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19-04-2003

ROMA. JUAN VICENTE BOO, ABC, Madrid

Roma descubre en Ostia los vestigios del gran puerto que la convirtió en superpotencia

Reconstrucción del puerto de Trajano realizada por Joan Blaeu en 1663

El lugar donde Claudio y Trajano construyeron el gran puerto imperial está hoy situado a varios kilómetros de la costa, debido a los sedimentos del río Tíber

Roma se convirtió en superpotencia cuando arrebató a Cartago el dominio de los mares y continuó aumentando su flota hasta convertirla en la mayor de la historia antigua. El poderío naval y el comercio hicieron necesario un primer gran puerto, construido por Claudio en la boca del Tíber en torno al año 60. Pronto resultó insuficiente, y el emperador Trajano añadió en el año 112 un segundo puerto hexagonal, mucho más seguro, que fue una de las maravillas del mundo antiguo.

Con la caída del Imperio Romano y el paso de los siglos, la arena del Tíber terminó alejando la desembocadura y sepultando una inmensa infraestructura que hoy casi nadie conoce, pero resulta todavía identificable desde el aire. Al despegar del aeropuerto de Fiumicino es posible ver, entre las ruinas de Ostia Antica y el Mar Tirreno, un misterioso lago, perfectamente hexagonal, a cuatro kilómetros de la costa. Es el legendario Portus Traiani, todavía reconocible en 1663, cuando Joan Blaeu levantó su cartografía y dibujó una reconstrucción para la ciudad de Amsterdam.

El río pequeño, el «fiumicino» que da nombre al lugar, es el canal que conectaba el Portus Traiani con el río Tíber, por el que las gabarras tiradas por bueyes llevaban la mercancía -trigo de Sicilia, aceite de la Bética o gigantescas columnas de mármol de Egipto- hasta la capital del Imperio. Paradójicamente, la pista principal del aeropuerto termina con sus luces del extremo sur justo donde se alzaba el faro construido por Claudio, siguiendo el modelo del Faro de Alejandría. Los restos de su estructura figuran como «Torre de Pío V» en el mapa mural del Vaticano realizado por orden de Gregorio XIII en 1582, el año en que el papa astrónomo corrigió el desfase del calendario de Julio César, el antiguo «juliano», sustituyéndolo por el «gregoriano» que todavía rige en la actualidad.

Suetonio relata que el emperador Claudio «construyó el puerto de Ostia echando a izquierda y derecha dos grandes brazos, y levantando frente a la boca de entrada un muelle en el mar profundo. Para dar más seguridad, construyó encima una elevadísima torre, similar al Faro de Alejandría, de modo que su fuego nocturno guiase la ruta de las naves». En ese puerto podían refugiarse hasta trescientos barcos, pero la protección de los espigones no era suficiente y, según el relato de Tácito, en el año 62, «debido a una gran tempestad, se perdieron casi doscientas naves dentro del puerto de Ostia».

Ampliación y lujo

La seguridad y el prestigio del Imperio estaban en juego, por lo que Trajano adoptó una solución revolucionaria: excavar tierra adentro, creando un segundo puerto protegido por suntuosos edificios de almacenes y oficinas que dejarían boquiabierto ante la grandeza de Roma a cualquier visitante. Los edificios se alzaron en torno a un perfecto hexágono regular de 358 metros de lado, cuyos dos kilómetros largos de muelle permitían atracar perpendicularmente, con la popa hacia los sólidos amarres de piedra, doscientas naves de carga, según los cálculos de la revista «Roma Arqueológica», que ha reunido buena parte de la documentación disponible.

El Portus Traiani se enriqueció enseguida con palacios, termas monumentales y hoteles de lujo para los navegantes ricos, así como un templo circular a Portunus, el dios del puerto, del trabajo y de la navegación. Dos de sus altísimos arcos sobresalen todavía por encima de la vegetación selvática que cubre el extenso campo de ruinas. El éxito del puerto de Trajano, a las puertas de Roma, provocó el declive de Pozzuoli, demasiado lejano en el Golfo de Nápoles. El Portus Traiani creció tanto como ciudad residencial de lujo que Constantino le concedió, el año 313, el título de «civitas» independiente. Fue su último momento de gloria. Hoy, ni siquiera un italiano entre mil sabe que llegó a existir o que yace enterrado a los pies del aeropuerto de Fiumicino.

 

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