los persas avanzan con decisión. De pronto, los griegos se marchan. En realidad simulan una retirada. De esta forma, los confiados persas se lanzarán en su persecución convencidos de una victoria fácil. Pero los griegos se dan la vuelta, contraatacan y cogen desprevenidas a las sorprendidas huestes de Jerjes, quienes son diezmadas en el tramo central del paso tras la inesperada maniobra helena. Los hoplitas griegos son una auténtica máquina de triturar y en unas horas miles de cuerpos aparecen masacrados en el campo de batalla.
Furioso, en el segundo día Jerjes manda a sus tropas de elite, los Diez Mil Inmortales, así conocidos porque cada vez que un hombre caía corría otro de inmediato a reemplazado, de forma que el número permanecía intacto.

Pero Leónidas y sus hombres no se arredran y allí esperan, firmes, a sus nuevos contendientes. Los Inmortales de Jerjes, los mejores de entre los mejores de su ejército, arremeten contra los griegos. Pero el paso es una ratonera. Los griegos los aplastan contra la montaña, los arrojan por el acantilado al mar. Los Inmortales se hacen más mortales que nunca ante las espadas y las lanzas helenas, las cuales traspasan la carne de sus enemigos como si se tratara de mantequilla. Son los espartanos quienes parecen invencibles. Aparentemente, las heridas sufridas no les causan daño alguno ya que la sangre se confunde con el color carmesí de sus capas.

Amanece un nuevo día y Jerjes está decidido a tomar el paso de una vez por todas. Se juega el todo por el todo, ya que una nueva derrota podría suponer un motín entre sus propias tropas. Pero la motivación no es la misma. Los persas combaten obligados por su rey en un país extraño. Los griegos son hombres libres que luchan por su tierra. Combaten como máquinas, demonios que no dan cuartel y que convierten en una carnicería cada ataque persa. Los ejércitos vuelven a chocar y la historia se repite. Los griegos apenas sufren bajas gracias a su disciplina táctica y su coraje. Enfrente, miles de cadáveres persas son picoteados por los buitres. El aire es irrespirable. Todo el paso transpira un hedor a muerte.

300 ESPARTANOS DE CINE
Derrotado, Jerjes prepara a su ejército para la vuelta. Pero ocurre algo inesperado. El lugareño Efialtes (pesadilla en griego) muestra al rey de Asia un paso secreto en las montañas del Calidromo para así coger a los griegos por sorpresa. Advertido de la situación, Leónidas licencia a sus hombres a excepción de su guardia personal de 300 espartanos y de los tebanos, ya que se dudaba de su lealtad. Con razón. Cuando la lucha final comenzó a decantarse del lado persa, los tebanos se rindieron a los invasores. En cambio, los 700 tespianos al mando de Demófilo decidieron quedarse a luchar junto a los espartanos hasta el final.

Los griegos ya no pueden defender el paso y se lanzan al ataque con un objetivo: morir matando. La lucha es encarnizada, Leónidas y los suyos se mueven como un sólo hombre y cada estocada acaba con un enemigo mordiendo el polvo. Luchan con valentía, pero detrás de cada persa viene otro. Y otro. Las fuerzas comienzan a mermar después de cuatro días de intensas luchas.

Una flecha alcanza a Leónidas. El rey se desploma entre el tumulto. Sus hombres le protegen. Recogen su cuerpo y se retiran a una pequeña elevación del terreno. Se encuentran rodeados pero no están dispuestos a entregar el cuerpo de su rey. Jerjes empieza a saborear la tan ansiada victoria. No quiere perder más hombres y manda llamar a los arqueros. Al poco tiempo, una lluvia de proyectiles cae sobre los escasos supervivientes. Poco a poco, los cuerpos de los griegos se van desplomando sobre un suelo que ya no puede filtrar más sangre.

Aquellos héroes murieron en defensa de la libertad y en contra de la opresión y la tiranía. Pero la Hélade viviría. Los griegos se reagruparon y derrotaron a los persas. Primero, en la batalla naval de Salamina, en la que la flota helena venció a las naves de Jerjes. Después, en los campos de Platea, donde los griegos dieron el golpe definitivo a los persas, quienes no volverían a invadir nunca el país.

En la cima en la que cayeron los último héroes de Termópilas hay un epígrafe escrito por el poeta Simónides que reza así: Caminante, ve y dile a Esparta que sus hijos cayeron en cumplimiento de sus leyes.