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26/03/2004

EFE

La muerte de Cleopatra, en el espejo del arte occidental
En principio, Ginebra parecería el lugar más inverosímil para una celebración del mito en el arte occidental de Cleopatra, última reina de Egipto y amante sucesiva de los generales romanos Julio César y Marco Antonio.

Esta ciudad calvinista de labios prietos y miradas huidizas, enemiga del lujo y del espectáculo desde tiempos de Calvino, parecería incompatible con esa explosión de sensualidad y lujuria asociada con esa figura histórica.

Y, sin embargo, se ha producido el milagro: el museo Rath acoge hasta el primero de agosto una fascinante exposición dedicada a la última soberana de la dinastía de Ptolomeo -uno de los generales de Alejandro Magno-, que ha excitado durante siglos la imaginación de pintores, escultores, poetas, músicos, autores de teatro y cineastas.

El suicidio de Cleopatra mediante la mordedura venenosa de un áspid, después de que su amante Antonio, tras la derrota común en la batalla de Actium por Octavio, se quitara la vida, inspiró a lo largo del Renacimiento y la época barroca a pintores de ambos sexos, cuyas obras, procedentes de museos y colecciones privadas de todo el mundo, se han reunido para esta singular exposición.

Se hace en ella un largo recorrido histórico-artístico desde los manuscritos miniados de Boccaccio hasta la fascinación en pleno siglo XX del norteamericano Andy Warhol por el rostro de Liz Taylor en el papel de Cleopatra en el famoso filme de Joseph Mankiewicz.

Pintores del siglo XVI como Jan Massys, Andrea Solario o Lavinia Fontana presentan a Cleopatra como una especie de "madonna" desnuda con el áspid emblemático enrollado en el brazo y a punto de morderle uno de los senos.

Artistas posteriores como Guido Reni, Guido Caghnaccio o Artemisia Gentileschi se fijan sobre todo en el aspecto ético del suicidio y muestran a la amante presa del horror y el éxtasis de la muerte, como una especie de Lucrecia, de la que Cleopatra representa, sin embargo, la antítesis moral.

En el siglo XVII y en el siguiente, bajo la influencia del teatro barroco, se desarrolla toda una dramaturgia del tema de Cleopatra con escenografías de trasfondo histórico cada vez más espectaculares.

Los artistas encuentran su inspiración en diversos episodios de la vida agitada de Cleopatra: su primer encuentro con Marco Antonio, la muerte de este último, la entrevista de Cleopatra y Octavio, el vencedor de su amante en la batalla naval de Actium, temas todos ellos tratados por Tiépolo, Rafael Mengs o Angelika Kauffmann.

En el siglo XIX se multiplican las alusiones al Egipto antiguo, país más o menos imaginario, visto bajo el prisma del exotismo, que inspirarán más tarde las grandes producciones cinematográficas de un Cecil B. de Mille.

Es también el siglo en que escritores como el ruso Pushkin o el francés Teophile Gautier inventarán una Cleopatra romántica, mujer fatal, reina y cortesana a un tiempo que hará pagar a sus amantes los favores de una noche con la muerte cierta: especie de mantis religiosa que aparece, por ejemplo, en algún cuadro de Gustave Moreau.

La exposición ginebrina termina con el renacimiento de la leyenda a través del séptimo arte: desde la primera superproducción, todavía del cine mudo, con la heroína tal y como la encarnó la actriz Theda Bara.

Vendrá luego la versión de Cecil B. de Mille, de 1934, con Claudette Colbert, y finalmente, la que realizó en 1963 Joseph Mankiewicz con Liz Taylor y Richard Burton (Marco Antonio), que vivieron además un apasionado romance, hábilmente explotado para la promoción internacional del filme.

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