María Pomares | Alicante www.diarioinformacion.com 16/11/2009

No llevan látigo ni cazadora de cuero, la investigación se convierte para ellos en la aventura de su día a día, y su mayor tesoro es construir un conocimiento que permitirá profundizar mejor en la sociedad y poner en valor el patrimonio. Son los arqueólogos de hoy que superan viejos mitos y estereotipos de ayer.

La literatura, el cine o la televisión se encargaron durante muchos años de diseñar la imagen de aquel aventurero envuelto en romanticismo al que llamaban arqueólogo y que por lo general entraba en solitario en una tumba o en una pirámide en busca de un gran tesoro escondido o de una momia maldita. Y es que, desde sus orígenes, la arqueología estuvo marcada por un mundo de misterio, leyenda y fantasía que, sin embargo, ha ido perdiendo su particular cruzada para erigirse en la actualidad en una ciencia que permite construir la historia material del pasado.

La catedrática de Arqueología e integrante del grupo de investigación en Arqueología y Patrimonio Histórico de la UA, que se encuadra en el Departamento de Prehistoria, Arqueología, Historia Antigua, Filosofía Griega y Filosofía Latina, Sonia Gutiérrez, asegura que «la imagen de Indiana Jones es muy romántica. En arqueología no hay maldiciones ni nada que se le parezca y no hay ningún peligro más allá de que tengas que llevar casco o de que te puedas hacer un esguince». Junto a este estereotipo, también pervive en la memoria, como recuerda, «la imagen del erudito con monóculo y pajarita del siglo XIX y una tercera que va tomando terreno, que es la del profesional molesto y responsable de ralentizar algunas obras». Por ello, incide en que «el arqueólogo no es más que un profesional que da respuesta a una necesidad social que afecta a los problemas históricos y que, en consecuencia, participa en la discusión social que conduce a decidir qué se debe conservar y qué no» y señala que «la arqueología aspira a explicar de forma científica problemas históricos previamente planteados, a partir de la recuperación y el estudio de los restos materiales de las sociedades del pasado».

Durante mucho tiempo arqueología también se convirtió, en la práctica, en un sinónimo de Antigüedad que abarcaba el periodo comprendido desde el nacimiento de la escritura hasta el final del mundo clásico grecolatino. No obstante, como apunta Sonia Gutiérrez, «el paulatino desarrollo de una metodología científica susceptible de ser aplicada a otras épocas históricas más antiguas, como la Prehistoria europea o la Protohistoria del Mediterráneo oriental, y más recientes, como la Edad Media o la sociedad industrial del siglo XX, hizo evidente la contradicción entre el concepto disciplinar y su práctica metodológica». Por otro lado, indica que «es una paradoja plantear los límites de una disciplina que se ocupa por definición del pasado de las sociedades, puesto que, al terminar en el presente, carece en la práctica de límite final y, además, las fuentes materiales existen en todos los periodos históricos». De hecho, tanto el Convenio Europeo para la Protección del Patrimonio Arqueológico, de 1992, como la Ley del Patrimonio Histórico Español, de 1985, evitan la limitación cronológica de la práctica arqueológica y rechazan la mayor o menor antigüedad como rasgo definitorio del valor patrimonial de los restos, e incluso se inclinan por el criterio metodológico en el caso de la legislación española.

De esta forma, los miembros del grupo de Arqueología y Patrimonio Histórico, han estudiado importantes asentamientos ibéricos, como La Escuera y El Oral, en San Fulgencio, o El Puig, en Alcoy; y de la época clásica como el proyecto Villajoyosa Romana o Illici, en La Alcudia de Elche, donde la Universidad ha puesto en valor el yacimiento con la construcción del nuevo Centro de Interpretación, pero también de otros periodos históricos que van desde la época islámica hasta prácticamente la actualidad.

Así, junto al Museo Arqueológico Provincial (MARQ), los investigadores de la UA trabajan en la actualidad, y desde hace tres campañas, en el yacimiento de El Castellar, un paraje situado en el entorno del Pantano de Elche donde se encuentran los restos del primer asentamiento islámico ilicitano. El yacimiento, de 11,4 hectáreas, se corresponde con un recinto islámico amurallado del siglo X que estuvo en funcionamiento hasta finales del XI, cuando surgió una importante medina en el mismo lugar donde hoy se asienta la ciudad. Por el momento, el equipo ya ha descubierto restos de la muralla de piedra y de tres construcciones que mantienen la estructura típica de las viviendas islámicas, con una serie de habitaciones que rodean el patio central y que podrían servir para alojar a las elites militares. Por otro lado, los arqueólogos también investigan si El Castellar es el campamento de Al-Askar, que citan las fuentes escritas islámicas, según la hipótesis del profesor de la Universidad de Lyon Pierre Guichard.

Ligado a El Castellar por el equipo arqueológico, pero también por la historia, el grupo trabaja en el yacimiento de El Tolmo de Minateda, situado en Hellín, en Albacete. Sonia Gutiérrez explica que «se trata de un importante asentamiento multiestratificado y multisecular, desde la Prehistoria a la Edad Contemporánea, con unos vestigios medievales muy importantes». Denominado Eio en época visigoda y Iyyuh en época islámica, fue, junto a Elche, una de las ciudades del Pacto de Teodomiro y, además, tomó el testigo de Illici como sede episcopal en la época visigoda, cuando la ciudad ilicitana quedó en manos bizantinas entre finales del siglo VI y principios del VII. La Universidad de Alicante trabaja en El Tolmo de Minateda desde hace más de dos décadas y, a lo largo de este tiempo, han descubierto una muralla de la época del emperador Augusto y un importante centro visigodo con la basílica que fue sede episcopal, el baptisterio y el palacio episcopal, y en el que hoy en día se trabaja para conseguir su consolidación. Sus primeros vestigios datan de la Edad del Bronce (hacia 1500 antes de Cristo). Además, también se está construyendo un centro de interpretación.

Sus investigaciones han ido más allá e incluso en el año 2004 colaboraron en la excavación de cinco fosas comunes de la Guerra Civil situadas en Almansa, en Albacete, en la que fue la primera colaboración de una Universidad de la Comunidad Valenciana en un proyecto de recuperación de la memoria histórica. El principal cometido de los investigadores de la UA era localizar, exhumar y estudiar los restos de los represaliados para poder entregárselos a sus familiares y conseguir así su reconocimiento histórico y social. En su trabajo, identificaron varias fosas comunes con más de un centenar de represaliados. Recientemente también se han comenzado a estudiar también las transformaciones de los espacios agrícolas desde un perspectiva diacrónica.

En sus investigaciones, los arqueólogos trabajan con especialistas de otros campos, como ecólogos, arquitectos, geógrafos o historiadores del arte. Como precisa Sonia Gutiérrez, «la arqueología se puede hacer y se hace de cualquier periodo histórico, pero desde una perspectiva transversal y pluridisciplinar, para poder tener muchas visiones de un mismo hecho, ya que nosotros trabajamos desde la arqueología de la muerte hasta el estudio de una vivienda islámica. No es lo mismo la arqueología de la Edad Media, que es un problema histórico, que la de la Guerra Civil, ya que en este caso también se trata de un problema social y cultural y, por ejemplo, es necesario contar con especialistas en psicología o forenses».

Por otro lado, el objeto de estudio de la arqueología se ha ampliado e incluye diversas realidades materiales. La profesora concreta que «un yacimiento puede ser un conjunto fabril del Molinar en Alcoy, un paisaje agrícola en proceso de desaparición, una catedral que todavía permanece en pie o un yacimiento enterrado». Y es que, como subraya, «la arqueología no se limita únicamente a las excavaciones. La excavación sólo es uno de los métodos, quizás el más característico y uno de los más atractivos, pero también se utiliza la prospección y los sistemas de información geográfica para comprender el territorio o se aplica el método estratigráfico a realidades materiales y espaciales que nunca han estado enterradas». Además, todo el proceso se documenta y se analiza en el laboratorio, ya que, como apunta Sonia Gutiérrez, «el símil de la arqueología es el libro, que se destruye a medida que se lee. El testimonio histórico se construye a medida que se destruye lo que excavas. Por eso, hay unos protocolos de actuación y hay que documentarlo todo para que, posteriormente, haya constancia».

En su opinión, el trabajo que ellos realizan, junto a otros investigadores de la UA pertenecientes a otros grupos vinculados a la Prehistoria y la Historia Antigua en el marco común del departamento y del Máster de Arqueología Profesional que organiza, «tratan de poner en valor el patrimonio y, al mismo tiempo, generan riqueza porque no deja de ser una inversión, sobre todo ahora que parece que el turismo de sol y playa está entrando en crisis y el patrimonio se está convirtiendo en un motor de desarrollo». Y es que, como subraya, «el patrimonio es memoria colectiva y, como tal, es de todos. Por tanto, si actúas sobre él, resignificas la memoria».