Mayte Rius | ES www.lavanguardia.com 14/10/2011

En el mundo de hoy prima la utilidad: no damos un paso sin saber para qué o qué obtendremos a cambio. Y si uno se pregunta qué logra con leer a Dante o aprender latín es probable que la respuesta sea cero. ¿Realmente las Humanidades no tienen utilidad? ¿No aportan nada?.

Hace unos meses el responsable de Salut de la Generalitat de Catalunya, Boi Ruiz, declaraba que si uno quiere estudiar Filología Clásica por placer se lo tendrá que pagar. Más allá de las ampollas que sus palabras levantaran entre quienes cursan o imparten estas enseñanzas y del debate surgido en torno a si todos los estudios universitarios no son “por placer” porque nadie obliga a hacerlos, la reflexión del político catalán escenificaba el escaso valor que las administraciones conceden a los estudios clásicos y, en general, a las enseñanzas englobadas bajo el término Humanidades: latín, griego, literatura, filosofía, historia… Los actuales planes de estudio no contemplan la enseñanza del latín ni de la filosofía durante la escolarización obligatoria, incluyen la historia como parte de la asignatura de ciencias sociales, y la literatura se aborda en las clases de lengua. También durante el bachillerato los alumnos pueden obviar algunas de estas enseñanzas y plantarse en la universidad para cursar Derecho o Historia sin haber estudiado nunca, por ejemplo, ni latín ni griego.

Cabe pensar que es así porque los responsables de planificar la formación de las futuras generaciones tienen claro que no necesitarán estas enseñanzas, que en el mundo que van a vivir esos conocimientos no les servirán de nada. “Parece que las Humanidades entren dentro de la categoría de lo inútil y por eso es frecuente preguntar para qué sirven; si su utilidad la medimos en términos de rendimiento económico o de aplicabilidad, la respuesta quizá sea para nada; pero si pensamos en sus beneficios en términos de valores, de conocimientos, de la información que nos dan y cómo nos ayudan a pensar, sí que sirven”, afirma Laura Borràs, profesora de Literatura de la Universitat de Barcelona, investigadora sobre tecnologías digitales y defensora de las Humanidades digitales. Jaime Siles, presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, asegura que de las Humanidades depende nuestra visión del mundo, nuestra representación verbal de la realidad, y que quienes cuestionan su utilidad son quienes parten de una mentalidad completamente economicista y materialista, quienes ven al ser humano únicamente como homus economicus y consideran que uno estudia para ejercer una profesión, no para formarse. “Y es ese planteamiento, el confiar todo a lo económico, el que nos ha llevado a la crisis y a la situación sin salida que vivimos hoy, porque el ser humano es algo más que un instrumento o una herramienta; sin filosofía, literatura o lenguas clásicas es difícil ser persona, porque esas enseñanzas nos ayudan a comprender la realidad, a interpretarla”, apunta Siles.

Tampoco es que el debate sobre la utilidad de las Humanidades o su encaje en un mundo científico y tecnológico sea nuevo. Hace décadas que se habla de su declive. Basta navegar unos minutos por internet para hallar media docena de conferencias y artículos al respecto que se remontan al último cuarto del siglo pasado. Hans Ulrïch Gumbrecht, profesor de Literatura de Standford, decía en 1999 que las Humanidades ya vivieron su primera crisis en el siglo XIX, al fundarse como tales sobre unos principios ya cuestionados, y una segunda en los años sesenta y setenta cuando se quiso transformarlas en Ciencias Sociales, mientras que su decadencia actual la vincula con la obsesión por la profesionalización y la pérdida de sentido de la formación individual.

Años después, y a pesar de tan negro panorama, más de 130.000 personas están matriculadas en alguno de los grados o licenciaturas que las universidades públicas españolas enmarcan como de Arte y Humanidades. En el curso 2008-2009 suponía el 8,5% de quienes estudiaban en las universidades públicas presenciales. ¿Por qué lo harán? Es lógico pensar que alguna aplicación práctica le verán, en especial los casi 4.000 que tienen otro título universitario previo, personas que en su mayoría trabajan y se esfuerzan para estudiar Humanidades a distancia a través de la UOC o la UNED.

“Las Humanidades no son saberes de aplicación práctica inmediata, pero su cultivo puede enriquecer y equilibrar el espíritu de los que han de decidir las aplicaciones de la ciencia y los usos de la tecnología”, explicaba en 1987 el psicólogo José Luis Pinillos en su artículo “Las humanidades en un mundo técnico”. Más de dos décadas después, cuando quienes se dedican al ámbito de los recursos humanos aseguran que hoy el perfil formativo es sólo un elemento más de la empleabilidad de una persona, y que para seleccionar a un trabajador cuenta tanto su formación como sus aptitudes y actitudes, los estudios de Humanidades se erigen como aquellos que no preparan para un oficio pero que sí ofrecen habilidades que pueden tener un amplio uso profesional. Laura Borràs pone como ejemplo la literatura, que es lo que conoce más de cerca: “Leer Lolita o La Ilíada no tiene una aplicación práctica ni te hace mejor persona, pero sí te amplía en tus parámetros; la literatura te ayuda a mejorar el bagaje lingüístico, a desarrollar tu discurso, a saber argumentar las ideas”, afirma. Y subraya que igual que se tiene claro que aprender matemáticas es útil para todos, independientemente de a qué se vayan a dedicar, lo mismo ocurre con la literatura, la filosofía o las Humanidades en general. “Hace falta conocer el pasado, leer y comprender lo que lees, reflexionar sobre las contradicciones humanas, para desarrollar el juicio crítico o la empatía, y esta sirve tanto al ingeniero como al médico”, dice. Y llama la atención sobre la hipocresía que supone no apoyar las Humanidades porque no sirven para nada desde el punto de vista económico y luego reivindicar que la lectura es importante.

Jaime Siles asegura que hoy se denosta el latín y el griego olvidando que toda nuestra cultura y las fuentes de nuestra historia hasta el siglo XVIII están en esas lenguas y que cada generación ha de hacer sus propias traducciones para redescubrir todo ese pensamiento. “No hay que olvidar que el Renacimiento y la Ilustración parten del redescubrimiento del latín, el griego y sus autores”, apunta.

Más allá de permitir revisitar el pasado parece que el latín y el griego contribuyen a organizar mejor el cerebro y al desarrollo del pensamiento lógico, y potencian la capacidad de razonar y de expresar el propio pensamiento, habilidades que perduran incluso cuando los conocimientos concretos sobre estas lenguas se olvidan. El estudio del griego se vincula además con un desarrollo de la capacidad de abstracción de la persona, porque al estudiarlo uno debe separar el concepto contenido en una palabra de la grafía, ya que se utiliza un alfabeto distinto al que se está acostumbrado. Otras utilidades derivadas del estudio de las lenguas clásicas es que facilitan el aprendizaje de idiomas –sobre todo si tienen declinaciones– y, que, al ponernos en contacto con culturas milenarias y fomentar la lectura, estimulan la capacidad de contemplación y un mejor desarrollo de la personalidad.

La filósofa estadounidense Martha Nussba, en Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades (Katz), asegura que la crisis actual no es una crisis económica, sino educativa, y reivindica la formación humanista como imprescindible para la democracia porque lleva a empatizar con el otro, a formarse en valores, y eso mejora la convivencia. También el filósofo y profesor de Literatura Jordi Llovet, en Adéu a la Universitat. L’eclipsi de les humanitats (Galàxia Gutenberg), defiende la vuelta a la educación pretecnológica, basada en las explicaciones de palabra y en el debate de ideas, y centrada en el legado literario, artístico y científico de Occidente, “porque no se puede tener un sistema democrático propiamente dicho si la ciudadanía no está preparada intelectualmente para discernir las cosas que pasan cada día con sentido crítico”.

Claro que no todo el mundo está de acuerdo en estos planteamientos. “Con todo mi respeto por estas asignaturas como saberes especializados, me parece que vincular la crisis social y educativa que vivimos con la escasa atención que se presta en los programas educativos al latín, el griego o la filosofía es lo mismo que vincularla a que ya no va nadie a misa; lo de la filosofía, como aparentemente abarca todo el saber, quizá sería más discutible, pero si de lo que se trata es de comprender los problemas de la persona y la sociedad, hay que tener presente que la filosofía de nuestro siglo está dispersa en el conjunto de las ciencias humanas y sociales; para comprender el siglo pasado y lo que va de este, por ejemplo, es bastante más útil comprender a Keynes o a Freud que a Heidegger o Husserl”, afirma Mariano Fernández Enguita, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense. A su juicio, lo que está en cuestión no es la trascendencia de la formación en Humanidades, sino qué Humanidades. “Es preciso que como ciudadanos, productores y consumidores comprendamos las bases, los mecanismos principales y los efectos del cambio producido por el desarrollo científico y técnico, pero las Humanidades clásicas ayudan muy poquito en eso, comenzando porque, por lo general, ni siquiera lo entienden; otra cosa serían las Ciencias Sociales (historia, sociología, antropología, psicología, economía) aplicadas al estudio de la ciencia, la tecnología o el trabajo, o la rama específica de Filosofía de la Ciencia”, enfatiza Fernández Enguita. Y opina que los estudios de humanidades deberían redimensionarse a la baja en la enseñanza general porque su trascendencia no es la de antaño.

En cambio, hay quien opina que precisamente ahora, con las nuevas tecnologías de la información, con el triunfo de las biociencias y las biotecnologías, asistimos a un resurgir de las Humanidades y se abren nuevas perspectivas y demandas para estos especialistas. El estadounidense Stanley Fish, profesor de Derecho y Humanidades, habla del triunfo de las Humanidades cuando se alían con otras disciplinas, y dice que ya ocurrió en los setenta con las Ciencias Sociales y ahora con las biohumanidades, las neurohumanidades o las geohumanidades. Son muchos y de muy diferentes ámbitos los estudiosos que sostienen que la dualidad humanismo decadente versus ciencia imparable es una contradicción que afecta a la raíz misma del pensamiento humanista, y que las fronteras entre disciplinas son muy difusas. Explican que no es posible ocuparse de la ciencia sin utilizar un lenguaje rico en metáforas, igual que la tecnología no es más que un vehículo que se carga, por ejemplo, de información, textos e ideas, es decir, un estímulo para la producción intelectual.

Laura Borràs indica que la proliferación de equipos multidisciplinares en muchos ámbitos laborales está creando nuevas oportunidades de empleo para quienes estudian humanidades. “Con las herramientas digitales las humanidades pueden repensarse y encontrar salidas; para diseñar una aplicación literaria para el iPad hacen falta diseñadores gráficos, pero también literatos, documentalistas, músicos…”, señala. Y añade que ya se habla de neuroarte, de neurohistoria y, en general, de neurohumanidades, para referirse a los trabajos que analizan, por ejemplo, qué procesos cognitivos se activan al leer o qué lado de la cara se nos muestra en las pinturas de una determinada época histórica para saber si el referente de entonces era el hemisferio cerebral derecho o el izquierdo. “Para realizar e interpretar esas investigaciones se requieren neurólogos, psiquiatras, profesores de filosofía, de historia, de arte…”, comenta Borràs. Lo mismo ocurre con las denominadas biohumanidades, que tienen que ver, por ejemplo, con los procesos de implante de prótesis en el ser humano. “Una operación de reducción de estómago exige un cirujano, pero también la intervención de psicólogos o filósofos que ayuden a la persona a adaptarse a una nueva forma de vivir”, ejemplifica. Mayor desarrollo han alcanzado ya las geohumanidades. Su práctica más frecuente es la vinculación de conocimientos literarios, artísticos o históricos a una ruta con el soporte de un GPS. Laura Borràs cree que esta aplicación de las humanidades a otras disciplinas debería acabar con su etiqueta de inútiles por falta de rentabilidad, puesto que tras ellas hay un rendimiento económico.

Que hoy hay opciones de empleo, y algunas muy nuevas, para los licenciados en las diferentes ramas de humanidades lo corrobora el director de Porta 22, la plataforma de investigación y difusión de las tendencias del mercado laboral del Ayuntamiento de Barcelona. Después de cotejar en su base de datos qué ofertas de empleo piden titulados en Filosofía, Historia, Historia del Arte, Ciencias de la Música, Bellas Artes, Antropología, Literatura o Filología, entre otros estudios, Lorenzo Di Pietro indica que las salidas más habituales se dan en los ámbitos de gestión cultural, en las industrias culturales, en comunicación, en el sector de las tecnologías de la información (TIC), en medioambiente y en el de servicios a las empresas. “El mercado laboral ya no es tan rígido como hace años y para muchos trabajos se admite gente que ha seguido diferentes itinerarios formativos; el binomio ocupación-formación cada vez está más difuminado y tu salida profesional puede alejarse del núcleo de tus estudios; un filólogo puede trabajar como filólogo pero también como webgardener, es decir, como encargado de actualizar los contenidos y el material gráfico colgado en la web o intranet de una firma, o como infonomista empresarial, es decir, administrando la información que una empresa facilita en distintos soportes”, explica el director de Porta 22. Subraya que, en términos relativos, la salida profesional que más puestos de trabajo crea está en el sector de las telecomunicaciones y las tecnologías de la información (TIC) y es la de especialista en sistemas de información geográfica. Se trata de personas que manejan información cartográfica, digitalizan mapas y diseñan rutas para múltiples aplicaciones de los GPS. También se reclaman licenciados en Filología, Historia del Arte, Bellas Artes o Música como responsables de patrocinio, de servicios educativos para museos, gestores de derechos, especialistas en edificios patrimoniales, y asesores o correctores de estilo en las industrias culturales. Di Pietro enfatiza que la visión global del conocimiento que tienen muchos licenciados en humanidades constituye un punto a su favor en el proceso de búsqueda de trabajo porque son más adaptables y saben trabajar en equipo. “El sector de medioambiente, por ejemplo, ofrece muchas opciones de trabajar a estas personas si añaden a su titulación algo de formación contínua, porque en ese ámbito las habilidades comunicativas y el bagaje cultural son apreciados”, ejemplifica.

Lo cierto es que algunas escuelas de negocios han comenzado a introducir en sus programas de dirección y administración de empresas contenidos relacionados con las humanidades, como historia, filosofía o antropología para complementar sus cursos de liderazgo, en línea con la transversalidad o transdisciplinaridad que impregna hoy el mundo laboral. Algunos estudiosos, como Alfonso de Toro, catedrático de Filología Románica en la Universidad de Leipzig, defienden reformar también la estructura de las enseñanzas. “Las de humanidades, en lugar de estar agrupadas en facultades, deberían ser módulos de una estructura superior donde intervengan diferentes disciplinas, porque ocuparse del descubrimiento y conquista de América requiere historiadores, etnólogos, arqueólogos, antropólogos, expertos en lenguas precolombinas…”, sugería en un artículo sobre el futuro de las humanidades publicado la revista Universum en el 2008.

También hay quien opina que no hay que preocuparse tanto por las salidas profesionales de quienes estudian humanidades porque se trata de unas carreras vocacionales, sin una gran demanda, y donde los licenciados suelen encontrar encaje en la docencia. “En latín y griego hay equilibrio entre la demanda de estudiantes y la oferta de plazas de profesores de instituto”, indica Jaime Siles desde la Sociedad Española de Estudios Clásicos. Según datos de la Universidad Complutense referidos a la inserción laboral de sus titulados, el 62,5% de quienes estudiaron Filología Clásica trabaja y, en su mayoría como docentes. En cambio, más del 40% de quienes cursaron Filosofía no trabaja en nada relacionado con sus estudios. Entre los licenciados en Lingüística, son más los que dicen que su trabajo no tiene que ver con lo estudiado que los que sí han necesitado la carrera, situación similar a la que relatan las últimas promociones de licenciados en Historia del Arte.

FUENTE: http://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20111014/54229795673/las-humanidades-en-la-era-2-0.html

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