Marcos Ordóñez www.elpais.com 20/11/2010

Corran a ver La violación de Lucrecia en el Español: un soberbio poema dramático de Shakespeare, una puesta en escena que confirma el talento de Miguel del Arco y un recital sublime de una inmensa actriz que interpreta todos los papeles.

A Picasso le preguntaron un día cuánto tiempo había tardado en pintar un cuadro y contestó «cuarenta años». Algo parecido podría responder Nuria Espert acerca de su trabajo en La violación de Lucrecia, el poema dramático de Shakespeare que representa en la sala pequeña del Español (ideal por su intimidad, por la cercanía del público), a las órdenes, jóvenes y sabias, de Miguel del Arco. Estamos ante una culminación y una suma: en su voz, en su mirada, en su gesto vemos desfilar, como en una película imaginaria, toda su carrera, todas sus heroínas trágicas, desde la adolescente Medea del 54 hasta anteayer mismo, unidas en una sola secuencia y un solo tiempo, presente e inmemorial. Este espectáculo es, y mido mis palabras, un acontecimiento histórico: algún día diremos, como los que oyeron las campanadas a medianoche, «nosotros estábamos allí, vimos a la Espert haciendo La violación de Lucrecia». ¿Recuerdan Pasión de los fuertes, el momento supremo en que un actor shakespeariano, perdido en un saloon, alumbrado por quinqués de acetileno, comienza a recitar, y los ruidosos gañanes (cuatreros, mineros, borrachos) enmudecen ante las divinas palabras, como niños escuchando un gran relato en torno al fuego? Así nosotros, los espectadores del Español, emocionados y rendidos ante la invocación, la transustanciación de la sacerdotisa.

Esto es grandeza, señores. Esto es una faena de la Maestranza. Esto no es una actriz, es una fuerza de la naturaleza. Hay que tenerlos muy bien puestos, y ustedes perdonen, para lanzarse a hacer una función así, interpretando todos los papeles, el narrador, Lucrecia, Tarquino, Colatino, la doncella, Lucio Bruto, cuando la dama podría estar tan ricamente en su casita, durmiendo en sus merecidísimos laureles. ¡Y se lanza así, a memorizar y a vivir esa torrentera de texto, con esa entrega absoluta, con esa indesmayable tensión emocional durante hora y media cada noche, por nada, por Hécuba! Yo no creo que en el mundo encontremos a otra actriz de su quinta capaz de abordar un proyecto parecido. Riesgo, entrega, generosidad. Y olfato: la intuición de haber elegido a Miguel del Arco tras el fogonazo de La función por hacer. Olfato que ha tenido siempre: con Víctor García, con Lluís Pasqual, con Mario Gas, cuando eran jóvenes y poco conocidos. Lo que han conseguido aquí la Espert y Miguel del Arco es para quitarse diez sombreros. La espléndida traducción de José Luis Rivas llega transparente, sin gota de retórica, sin voces extrañas: a caballo de una dicción cristalina, el poema parece iluminarse por esos relámpagos que Coleridge percibió al escuchar a Kean, y la actriz se afianza en lo alto del alambre, y sube luego aún más arriba. Una cama con dosel, una tela flameante, una silla, una mesa. Una capa negra para interpretar a Tarquino; una tela de seda violeta para Lucrecia. No ha necesitado más Ikerne Giménez (escenografía, vestuario). Ni Juanjo Llorens con sus luces precisas, atmosféricas.

Durante mucho tiempo, La violación de Lucrecia pasó por ser un trabajo menor, una obra de juventud. Es una obra seminal, que marca el territorio por venir, que anticipa tonos y temas. Lucrecia prefigura, en su nobleza, su amor abocado a la muerte y la determinación de su sacrificio, a Julieta, a Isabella, a Imogen; en Tarquino, tratando de resistir un impulso que detesta («nada excusa mi falta / y será interminable mi vergüenza»), vemos ya a Otelo, y a Macbeth avanzando en la negrura daga en mano y atormentado luego por la culpa. Expresión cinemática, en ritmos, en imágenes; personajes complejos, cambiantes: es una obra juvenil que parece de madurez por su calidad de alcohol destilado, por su concentración, por la sorprendente profundidad de sus pasajes reflexivos. Nuria Espert atrapa todos los matices como si fueran pájaros y los echa a volar de nuevo: la villanía, la duda, la ferocidad y la desesperación de Tarquino; la inocencia de Lucrecia, el dolor invivible, la fuerza última. Pegas minúsculas: algún trasluz de truculencia en el perfil de Tarquino; algún acento aniñado en exceso en Lucrecia. Tras el casi clínico relato del acoso (detalle tras detalle: Shakespeare quiere fijar algo que va a hacerse irreal de puro salvaje), Espert y Del Arco resuelven la cumbre brutal con un crescendo de asfixiados gemidos de dolor ante los que la narradora sólo puede taparse los oídos (bravo también para Sandra Vicente, responsable del ambiente sonoro). Vuelve luego la voz, la palabra como un río de piedras (nadie podrá escuchar a la Espert sin un escalofrío cuando recita el extraordinario pasaje de «Dale tiempo para que su ira contra sí mismo vuelva»), y, en triple salto sin red, la carta a Colatino, la mirada al cuadro del sitio de Troya, con el rostro de Hécuba («donde impresas se hallan todas las aflicciones») convertido en espejo, la despedida antes del suicidio. Ahora Espert es la doncella que llevó la carta, y es Colatino aniquilado por la pena, y es su compañero Lucio Bruto, instándole a no ceder ante la nada, como hizo Lucrecia («¿Es el dolor remedio del dolor?»), y a tomar venganza.

Del Arco ha elegido una sutil, poderosa, hermosísima idea de puesta en escena para cerrar la función: Espert/Colatino llevando en brazos la túnica ensangrentada de su esposa y tendiéndose a su lado en el lecho. Si no cuesta trazar un puente de tres siglos entre el fragmento del ultraje y el Lorca de Thamar y Amnón, en esa imagen última vemos, completo, el desolador futuro de Colatino, y resuenan en la memoria aquellos versos de Antonio Machado: «Con negra llave / el aposento frío de su tiempo abrirá / desierta cama, y turbio espejo, y corazón vacío». Ahora, cuando tanto se habla de crisis (también crisis de valores y crisis de talento), conviene señalar que trabajos como el de la Espert en el Español o el de Pou en el Bellas Artes son cimas mundiales, regalos de maestros en acción, en la plenitud de sus poderes. Hay que proclamarlo, celebrarlo y agradecérselo. Y enhorabuena también a Mario Gas y a Juanjo Seoane, que han acogido y producido este espectáculo.

La violación de Lucrecia, de William Shakespeare.
Traducción de José Luis Rivas Vélez.
Dirección de Miguel del Arco. Interpretación de Nuria Espert.
Teatro Español. Madrid. Hasta el 19 de diciembre.
MÁS INFO: www.esmadrid.com/teatroespanol