Pablo Francescutti www.elpais.com 13/06/2009

Las subastas por Internet han entrado como un elefante en una cacharrería en el mundo de la arqueología. Primero dispararon el expolio de yacimientos y museos. Y los expertos se alarmaron. Muchas piezas del saqueado Museo de Bagdad acabaron en la Red. Después, ante la cultura del ‘todo vale, todo se vende’, los falsificadores se han adueñado del negocio.

Le apetece un hacha de bronce prehistórica para decorar el salón? ¿O prefiere un busto griego del siglo II antes de Cristo, al módico precio de 350 euros? ¿O un sable samurái del año 1648 para colgar de una pared? Si se ha sentido tentado a pujar en Internet por reliquias similares, piénseselo dos veces: podría comprar una pieza ilegal, o, más probable, una copia bien hecha. Las subastas virtuales han hecho aflorar el tráfico clandestino de bienes arqueológicos y, sobre todo, alimentar una boyante industria de la falsificación. Siempre hubo ladrones de tesoros, pero nunca hasta ahora habían dispuesto de una plataforma global en la que vender su botín con casi total impunidad. Las cosas han cambiado con la aparición de eBay, el sitio de subastas de Internet. Este sistema de intermediación automática atrae a multitudes de interesados en piezas arqueológicas, con el efecto de democratizar un mercado restringido a los coleccionistas ricos.

Haga la prueba y eche un vistazo en www.ebay.com. Allí verá desde utensilios de sílex del hombre de Neandertal (tres piezas, 30 euros), una máscara de momia egipcia (600 euros), un collar vikingo (65 dólares), una punta de flecha griega del siglo XIII antes de Cristo (33 dólares) o un cuchillo ceremonial azteca de obsidiana (46 dólares), junto con sus respectivas fotografías. Si se decide, no tiene más que rellenar un formulario, pujar, pagar y esperar a que le envíen su adquisición a casa (eBay garantiza las transacciones).

Fundada en 1995 en California, eBay cuenta actualmente con 86 millones de usuarios en todo el mundo. De acuerdo con sus propias cifras, en sus múltiples filiales cada día se ofertan más de ocho millones de artículos, por un montante que representa el 14% de las ventas globales del comercio electrónico. Como pocas empresas, eBay ha materializado las promesas del e-commerce al establecer un punto de encuentro online para compradores y vendedores deseosos de librarse de intermediarios innecesarios, y obtener por esta vía una sustancial reducción de los costes fijos de las transacciones (en este caso, de los elevados precios del mercado de antigüedades).

La expansión galopante de los remates en la Red ha dado mucho que hablar a los teóricos de la economía virtual y a los gurús de las nuevas tecnologías; pero a los arqueólogos y custodios del patrimonio cultural ha conseguido provocarles escalofríos de sólo pensar en la ampliación del tráfico ilegal que podía traer consigo.

Sus aprensiones no resultaron infundadas. Ya en diciembre de 2004, agentes del Gobierno iraquí detectaron que una tablilla cuneiforme de 4.000 años de antigüedad iba a ser subastada en el website suizo de eBay. Se trataba de una de las 15.000 piezas procedentes del saqueo del Museo Nacional de Bagdad al término de la guerra de Irak.

Las noticias alarmantes se sucedieron. En 2006, la revista British Archaeology informó que entre agosto y septiembre de ese año se ofrecieron 3.500 antigüedades en el sitio británico de eBay, 600 de ellas procedentes del Reino Unido. Que no se trataba de reclamos sin base lo confirmó un inglés cuando informó que había comprado online un juego de auténticas hachas de la edad del bronce, por el que pagó 205 libras esterlinas.

El alcance global del fenómeno quedó de manifiesto cuando el Gobierno camboyano denunció la venta de trozos de un antiguo templo de su país. Poco después, en Australia un coleccionista fue pillado in fraganti tras anunciar en el mencionado sitio de compra y venta online hachas y otros instrumentos de piedra del acerbo aborigen.

Pronto le tocó el turno al patrimonio español. Monedas expoliadas de las ruinas romanas de Acinipo de Ronda, unas de las más importantes de Andalucía, salieron a puja sobre una base de 220 euros. Los doblones del galeón Nuestra Señora de la Concepción se cotizaron a razón de 1.795 dólares el pack de tres piezas; eso sí, acompañados de certificados extendidos por Hispaniola Ventures, la firma de cazatesoros que localizó el pecio hundido en las costas de la República Dominicana.

La proliferación de piezas ibéricas no tardó en despertar las sospechas de los entendidos. El año pasado, un lote de «16 balas de honda romanas» (precio de salida: 140 euros) movió a Fernando Contreras, director del Ecomuseo de Cap de Caballería (Menorca), a alertar a la Guardia Civil; se olía que venían de excavaciones en el archipiélago. Instigado por temores semejantes, Víctor Guerrero, del Grupo de Recerca Arqueobalear de la Universitat de les Illes Balears, denunció la comercialización de estatuillas y monedas romanas procedentes de yacimientos menorquinos.

Que eBay da para todo se comprobó el año pasado cuando trascendió que, por la aceptable base de 2.400 euros, cualquiera podía pujar por una espada celtíbera de hierro. El vendedor aseguraba que el arma provenía de un yacimiento celta del siglo III antes de Cristo, aunque carecía de un certificado que lo acreditase. Todavía subsiste la duda de si se trataba de un timo o de un bien extraído furtivamente de algún castro soriano.

¿Casos aislados? Nada de eso; lo dejó claro el año pasado la Operación Pitufo de la Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía. Veinte personas fueron detenidas por robo, estafa y comercialización ilícita de bienes culturales a través de eBay, o de coleccionistas. Un modus operandi parecido tenía el grupo desarticulado en abril pasado en Cataluña, con 15.000 piezas expoliadas en su haber. Las detenciones confirman que Internet actúa como un imán para saqueadores de todas las nacionalidades y pelajes.

La dimensión cobrada por estos flujos comerciales trae de cabeza a las autoridades policiales. No por casualidad un punto principal del 7º Simposio Internacional sobre Robo y Tráfico Ilegal de Obras de Arte y Antigüedades, organizado por Interpol en Lyón en junio de 2008, fue «el aumento del uso de Internet en el tráfico ilegal de objetos culturales, y el constante saqueo de yacimientos arqueológicos, en tierra y bajo el agua».

¿Pero realmente está creciendo el comercio ilegal, o lo único que pasa es que se ha hecho más visible? De esta última opinión es Paloma Cabrera, experta del departamento de antigüedades clásicas del Museo Arqueológico Nacional. «Ahora se detecta mejor; antes era más subterráneo». Que eBay ha traído más visibilidad también lo cree Rafael Azuar, director del Museo Nacional de Arqueología Subacuática de Cartagena. «A través de Internet están aflorando piezas que desaparecieron hace 70 años, generalmente de la mano de personas que suelen ignorar su procedencia ilegal».

«Se expolia hoy tanto como ayer», asevera Cabrera, quien tiene bien presente la plaga representada por los toperos, saqueadores especializados en necrópolis ibéricas y yacimientos romanos, que llegaron a tener naves para albergar lo robado. «Aunque hoy, gracias a la creación de unidades especiales, se vigila más sobre el terreno», añade.

«Existe más control», coincide Azuar. «Hay mayor coordinación entre los organismos encargados de los bienes patrimoniales. Hay listas rojas de objetos expoliados que circulan vía Interpol, seguimientos de piezas robadas, redes de colaboración policial. El mercado europeo se encuentra bien vigilado». Prueba de ello es la paralización en la aduana de Alicante, hace unos años, «de la importación de una pieza adquirida en Internet, sin saber que procedía del expolio de Irak», ejemplifica.

El Tercer Mundo es harina de otro costal. Walter Alva, ex director del Museo Brünning de Perú, afirma que su país ha sufrido más pillaje en los últimos 50 años que en los cuatro siglos anteriores. África, con la vulnerabilidad que depara la miseria, es presa fácil de los ladrones. «Asistimos desde hace treinta años al saqueo de los yacimientos arqueológicos de África occidental», denuncia el arqueólogo suizo Eric Huysecon. «Casi todos los objetos arqueológicos africanos presentes en los países industrializados proceden de pillajes recientes y del comercio ilícito». Y con desaliento, se pregunta: «¿Cómo impedir a un campesino que venda por 600 euros, el equivalente a dos años de su salario, un objeto que acabará subastándose públicamente a 600.000?».

Como ocurre con toda economía clandestina, aquí también resulta difícil estimar su magnitud. Lo cierto es que entre el mercado negro y el legal se ha creado en Internet un mercado gris, por llamarlo de alguna manera. En muchos objetos no se informa sobre la legalidad de su procedencia ni si su hallazgo ha sido notificado, como es preceptivo.

Desde eBay insisten en su rectitud: «Tenemos una política contra la venta ilegal de antigüedades en nuestro sitio. No la queremos aquí», afirma Hani Durzy, portavoz de eBay en California. Durzy se defiende de las acusaciones aludiendo a sus dificultades para atajar este tipo de comercio, toda vez que «nosotros no entramos en posesión de los artículos y, por tanto, no podemos probar, cuestionar o confirmar su origen».

Estas declaraciones de buenas intenciones no le bastaron al jefe del Tesoro del Museo Británico, Roger Bland, quien exigió la retirada de las subastas de todos los objetos que las autoridades consideren posibles bienes del patrimonio nacional. En las negociaciones entabladas, eBay (Reino Unido) prometió quitar las antigüedades sospechosas, siempre y cuando las autoridades probasen que violan la legalidad.

En España se habría llegado a un compromiso similar: la policía comunicó recientemente que había detectado 3.000 operaciones ilegales con bienes del patrimonio cultural gracias a la colaboración de los administradores locales de eBay.

En justicia, hagamos constar que los casos polémicos no son privativos de las subastas virtuales. En febrero pasado, China exigió a la casa Christie’s que retirase unos bronces sustraídos por tropas europeas en el saqueo del Palacio de Verano pequinés, en 1860, y que pertenecieron a la colección de Yves Saint Laurent. La subasta no se detuvo, adjudicándose el lote a un postor que ofreció 40 millones de dólares, resultando luego que pertenecía al Fondo Chino para la Repatriación de Bienes Expoliados, que pujó únicamente para reventar la operación.

En paralelo, el boom de eBay ha provocado un fenómeno imprevisto: una explosión en el trasiego de falsificaciones. Lo afirma Charles Stanish, una eminencia en arqueología andina, en un artículo en la revista estadounidense Archaeology, con el irónico subtítulo de ‘Cómo aprendí a no preocuparme y a querer a eBay’. Desde los años noventa, Stanish viene siguiendo las subastas virtuales y ha notado que «en los primeros años de eBay, la proporción entre piezas andinas verdaderas y falsas era 50%-50%. En los últimos años, en cambio, las falsas representan el 95% de lo expuesto». Por lo que se puede apreciar en las imágenes de la pantalla del ordenador, un 30% de las «antigüedades» actualmente en venta en el gigante de las subastas son falsificaciones, asegura Stanish, y un 5% serían tesoros genuinos. El resto debería someterse a un estudio minucioso para salir de dudas, agrega.

Paloma Cabrera comparte esa percepción: «En eBay he visto falsificaciones que saltan a la vista, y la gente, inexperta en estas materias, las compra; y también las he visto en galerías de antigüedades, aunque se cubren las espaldas con letreros que dicen estilo romano».

«Hay bastantes falsificaciones en esculturas, objetos de metal, terracota y cerámica. Incluso compran metales antiguos para fundirlos y fabricar con ellos copias de figurillas romanas, con lo que resulta casi imposible detectar la impostura», prosigue la arqueóloga. Muy pocos tienen la franqueza del vendedor que en eBay (EE UU) pide 1.400 euros por un busto «griego» de bronce antiguo de «inicios del siglo XX», una creación de «autenticidad garantizada»: con ofertas como éstas, nadie puede llamarse a engaño. «Otra cosa son las reproducciones hechas legalmente por artesanos autorizados, que se venden como copias en las tiendas de los museos», distingue Cabrera.

Este asunto no resulta tan novedoso, después de todo. Las falsificaciones han seguido a la arqueología como la sombra a los pies: a finales del siglo XIX ya circulaba gran cantidad de presuntas piezas «precolombinas», mientras las colecciones europeas y estadounidenses se colmaban de vasos «etruscos» elaborados por diestros artesanos italianos y de sarcófagos «faraónicos» confeccionados por sus colegas egipcios.

Entre los maestros de la copia brilla sin rival el mexicano Brígido Lara, autor de 40.000 piezas cerámicas «aztecas, mayas o totonacas», muchas de ellas expuestas en las vitrinas de los confiados museos extranjeros. Su producción ha sido tan profusa que la mayoría de los supuestos vestigios de la cultura totonaca resultaron ser obra suya.

Tras el escándalo levantado, Lara se dedicó a la menos comprometida industria de las réplicas, o, como él dice, de las «interpretaciones originales». Posteriormente, el portador del posmoderno título de «ceramista pos-pre-colombino» completó ingresos como asesor del Museo Antropológico de Xalapa en la detección de falsificaciones.

En nuestros días, la demanda global está siendo atendida por talleres peruanos, búlgaros, chinos y egipcios, «que producen falsificaciones a un ritmo frenético», indica Stanish. De allí salen artesanías sofisticadas. El láser y las nuevas técnicas químicas generan pátinas capaces de crear la ilusión de lo antiguo; aunque en ocasiones basta con retocar un pedernal para transformarlo en un «instrumento» de la edad de piedra.

¿Qué certezas puede tener el comprador que se mueve en este mercado tan visible y a la vez tan opaco? Depende. En artefactos de piedra resulta casi imposible dilucidar su edad. En cerámicas, sí, pero cuesta caro. Por 300 euros, la termoluminiscencia determina el tiempo transcurrido desde que un pote fue expuesto al fuego. Pero la picaresca ya prevé esa eventualidad. «Algunos vendedores dicen que devolverán el dinero si les presentan una carta de un especialista afirmando que la pieza no es auténtica, salvo si se le realiza un análisis destructivo. Y la termoluminiscencia, al utilizar trozos minúsculos, implica un pequeño deterioro», indica Stanish.

Paradójicamente, el auge de lo falso ha tenido una consecuencia inesperada. Sin planearlo, Internet ha creado un vasto mercado para las copias, estimulando a muchos saqueadores a reciclarse en el lucrativo negocio de las reproducciones. «Los aldeanos acostumbrados a obtener unos pocos dólares vendiendo el fruto de sus expolios a un intermediario pueden ahora fabricar sus propias mercancías casi-tan-antiguas-como-los-originales, y para venderlas, recurrir directamente a un conocido en un pueblo cercano que tenga una cuenta en eBay», explica Stanish. «Con ello recibirán la misma suma de dinero o más que si traficasen con antigüedades reales».

A su vez, la incontenible incertidumbre acerca de la autenticidad de lo comercializado ha hundido los precios de las antigüedades, reduciendo los incentivos para el expolio. «El valor de las excavaciones ilegales disminuye cada vez que alguien compra una vasija Mochica genuina por 35 dólares, gastos de envío incluidos», precisa el arqueólogo. «¿Quien quiere gastarse 50.000 dólares en un objeto de antigüedad garantizada por los parámetros actuales, cuando dentro de cinco años puede surgir una tecnología que demuestre sin lugar a dudas que se trata de una falsificación?».

De las imitaciones no se salva nadie: tal parece ser la enseñanza a sacar de esta apoteosis de la copia. eBay y su avalancha de baratijas nos aproximan al escenario descrito por Philip K. Dick en su novela El hombre en el castillo (1962), con su industria de «antigüedades estadounidenses» montada para engañar a los turistas japoneses: el modelo de la sociedad del simulacro teorizada por Jean Baudrillard.

A fin de cuentas, quizá lo más novedoso de esta historia lo represente el inesperado efecto benéfico de lo falso, en un mundo donde todo va camino de venderse al mejor postor.