Walter Oppenheimer | Londres www.elpais.com 25/10/2008

Londres acoge la primera gran muestra sobre el imperio cristiano en 50 años.

El espíritu y el arte se dan la mano en Bizancio, 330-1453, un recorrido por el arte del Imperio y la primera exposición de estas características en el Reino Unido desde 1958. Reúne 340 piezas, desde iconos, murales, micro-mosaicos, marfiles, esmaltes, cerámicas y objetos diversos de oro y plata, procedentes de 85 donantes. Y probablemente la oportunidad que brinda hasta el 22 de marzo la Royal Academy de Londres (en colaboración con el Museo Benaki de Atenas) será la última: la fragilidad de muchas de las piezas hace difícil que vuelvan a viajar.

La exposición es más un recorrido por el alma del primer imperio de la cristiandad -que se veía a sí mismo como la continuación de Roma- que una descripción de sus carnes. Aunque no faltan monedas de oro y objetos de la vida cotidiana, apenas se evocan aquí las rutas comerciales que partían desde la hermosa Constantinopla, la Nueva Roma que reconstruyó Constantino el Grande en lo que ahora es Estambul y que marcaba el inicio, o el final, de la ruta de la seda. No es éste tampoco el lugar para estudiar las conquistas militares de Justiniano, que expulsó a los vándalos de la antigua provincia romana de África, conquistó Córcega, Cerdeña y Baleares, ocupó Dalmacia y anexionó de nuevo Roma e Italia para el Imperio.

Es más bien una invitación a refutar, quizá, los prejuicios de historiadores europeos del siglo XIX que definieron Bizancio como «la forma cultural más baja y abyecta que haya asumido la civilización hasta ahora». A juicio de la profesora Maria Vassilaki, de la Universidad Thessaly de Volos (Grecia) y comisaria de la exposición junto a Robin Cormack, del Instituto Courtauld de Londres, «la gente debería ver esta muestra porque tienen que conocer un imperio importante y el arte creado durante 11 siglos». «Vale la pena ver de qué manera un imperio que era muy religioso permitió la producción de arte de altura. Necesitamos ver eso, saber eso, porque el Imperio Bizantino no es demasiado conocido y el público puede admirar piezas de primera calidad de todo el mundo».

Quienes se acercan a la Royal Academy deberán antes prepararse para el viaje. Los que sufran de vista cansada no deberían en modo alguno dejarse en casa las gafas de leer. Aunque no faltan piezas de cierta medida, la inmensa mayoría de los objetos exhibidos son de pequeño tamaño y el arte bizantino destaca sobre todo por sus minúsculos detalles. La luz es otro problema. La exposición está sumida en tinieblas, para proteger la fragilidad de las obras.

Las explicaciones sobre las piezas son tan microscópicas como muchas de ellas y la guía audio a disposición del público apenas cubre la décima parte de la muestra. Vale la pena dedicar antes todo el tiempo que haga falta a bucear en el denso catálogo de la exposición, en el que el lector encontrará no sólo una introducción a la historia y el arte del Imperio Bizantino, sino las detalladas explicaciones pieza a pieza que tanto se echan en falta en las galerías de la Royal Academy.

Entre las piezas que no hay que perderse bajo ningún concepto, la profesora Vassilaki cita la galería llamada En la corte, donde se expone el arte producido para el emperador. Son piezas que se encontraban en el palacio imperial saqueado por los cruzados cuando tomaron Constantinopla a principios del siglo XIII, y que combinan el arte religioso y el arte secular de la época. En la primera categoría encaja el icono del arcángel Miguel, «que representa al arcángel dando la bienvenida al paraíso, un icono de salvación que probablemente tuvo una influencia enorme en el arte de la época porque es el primero hecho en oro y cristal en tres dimensiones», según el profesor Cormack.

En la categoría secular destacan tres piezas cuya exhibición conjunta «constituye el sueño de todo comisario». Se trata de dos cajas de marfil, dos piezas «llenas de sexo y lujuria», y una caja de madera con escenas de cacerías del emperador. Piezas que quizás dan cuerpo a lo que el historiador anglo-irlandés William Lecky escribía en 1869 sobre el Imperio Bizantino: «Sus vicios eran los de hombres que han dejado de ser valientes sin aprender a ser virtuosos. (…) Esclavos, y esclavos por voluntad propia, tanto de sus actos como de sus pensamientos, sumergidos en la sensualidad y en los placeres más frívolos, la gente sólo salía de su apatía cuando alguna sutileza teológica o algún hecho de caballería en las carreras de carros les estimulaba a enzarzarse en frenéticas disputas». Las famosas discusiones bizantinas.

Otra de las claves de la muestra es el cáliz de Antioquía. Descubierto en 1911, hasta hace 25 años se creía que podía ser el Santo Grial, el cáliz utilizado por Cristo en la Última Cena. Ahora se cree que la copa lisa de plata, a la que se añadieron luego escenas de la Última Cena, es en realidad una lámpara de aceite del siglo VI, aunque a juicio de Cormack «el tema aún no está cerrado».

Nueve preguntas con respuesta
La exhibición está estructurada en nueve galerías organizadas al mismo tiempo de forma cronológica y temática. «Cada galería plantea una pregunta cuya respuesta está en las propias piezas que la componen», explica el profesor Robin Cormack. La primera plantea la pregunta de cómo empezó el arte cristiano y cuál fue el papel de Bizancio. La respuesta está en una cabeza de bronce de Constantino el Grande, que legalizó el cristianismo en el Imperio Romano, y en dos pequeñas esculturas grecorromanas de mármol con clave: «Pertenecieron a un aristócrata de mediados del siglo III, convertido al cristianismo cuando era ilegal, y contienen un mensaje encriptado del Antiguo Testamento, que alude a Jonás».

La sala dedicada a los iconos plantea si esas obras anónimas son arte. La respuesta -«es funcional pero también es arte»- la encierra un espectacular micromosaico hecho en Constantinopla hacia 1300 y llevado por un caballero cruzado al monasterio de Santa Catalina, en el Sinaí, y entregado en 1385 a la iglesia de la Santa Cruz, en Roma. Allí le añadieron un marco lleno de reliquias de santos y una inscripción que afirma que el icono representa una visión del papa Gregorio el Grande en el siglo VI en la que ve a Cristo con cuerpo de hombre y sangrando en la cruz. Una forma de hacer oficial que a Jesús se le representa con barba y el pelo largo. «Es una de las piezas más sagradas de la Iglesia católica. Es increíble tener aquí una reliquia tan preciosa», se congratula Robin Cormack.