Jorge B. Montañés | Madrid www.elmundo.es 12/10/2010

El ‘peplum’ de los ‘peplum’ mantiene fresca su polisemia. Derechos civiles, obrerismo, ‘reivindación de la cultura ‘gay’…

En octubre de 1960 Los Ángeles y Londres acogieron el estreno más rumboso del año. ‘Espartaco’ era la película más esperada por muchas razones. Una historia llena de intrahistoria que, a pesar de su éxito inmediato, sufriría las críticas del Hollywood más conservador.

Kirk Douglas, superestrella del firmamento de Hollywood, llevaba varios años persiguiendo un ‘peplum’ diferente y hecho a su medida. Sin embargo, el alto coste de la producción hizo que los estudios obligaran al actor y productor a ponerse a las órdenes de Anthony Mann, director de la vieja escuela con experiencia en este tipo de películas. Douglas aceptó en un principio, pero tras serias discusiones logró mandar a Mann a casa a las dos semanas de rodaje -las secuencias iniciales de la película en las cantera son del director de ‘El Cid’- y dejar claro a los magnates de la industria que nada se haría sin su apoyo. Incluso se atrevió a poner al frente del rodaje a un joven de 32 años del Bronx neoyorquino llamado Stanley Kubrick, que le había dirigido poco antes en ‘Senderos de gloria’.

Kubrick enseguida se las vio con el carácter de Douglas y apenas tuvo poder sobre el guión, aunque sí es cierto que añadió varias escenas de batallas que serían rodadas en España y que dieron un carácter más épico a la historia de la revuelta de los esclavos. Aquel reparto de egos superlativos le agobiaba y temía que el propio Douglas fuera el director encubierto. Peter Ustinov (nominado al Oscar por su papel de Lentulo Batiato) contaría en sus divertidas memorias (‘Dear me’, 1977) la beligerancia entre las grandes estrellas inglesas de la película. La inquina entre Charles Laughton y Laurence Olivier no sólo se reflejaba en el guión, sino que en las pocas escenas que compartieron, Kubrick debió de afianzar su convencimiento de que el cine y el ajedrez, sus grandes pasiones, eran verdaderos actos de guerra.

La película se basaba en una novela de Howard Fast, un escritor judío que había sido perseguido por sus ideas comunistas. La presión del FBI había impedido que ninguna editorial estadounidense publicara aquella «novela socialista». Con grandes esfuerzos, Fast logró autoeditarse y, a pesar de sus problemas de distribución, el libro pronto se convirtió en un ‘best-seller’. Otra víctima del ‘macartismo’ sería la encargada de adaptarlo a la gran pantalla. El guionista y director Dalton Trumbo vio en ‘Espartaco’ la oportunidad de redimirse y dejar de trabajar como negro con aquella historia revolucionaria. Sin duda, la Roma antigua bien podía ser la América del siglo XX.

Los mensajes de los distintos autores dieron al guión una visión muy subversiva para la época. Ustinov reconocería años después que ‘Espartaco’ era algo más que una de romanos; era la primera película del género dotada de fe y, a la vez, alejada del cristianismo.

Diferentes sectores tomaron como propia aquella historia de rebelión y libertad, desde el entorno del recién elegido presidente Kennedy hasta los defensores de los derechos civiles, que veían en Espartaco una similitud con la lucha contra la segregación racial en EEUU. La valentía del proyecto seguiría levantando ampollas en los ‘tea parties’ del momento. Qué decir de la famosa escena homoerótica entre el patricio Craso (Olivier) y el esclavo Antonino (el recientemente fallecido Tony Curtis). El diálogo concluía con una sentencia gastronomoerótica inolvidable: «Mi gusto incluye… tanto los caracoles como las ostras».

Esta secuencia, cortada inicialmente ante el temor del escándalo, no sería añadida al montaje final hasta 1991. Ante la pérdida del audio original, Curtis volvió a interpretarse, mientras que Anthony Hopkins le daba la réplica doblando al personaje de Olivier, ya que el actor había fallecido dos años antes.

Si esto no fuera suficiente, el filme fue recibido con júbilo en los países comunistas. Durante el mayo del 68 muchos estudiantes gritaron el famoso ‘Yo soy Espartaco’ recordando el final de la película en el que los esclavos vencidos por el poder militar romano prefieren morir antes que denunciar a su líder. Y es que ya se sabe: Roma no paga a traidores.

Al final, todos contentos. Douglas llenó su casa de premios, Olivier y Laughton siguieron hasta la muerte del segundo a la gresca por el trono del olimpo de la escena británica, y Kubrick, harto de tantos opinadores, se prometió a sí mismo que, en adelante, no dependería de nadie. Gracias al éxito de taquilla y crítica, el director se ganó la libertad ansiada del artista. Seguro que en aquel estreno de hace 50 años ya rumiaba su próxima película, la adaptación de una novela, considerada en muchos países como pornográfica: ‘Lolita’.