José Emilio Burucúa www.elpais.com 

A medio camino entre la religión y la literatura, los mitos sintetizan el espíritu de cada época. Hoy, ideales modernos como la ecología o la revolución han tomado el relevo a los héroes y santos de la Antigüedad.

Mythos llamaron los griegos a un relato, una historia fabulosa, una narración vinculada con el mundo de los dioses y las aventuras de los héroes fundadores de ciudades en el pasado remoto de la civilización. De ahí que los mitos fueran, para ellos, obra tanto del espíritu religioso cuanto del cultivo de la poesía. Es probable que, con el florecimiento de la democracia política, del arte del debate y la persuasión, del pensamiento reflexivo al que llamamos filosofía, el aspecto poético terminara prevaleciendo por sobre el religioso.

Es más, los filósofos habrían salvado los mitos de una extinción segura entre las personas de las clases cultas de la Grecia clásica y helenística o entre los letrados del Imperio romano mediante dos recursos: 1) la introducción de una lectura alegórica de las fábulas y 2) la invención de nuevas historias con el propósito de presentar poéticamente las nociones más difíciles de la ontología y del conocimiento, cuando los argumentos racionales y las cadenas lógicas resultaban impotentes para explicarlas.

En un libro de 1983, Paul Veyne se preguntaba: “¿Creyeron los griegos en sus mitos?”. La respuesta ya había sido dada, en buena medida, por los propios antiguos. En el siglo II d. C., Máximo de Tiro escribió: “En efecto, hay un dios (…) superior al tiempo, la eternidad y toda naturaleza que fluye, que no puede ser nombrado por el legislador, inexpresable por el lenguaje e invisible a los ojos, y como no podemos captar su esencia, nos apoyamos en palabras y nombres, animales, figuras de oro, marfil y plata, plantas, ríos, cimas y fuentes”. El neoplatónico Salustio de Emesa, amigo del emperador Juliano el Apóstata, contestó aquella pregunta con una frase breve, extraída de su tratado Sobre los dioses y el mundo: “Estas cosas no ocurrieron jamás, pero son siempre”.

El cristianismo antiguo y medieval extendió a todo el mundo mediterráneo y al Oriente hasta India el viejo corpus de historias de la Biblia hebrea y el nuevo de los relatos de la vida de Jesús y los comienzos de la Iglesia. Los acontecimientos de las vidas de los santos se incorporaron al epos cristiano desde finales del siglo IV y alimentaron su imaginario hasta alcanzar la cumbre de la Leyenda áurea, escrita por Jacopo de la Vorágine a mediados del siglo XIII.

Pero adviértase que la palabra “mito” había desaparecido del vocabulario, pues claro estaba que aquellas gentes consideraban las narraciones capítulos de una verdadera Historia sagrada, legible en los textos y en las imágenes desplegadas en manuscritos pintados, íconos sobre tabla, vitrales y esculturas de piedra en los portales de las iglesias. Por tratarse de lecturas de diferente tipo, la palabra hallada y utilizada para designar sus contenidos míticos (diríamos hoy) fue “leyenda” o directamente “historia”. “Poesía” había sido descartada.

Del Renacimiento a la Ilustración, los vocablos “fábula” y “mitologías” volvieron por sus fueros. Ambos figuran en la gran obra de rehabilitación cultural de los mitos paganos, la Genealogía de los Dioses, compuesta por Boccaccio a mediados del siglo XIV, que incluye una defensa encendida de la poesía como forma simbólica superior del conocimiento de la naturaleza y del alma humana. En el otro extremo de la parábola, durante la primera mitad del siglo XVIII, Madame Anne Dacier y Giambattista Vico convergieron en una exaltación de la mitopoiesis de Homero, desde un punto de vista literario la primera, desde una perspectiva antropológico-filosófica el segundo.

La traducción de la Odisea, realizada por Dacier y editada en 1716 con comentarios, más la Scienza Nuova, cuya última versión publicó Vico en 1744, ­inauguraron la era de los análisis históricos y de la hermenéutica cultural de las mitologías. Las fábulas míticas se convirtieron en signos privilegiados de las civilizaciones que las habían creado, en objetos simbólicos donde se descubrieron las ideas principales de una época y de un pueblo acerca de las experiencias fundamentales en la vida de sus individuos, el nacimiento, el desarrollo del cuerpo y del espíritu, la vida interior, sus pasiones, sus impulsos y prácticas amorosas, las violencias que padecieron y las que infligieron a sus prójimos, la muerte y las expectativas del más allá.

El dualismo de lo apolíneo y lo dionisiaco expuesto por Nietzsche; las migraciones y las simultaneidades rituales o narrativas registradas por Frazer en poblaciones de las cuatro partes del mundo y de todos los tiempos; las constelaciones emocionales de la psicología profunda, asociadas a los mitologemas antiguos y reveladas bajo la forma de complejos de fenómenos conscientes e inconscientes por el psicoanálisis de Freud, son todos resultados maduros del estudio de la “dimensión mítica” de la humanidad cuyo panorama más abarcador pintó Joseph Campbell en la segunda mitad del siglo XX. Campbell también demostró la persistencia transfigurada de las mitologías arcaicas en la representación alegórica, aluvial, desgarradora y veraz de la complejidad del mundo moderno que hicieron Kafka, Joyce y Thomas Mann durante las décadas de las guerras mundiales. Nótese que hasta ahora la creación mítica lleva nuestras miradas hacia el pasado. Pero desde los orígenes del mundo moderno en el siglo XVI, la capacidad poiética comenzó a volcarse hacia el futuro y creó el mito de la utopía. Su forma más exaltante llegó en El principio esperanza, libro publicado en los cincuenta del siglo XX por Ernst Bloch, donde se superpusieron los mitos modernos de la utopía, la revolución y el arte en cuanto anticipo del summum bonum para la humanidad. Respecto del mito de la revolución, tres pensadoras lo desarrollaron hasta hacer de él un bajo continuo de nuestras vidas: Rosa Luxemburgo en el plano de la praxis y la teoría del marxismo, Hannah Arendt en el horizonte de la historia y la reflexión política, Simone Weil en los territorios de una filología y de una filosofía existenciales sobre la entrega de sí en el combate, según se refleja en el mito homérico de la Ilíada.

Una pregunta válida sería la de si acaso existen procesos mitopoiéticos en el presente, formas de creación de fábulas civilizatorias densas en las que uno fuese capaz de intervenir, en los papeles de contemplador o de constructor. En los dos tomos de la Antropología estructuralLévi-Straussabrió caminos para dar respuestas afirmativas al explicar los mitos actuantes hoy en el centro de las experiencias de pueblos diseminados en los grandes espacios naturales y amenazados, pero no destruidos aún del todo, por el dominio capitalista del planeta.

Me atrevería a decir que en el reconocimiento de las civilizaciones erigidas por los Otros desde nuestras perspectivas occidentales reside la posibilidad de un trabajo común alrededor del mito nuevo del programa ecológico. Pues si prestamos algo de atención a uno de los reservorios más antiguos de lo mítico, el Ramayana atribuido a Valmiki y datado en el siglo II d. C., encontraremos allí una historia que bien podría superponerse a nuestro mito ecológico. En el episodio del exilio de Rama y Sita en la selva Panchavati, Sita exhorta a su amado a no exterminar a los malvados asuras, que tanto dolor habrían de causarles, pues son los habitantes naturales del bosque que hasta entonces los ha protegido. Una mujer da al numen guerrero una lección de respeto hacia toda la vida existente.

José Emilio Burucúa es historiador, miembro de la Academia de Bellas Artes de Argentina y autor de El mito de Ulises en el mundo moderno (Eudeba, 2013).

Novedades para una biblioteca mítica

Las máscaras de Dios

Joseph Campbell. Traducción de Isabel Cardona y Belén Urrutia. Atalanta. Tres mil páginas en cuatro volúmenes sobre mitología primitiva, oriental, occidental y creativa en el panorama más completo sobre el tema. Un clásico.

 


Circe

Madeline Miller. Traducción de Jorge Cano y Cecilia Recarey. AdN. La hechicera de la Odisea, uno de los personajes más denostados de la literatura, toma la palabra.

 

 


Una Odisea

Daniel Mendelsohn. Traducción de Ramón Buenaventura. Seix Barral. Un jubilado se apunta al seminario sobre Homero que imparte su hijo y termina de crucero con él por el Mediterráneo.

 


Diccionario de mitos

Carlos García Gual. Turner. Un repertorio que ha crecido en cada nueva edición. A Zeus y Ulises se les han ido sumando Superman, Carmen o Tarzán.

 

 


Los mitos en el Museo del Prado

Miguel Ángel Elvira y Marta Carrasco. Guillermo Escolar Editor. De la Atenea de Mirón a las parcas de Goya, 90 obras comentadas entre la mitología y la historia del arte.

 

 


El poder de las historias

Martin Puchner. Traducción de Silvia Furió. Crítica. Un acercamiento al modo en que los relatos (sean la Ilíada, Harry Potter o el Popol Vuh) dan forma al mundo.

 

FUENTE: https://elpais.com/cultura/2019/03/01/babelia/1551455674_077229.html?por=mosaico