Javier Ramos De Los Santos www.lugaresconhistoria.com 24/05/2026
Fernando Lillo, uno de los grandes divulgadores españoles del mundo clásico, publica Un imperio de risas, un fascinante recorrido por el sentido del humor de los romanos, sus burlas, sátiras, espectáculos y formas de entender la comicidad hace más de dos mil años.
Filólogo, escritor y especialista en cultura grecolatina, Lillo nos invita en esta obra a descubrir el lado más humano, irreverente y sorprendente de la Antigua Roma. Hoy conversamos con él para adentrarnos en un tema tan curioso como revelador: de qué se reían realmente los romanos.
Un imperio de risas aborda un aspecto poco tratado de la historia. ¿Qué le llevó a explorar el humor como vía para comprender la Antigua Roma?
La Roma más conocida por el gran público es la de las intrigas políticas, las grandiosas batallas o las sangrientas luchas de gladiadores, por eso me pareció que debía completar esa visión parcial con la divulgación de un aspecto más desconocido como es el humor en la Antigua Roma. Los romanos eran un pueblo que se reía mucho en las más diversas situaciones de su vida. La risa estaba presente en la intimidad el hogar, en la taberna, en las termas, en la peluquería, en el médico, en la vida militar, en el palacio imperial e incluso hasta en el momento de la muerte.
A lo largo del libro aparecen chistes y anécdotas sorprendentemente actuales. ¿Hasta qué punto cree que el humor romano sigue conectando con nuestra forma de reír hoy?
En muchos aspectos nuestra civilización es deudora de la Antigua Roma y podemos decir que somos muy romanos; por eso muchos de los chistes y anécdotas recogidos en el libro nos hacen todavía gracia. Sin embargo, hay otros que nos sorprenden por su crudeza o por ser hoy “políticamente incorrectos”. Chistes misóginos u homófobos, habituales en la Antigüedad, tienen afortunadamente peor acogida en la actualidad. Por otro lado, hay chistes y bromas romanos a los que no le vemos ninguna gracia o cuyo sentido se nos escapa.
Muchas fuentes proceden de grafitis o textos populares. ¿Qué nos revelan estas expresiones cotidianas frente a las grandes obras clásicas?
Se ha llamado a los grafitis la escritura en libertad, puesto que el escritor se sentía libre para expresar cualquier tipo de sentimiento. Como ejemplo escatológico en una letrina romana alguien escribió: Cacavi et culu(m) non extersi. “Cagué y no me limpié el culo”. Los grafitis constituían también la voz de los sin voz, de forma que gracias a ellos podemos conocer los pensamientos de las clases sociales más bajas, hombres y mujeres, que aparecen mucho menos en las obras de los escritores clásicos.
No obstante existía un trasvase entre ambos: los grafiteros podían esgrafiar textos literarios muy conocidos, como el comienzo de La Eneida de Virgilio, o imitar composiciones de los poetas romanos e incluso crear otras nuevas de su propia cosecha. Pero también los autores literarios estaban atentos a los chistes populares para inspirarse en ellos y trasnformarlos en poemas cultos, como sucede en algunos epigramas burlescos muy similares a chistes.

Fernando Lillo es filólogo, escritor y especialista en cultura grecolatina.
¿Hubo algún chiste, anécdota o personaje que le sorprendiera especialmente durante la investigación?
La verdad es que he disfrutado enormemente con la investigación, ya que hay chistes y bromas verdaderamente sorprendentes. Me gusta especialmente este del libro de chistes Philógelos (El amante de la risa) (s. IV-V d. C.): “Uno que regresaba de un viaje fue junto a un adivino inepto y le preguntó cómo estaba su familia. Este dijo: Todos están bien, menos tu padre. El otro dijo: Mi padre hace diez años que murió. Y el adivino respondió: No conoces a tu verdadero padre”.
También fue una sorpresa comprobar el sentido del humor de Cicerón, al que algunos tienen por un hombre demasiado serio. En una ocasión, al ver a su segundo yerno Léntulo, que era de baja estatura, ceñido con una larga espada, dijo: “¿Quién ha atado a mi yerno a una espada?”. Cuando lo leo, no puedo evitar acordarme de Quevedo y de su hombre a una nariz pegado.
Me hizo gracia igualmente encontrarme con Marco, un nombre común, que sería como nuestro Jaimito, protagonista de algunos epigramas burlescos, escritos originalmente en griego, que son verdaderos chistes: “Una vez Marco el perezoso fue arrojado a prisión y, como le daba pereza salir, confesó un crimen voluntariamente”; “Marco el flaco tocando la trompeta, sopló un poco y se fue derecho de cabeza al Hades”; “Oh, Dionisio, el pequeño Marco, irritado contra su padre, se subió a una pepita y se ahorcó”.
El humor suele reflejar la sociedad. ¿Qué nos dicen las bromas romanas sobre sus valores, prejuicios y vida diaria?
El humor es desde luego una vía de primer orden para conocer los valores de una sociedad. Los chistes que he recogido nos hablan de personajes tipo como el “intelectual”, una especie de erudito que en realidad emplea una lógica absurda, el avaro, el glotón, el misógino, el gracioso, o los habitantes de Cumas, Sidón y Abdera, que eran consideramos los tontos del Imperio, como si fueran nuestros leperos de hoy en día.
Por otro lado, el chiste es una forma de escape ante las situaciones de la vida. Por eso encontramos muchos que nos hablan del miedo a los médicos, del temor a las escabechinas de los barberos ineptos, de la ineficacia de los adivinos y astrólogos, del desahogo de los soldados frente a sus mandos o de cara al enemigo, o de las costumbres funerarias, de las que conviene reírse para conjurar a la muerte.
Personajes como Julio César o Cicerón también tenían fama de ingeniosos. ¿Qué papel jugaba el humor en la política romana?
Reírse con elegancia del adversario era un signo de cultura. Pero también había ocasiones en que el insulto o la crítica más burda resultaban útiles. A Julio César le echaban en cara sus supuestas relaciones homosexuales con Nicomedes, rey de Bitinia, en los que ejercía el rol pasivo. En los carteles electorales también podía aparecer la crítica. En Pompeya a un tal Vacia le hicieron carteles electorales ‘falsos’, en los que quienes le apoyaban no eran precisamente bien considerados. Así se leía: “Los ladronzuelos te piden que votes por Vacia para edil” o “Todos los bebedores nocturnos os piden que elijáis edil a Marco Cerrinio Vacia. Lo escribieron Floro con Fructo”.

Libro Un imperio de risas
En su opinión, ¿era el humor una herramienta de crítica social en Roma o más bien una forma de evasión?
Es una pregunta de difícil respuesta. El carácter evasivo del chiste y la broma contribuía a pasar el rato y exorcizar temores. Ahora bien, los chistes y los epigramas burlescos que afectaban a individuos concretos o a grupos sociales tenían también una carga de crítica social ineludible. Criticar los vicios ajenos y reírnos de ellos es algo que todavía hacemos nosotros y que resulta un ‘placer culpable’.
¿Qué diferencias destacaría entre el humor de la élite romana y el del pueblo?
En general el humor de la élite pretendía ser más elegante y refinado y debía mostrar la cultura de quien lo generaba. Cicerón y Quintiliano recomendaban que en los juicios los abogados no hicieran uso de un humor bufonesco, sino sutil, y que debía estar muy dosificado. Esto indica que habría muchos que sí se excedían en el uso del chiste o la gracia en contextos judiciales. El humor del pueblo, por su parte, era más vulgar y directo. Sin embargo, es muy posible que, en la intimidad del hogar o en una charla privada entre amigos de la alta sociedad, estos pudieran permitirse la licencia de contar chistes vulgares.
Usted cuenta con una amplia trayectoria como divulgador de la historia clásica. ¿Cómo ha evolucionado su forma de acercar Roma al gran público a lo largo de sus obras?
Son ya más de treinta años escribiendo sobre la antigua Roma para un público juvenil y adulto en los que he abordado temas muy diversos que siempre me han fascinado: el cine de romanos, los espectáculos de gladiadores, las carreras del circo, el turismo y los viajes, la ecología, los fantasmas, brujas y magos, la vida cotidiana en Pompeya y ahora el humor. Pienso que mi evolución lógica ha sido incrementar la calidad a medida que mis conocimientos han ido aumentando con el tiempo y la experiencia.
Sus libros combinan rigor y amenidad. ¿Dónde encuentra el equilibrio entre el trabajo académico y la narración accesible?
He intentado que mis libros sean capaces de resistir el análisis del especialista y, a la vez, gusten al público, es decir, que combinen un exhaustivo estudio de las investigaciones académicas con una exposición amena no exenta de rigor. Mi dilatada experiencia como docente en Secundaria y como conferenciante han contribuido, sin duda, a la claridad expositiva y la amenidad de mis obras.
Un género que me ha dado grandes alegrías y que creo que engancha al lector es el que llamo ‘historia ficcionada’ y que he practicado sobre todo en mis libros Un día en Pompeya y El Coliseo. Historias de sangre y arena. En ambos se cuenta la historia de los lugares a través de personajes que existieron realmente y se les da una voz por medio de una narración ficcionada siempre firmemente anclada en los datos históricos.
Para los lectores de lugaresconhistoria.com, ¿qué destinos recomendaría para descubrir la cara más cotidiana (y quizá más divertida) de la Antigua Roma?
No somos muy distintos de los antiguos romanos. En mi libro Hotel Roma. Turismo en el Imperio romano cuento sus destinos turísticos y demuestro que muchos los hemos heredado. A los romanos ya les fascinaba la bahía de Nápoles como lugar de veraneo; nuestros modernos tours por Sicilia o Grecia no son muy distintos de los que se realizaban en la Antigüedad. Y el crucero por el Nilo no fue un invento de los ingleses.
Para quien desee vivir la vida cotidiana romana es imprescindible una visita a Pompeya, sin olvidar la cercana Herculano, más pequeña en extensión, pero igualmente espectacular, o la fastuosa Oplontis con su villa relacionada por algunos con la emperatriz Popea. El Museo Arqueológico de Nápoles conserva, entre sus innumerables joyas, grafitis y el famoso Gabinete secreto que nos acercan al humor romano. Cerca de Roma está el Parque arqueológico de Ostia antica, desconocido por muchos, y casi tan fascinante como la propia Pompeya.

Fernando Lillo es uno de los grandes divulgadores españoles del mundo clásico.
En España son numerosos los vestigios romanos, desde la espectaculares Mérida y Tarragona con sus respectivos museos, a las abundantes villas romanas diseminadas por la península. Hay tantos lugares que siempre quedaría alguno sin nombrar. Ya que soy de Vigo me permito recomendar un modesto lugar de mi ciudad llamado Salinae que es un pequeño bajo donde se ha musealizado una salina romana que nos hace revivir los trabajos cotidianos de la Antigua Roma.
Cuando visita yacimientos o ciudades históricas, ¿intenta imaginar también esos momentos de humor y vida diaria que rara vez aparecen en las guías?
Por supuesto. Me parecen estupendas las buenas guías y las reconstrucciones arqueológicas en 3D, así como los profesionales que muestran nuestros museos y yacimientos de temática romana. Pero más allá de la cultura material está el espíritu del lugar que es posible captar si recurrimos a los grafitis, a las fuentes literarias y, ¿cómo no? al propio humor romano.
Imagine que, cuando uno está visitando un foro romano, una sala de banquetes de una casa romana o los restos de unas termas de los que no andamos escasos en nuestro país, alguien o usted mismo trajera a su memoria las voces de quienes ahí estuvieron o, ciñéndonos a nuestro tema, recordara algún chiste, broma o chascarrillo de la antigua Roma. Desde luego la experiencia sería muy distinta. Como filólogo, estoy seguro de que las palabras (en nuestro caso, los chistes) dan vida a las piedras.
FUENTE: www.lugaresconhistoria.com






