Jorge Álvarez www.labrujulaverde.com 17/01/2023

La República Romana se adueñó definitivamente del Mediterráneo occidental en el año 146 a.C., cuando llevó a la práctica aquella célebre exhortación de Catón el Viejo «Cartago delenda est», y, en efecto, en la Tercera Guerra Púnica destruyó la ciudad que había sido su rival política, comercial y militar. Ya no estaban Escipión Africano, Amílcar ni Aníbal, por lo que el protagonismo corrió a cargo de sus descendientes: un nieto adoptivo del primero, Escipión Emiliano, y un nieto del más célebre de los Barca, Asdrúbal el Beotarca (al que no hay que confundir con su tío-abuelo homónimo).

Una característica de esa tercera contienda fue que se desarrolló íntegramente en territorio africano, el único que le quedaba a Cartago, en el actual Túnez. La chispa fue la vulneración, por parte cartaginesa, de una de las condiciones de paz impuestas por los romanos en el 201 a.C., al término del conflicto anterior: la prohibición de llevar a cabo una guerra sin autorización previa de Roma. Ese término hizo que los vecinos númidas aprovechasen para realizar incursiones vulnerando las fronteras e incluso modificándolas, sin que las reclamaciones púnicas al Senado romano fueran escuchadas porque el rey de Numidia, Masinisa, era aliado suyo.

En el año 151 a.C., subió al poder el partido democrático cartaginés, de corte militarista y dijo basta, enviando contra los númidas un potente ejército al mando de un general llamado Asdrúbal. No está claro si se trataba del nieto de Aníbal u otro llamado igual, ya que ese nombre era común y apenas disponemos de datos sobre el personaje que nos interesa: no conocemos la fecha ni el lugar de nacimiento, y casi todo lo que sabemos sobre él se refiere al episodio posterior, el que iba a constituir la última de las guerras púnicas. En cualquier caso, podemos contar sucintamente cómo transcurrió aquella campaña contra Masinisa.

Asdrúbal partió con unos veinticinco mil infantes y cuatrocientos jinetes, una fuerza considerable que se engrosó con seis mil hombres más de caballería, integrada por guerreros númidas de dos caudillos descontentos con su rey, Suba y Asasis. El objetivo inmediato era romper el cerco de Oroscopa, ciudad púnica sitiada y las primeras escaramuzas resultaron favorables, consiguiendo la retirada de los sitiadores. Asdrúbal los persiguió intentando provocar una batalla campal decisiva, pero Masinisa la eludió; de hecho, era él quien estaba conduciendo a su oponente a una trampa, al meterse en una zona montañosa y desértica.

Asdrúbal cayó en la celada, y aunque consiguió forzar un enfrentamiento directo, éste se limitó probablemente a cargas y contracargas a caballo más el lanzamiento de jabalinas a distancia, sin llegar nunca al choque cuerpo a cuerpo. Los cartagineses instalaron un campamento fortificado en una colina y emprendieron una negociación con el enemigo; la tradición dice que el intermediario fue Escipión Emiliano, que había ido a África a comprar elefantes de guerra. Masinisa exigió la entrega de Suba y Asasis; al serle negada, las conversaciones se rompieron. Se entró así en otra fase, ya que los númidas acamparon alrededor de la colina, poniéndole cerco.

Bloqueados, los cartagineses fueron agotando sus víveres y reservas de agua. Tampoco podían retirarse, aunque a Asdrúbal no le preocupaba porque opinaba que el ejército rival no era más que una amalgama de bárbaros que no tardarían en romper su disciplina. Se equivocaba; desde su último enfrentamiento cincuenta años antes, el ejército númida había sido reorganizado eficazmente por Masinisa (por algo Polibio, que le conoció personalmente, dijo de él que era «el mejor hombre de todos los reyes de nuestro tiempo»), de manera que se mantuvo en orden. Pasó el tiempo y los púnicos tuvieron que acabar comiendo sus propios caballos, usando como leña para cocinarlos parte de su equipo de madera (escudos, carros…) al no haber árboles en los alrededores.

Finalmente, como suele ocurrir en esas situaciones, brotaron enfermedades que diezmaron las filas cartaginesas y forzaron a Asdrúbal a parlamentar. Las condiciones impuestas fueron humillantes e incluían una cuantiosa indemnización, pero lo peor fue que los númidas no respetaron la palabra de permitir la retirada al enemigo, que al abandonar la protección de su campamento para volver a casa fue atacado por la caballería que dirigía Gulussa, el hijo de Masinisa. Asdrúbal y sus oficiales sobrevivieron y llegaron a Cartago, donde les esperaban más sorpresas desagradables: Roma exigía explicaciones por el quebrantamiento del tratado, así que, para aplacarla, Asdrúbal fue condenado a muerte. Ignoramos si se procedió a ejecutarlo, lo que demostraría que no se trataba de Asdrúbal el Beotarca, o si era él y la sentencia no trascendió el mero intento de apaciguamiento.

En cualquier caso, la campaña contra los númidas supuso el cassus belli que el Senado Romano llevaba tiempo esperando para declarar la guerra a un enemigo cuya eliminación de una vez por todas era un clamor en Roma, como insistía Catón el Viejo con su «Ceterum censeo Carthaginem esse delendam» («Por lo demás, opino que Cartago debe ser destruida»); especialmente desde que en el 151 a.C. los púnicos terminaron de pagar la compensación en metálico impuesta y habían iniciado la recuperación económica, originando la acuñación de la expresión punica fides para aludir a la mala fe púnica. Pese a que militarmente no suponía un peligro, la expedición de Asdrúbal fue percibida como tal y se ignoraron las embajadas cartaginesas enviadas para intentar evitar el desastre.

Intuyéndolo, la ciudad de Útica, fundada por los fenicios y siempre vinculada a Cartago, se separó de ésta y se unió a los romanos; cómo estaba situada a sólo cincuenta kilómetros de la anterior, los cónsules Manio Mamilio y Lucio Marcio Censorino, puestos al frente de la expedición punitiva, iban a contar con un magnífico puerto en el que desembarcar a sus tropas sin peligro. La operación se realizó en el 149 a.C. con más de 36.000 legionarios y 4.000 efectivos de caballería.

Una delegación cartaginesa llegó a la urbe para parlamentar y tuvo que transigir con la dureza de las demandas romanas: entrega de todas las armas y barcos, así como trescientos hijos de notables en calidad de rehenes. Así se hizo y fueron reunidas cerca de doscientas mil armaduras y dos millares de máquinas bélicas, mientras las naves eran quemadas. Pero los cónsules tenían claro que buscaban el fin de Cartago y exigieron también el abandono de la ciudad para demolerla y el traslado de su población dieciséis kilómetros tierra adentro.

Fue más de los que los cartagineses estaban dispuestos a soportar; los delegados dejaron Útica indignados, retornaron a su ciudad e informaron a las autoridades, que aprestaron a toda la gente para la defensa; hasta las mujeres, como las romanas, donaban su pelo para hacer las sogas de catapultas y balistas. Es difícil saber de cuántos habitantes hablamos, pero se trataba de una de las mayores urbes del Mediterráneo, que además estaba bien protegida por una muralla perimetral ante la cual había otra de veinte metros de alto por nueve de ancho y un foso de veinte. No había fuentes de agua, pero sí canalizaciones y cisternas para almacenar la de la lluvia.

Las fuerzas disponibles sumaban unos veinte mil hombres, que se ampliaron concediendo la libertad a los esclavos que se ofrecieran para combatir; eso significa la mitad de efectivos que los romanos y peor armados, al haber entregado sus equipos inútilmente. Por eso se recurrió para el mando a un veterano como Asdrúbal, liberándole de su condena. El Beotarca, se le apodaba, en alusión al cargo que desempeñaba (no se sabe con exactitud sus funciones, suponiéndose que se trataba de una especie de comandante militar de tropas auxiliares; es decir, pese a la similitud cacofónica se trataba de algo diferente al beotarca griego, una magistratura de la Liga Beocia que ejercieron dos siglos antes personajes como los tebanos Epaminondas y Pelópidas).

El cónsul Manilio puso sitio a Cartago mientras su compañero vigilaba la flota. Los cartagineses rechazaron varias tentativas de asalto y Asdrúbal, asumiendo su inferioridad, reforzó la defensa cerrada, adoptó medidas extraordinarias (como ejecutar a todos los romanos que se apresaran) y, en el exterior, optó por una guerra de guerrillas con las columnas de suministros como principal objetivo. Un segundo objetivo fue el campamento de Censorino, afectado por una epidemia y la relajación tras dos años de operaciones, que tuvo que levantar defensas adicionales ante las incursiones púnicas, en lo que se conoce como batalla del lago Túnez.

En buena parte de aquellas acciones se distinguió un tribuno que llevaba ya tiempo en el país: el reseñado Escipión Emiliano, que en realidad era hijo del general Lucio Emilio Paulo Macedónico, buen amigo de Escipión Africano (que terminó adoptándolo). Su buen hacer en la batalla de Néferis, en la que su decidida actuación salvó a Manilio de un desastre, no sólo le hizo muy popular entre los legionarios sino que permitió atenuar la torpeza que demostraron los cónsules. Por eso éstos fueron relevados y sustituidos por Lucio Calpurnio Pisón, con su homólogo Lucio Hostilio Mancino como subordinado.

Pero Pisón también fracasó, tomando sólo una ciudad (Neápolis) de las cuatro que atacó (aparte de la citada y Cartago, Aspis e Hipona), así que en el 147 acabó sustituido por Emiliano, pese a que a éste le faltaba un lustro para alcanzar los cuarenta y un años mínimos que se exigían para ser elegido cónsul; pesaron más las circunstancias y el hecho medio supersticioso de que su abuelo hubiera sido quien venció a Aníbal. Emiliano reimpuso la disciplina, expulsó de los campamentos a comerciantes y meretrices, y bloqueó con la flota el golfo de Túnez, dejando a los púnicos completamente aislados.

Asimismo, decidió quitarse de en medio el obstáculo de Néferis, una ciudad vecina defendida por Diógenes de Cartago (que en realidad era griego) donde las legiones habían sido derrotadas el año anterior. Su caída constituyó un punto de inflexión en la guerra porque de paso destruyó la incipiente flota reconstruida del adversario; a partir de ahí, hasta el más optimista debió de entender cómo iba a acabar ésta, con las fuerzas mermadas por el hambre y las enfermedades. Ni siquiera el surgimiento de otros conflictos de los dominios romanos iba a suponer un alivio.

Y es que, entretanto, Asdrúbal depuso al gobierno civil y asumió el mando absoluto, aliándose con Andrisco, que se había hecho coronar rey de Macedonia con el nombre de Filipo VI. Como el territorio macedonio era romano por entonces, se desató así una contienda paralela, la Cuarta Guerra Macedónica. Pero ni eso bastaba ya para distraer a Emiliano del escenario principal africano, donde se entró en la fase final cuando, intuyendo la debilidad del enemigo, ordenó un asalto frontal desde la zona del puerto. Empezó en la primavera del 146 y duró seis días de dramática lucha metro a metro, matando los legionarios a cuanto cartaginés veían e incendiando cada casa que dejaban atrás.

Los que quedaron, unos cincuenta mil, corrieron a refugiarse en el templo de Eshmún, que coronaba la ciudadela de Birsa. Fue el último reducto de resistencia. Cercado y amenazado con la derrota total, Asdrúbal no tuvo más remedio que ceder y rendirse con la condición de respeto para su vida y libertad. Polibio cuenta que su esposa, contemplando a su marido humillarse, se arrojó a las llamas con sus dos hijos; incluso hay un célebre y emotivo monólogo en el que se resalta la dignidad en ella que le habría faltado a él, aunque obviamente es fruto de la propaganda posterior romana (y, de paso, se establecía un paralelismo con la muerte de Dido a causa de su abandono por Eneas, fundador de Roma):

Solo te deseo, oh romano, toda la prosperidad, porque únicamente estás ejerciendo el derecho de la guerra. Pero ruego a los dioses de Cartago y a tí que castiguéis como es debido a Asdrúbal, que traicionó a su patria, a sus dioses, a su mujer y a sus hijos.

Con ella se inmolaron también los supervivientes de los novecientos desertores romanos, cuya muerte hubiera resultado más lenta y terrible de caer en manos de Emiliano. Polibio, que fue testigo presencial y su preceptor, cuenta que el general pronunció una frase de la Ilíada mientras rompía a llorar: «Llegará un día en que Ilión, la ciudad santa, perecerá, en que perecerán Príamo y su pueblo, hábil en el manejo de la lanza». Cuando le preguntó la razón, respondió: «Temo que algún día alguien habrá de citarlos viendo arder Roma». Pero los cartagineses tenían sus propios motivos para el llanto, pues todos fueron convertidos en esclavos.

Como es sabido, tiempo después una comisión del Senado visitó el lugar y, a despecho de la opinión de Emiliano, que quería conservar lo que quedaba de Cartago, decidió que debía ser derruida por completo junto con todas las demás localidades que la habían apoyado. La historia de que se cubrió con sal es una leyenda decimonónica, como ya vimos en otro artículo, y seguramente sólo se convirtieron sus tierras en ager publicus, integradas en la nueva provincia romana de África con capital en Útica; debido a malos augurios -siempre decisivos en la mentalidad romana- nunca se materializó el plan de fundar sobre las ruinas una ciudad a la que hasta se había dado nombre, Junonia, y de hecho, las poblaciones púnicas vecinas conservaron sus costumbres, lengua y estilo de vida.

Escipión Emiliano regresó a Roma como un héroe, se le otorgó un triunfo y le concedieron el agnomen Africanus, como a su abuelo adoptivo. No hay información sobre qué ocurrió con Asdrúbal el Beotarca después de que, a buen seguro, participase en ese desfile triunfal. Se supone que también fue a la metrópoli y, como había aceptado la rendición a cambio de vida y libertad, hay autores que sugieren que debieron entregarle una finca en algún rincón de Italia donde pasar el resto de sus días.

Fuentes

Polibio, Historias | Sergei Ivanovich Kovaliov, Historia de Roma | Adrian Goldsworthy, La caída de Cartago. Las Guerras Púnicas, 265-146 A.C. | Francisco Javier Lomas Salmonte y Pedro López Barja de QuirogaHistoria de Roma | Mary Beard, SPQR: Una historia de la antigua Roma | Javier Martínez-Pinna Diego Peña Domínguez, Breve historia de la Guerras Púnicas | Jean-Christophe Piot, Carthage, la chute d’une ville décidée à vaincre ou à mourir | Wikipedia

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