Mayte Carrasco www.publico.es 18/04/2011

El régimen del déspota libio presenta varias similitudes con el imperio de Lucio Septimio Severo, que nació y gobernó en el país árabe.

Las ruinas de Leptis Magna se atisban a lo lejos, tras el arco de la Victoria y bajo un cielo limpio salpicado de nubes bajas. De fondo se oye el sonido de los cazas de la OTAN, sobrevolando Misurata, a 90 kilómetros. El azul del mar Mediterráneo baña la llamada Roma de África, de incalculable valor histórico y ahora desierta de turistas. Es la villa natal del Gadafi romano, Lucio Septimio Severo, el único emperador (193-211) romano nacido en Libia, conocido por su carácter dictatorial y al que se le reconocía por esa túnica similar a la que viste el coronel en sus excéntricas apariciones.

Las similitudes entre los dos líderes libios son sorprendentes. El emperador ejecutó a docenas de senadores bajo acusaciones de corrupción y conspiración, creó un círculo de fieles y su propia guardia personal. Llegó al poder tras participar en una rebelión y fundó una dinastía que perpetuaron sus hijos, Caracalla y Geta. El objetivo de Muamar Gadafi es asegurar la sucesión con su hijo Saif al Islam.

«La caída del Imperio romano y un fuerte terremoto acabaron con la historia de Leptis Magna», explica el guía turístico. La pregunta contemporánea es cómo y cuándo se derrumbará el imperio de Gadafi y sus acólitos, atrincherados en Bab al Aziziya, el complejo residencial del líder libio en Trípoli. «Es cuestión de tiempo, el régimen se colapsará desde dentro. Cada vez son menos los apoyos, se nota en el ambiente», asegura Muhamed, que estudió en el extranjero, pero que es ahora camarero en un restaurante.

La vida cotidiana se ha deteriorado para los ciudadanos bajo control del régimen, aunque todavía no han llegado a un punto extremo de ahogo. Las colas en las gasolineras son la única señal de que algo empieza a faltar. En el oeste del país, de Zuara a Misurata, los libios esperan durante horas para conseguir combustible. La única refinería bajo control de Gadafi no produce lo suficiente para el consumo de los habitantes de la zona en la que el verde es un color omnipresente; los controles de las milicias crean atascos en las carreteras y las fotos del dictador forman parte del paisaje en edificios de viviendas, chapas en las solapas, decoración en los coches.

Cada vez son menos los seguidores que salen a la calle en las concentraciones de Bab al Aziziya o en las apariciones del líder. «La gente está asustada. Empieza a acumular en casa dinero en metálico por si cierran los bancos», dice Jalal, un vendedor de recuerdos, «aunque no confiamos en los del Este, siempre hemos sido muy diferentes». Es una opinión generalizada en Trípoli, donde no se fían del Consejo Nacional Libio, el autoproclamado Gobierno rebelde en Bengasi. En la opinión de todos ellos influye la propaganda del régimen, que señalan a Al Qaeda como responsable de la revolución. También desconfían de los extranjeros que bombardean la capital.

Listos para atacar
Un empleado del régimen sufrió un ataque en su casa, donde destrozaron los muebles, señal de una pequeña venganza que hace presagiar malos tiempos para los que están cerca del poder. «Todo está listo para salir a la calle. Sólo nos faltan armas, pero estamos listos para cuando llegue el momento», asegura un opositor tripolitano que no quiere dar su nombre. Imposible saber cuántos son los que apoyan a Gadafi o cuántos le odian, dado el férreo control que ejerce el régimen sobre la prensa extranjera que no puede moverse con libertad.

En un cartel a la entrada de un hotel pueden verse fotografías de las «víctimas de los cruzados bárbaros». Lenguaje ancestral utilizado en el siglo XXI por el régimen y que encuentra también similitudes con Septimio Severo, que tuvo que defender en sus últimos años de reinado las fronteras de los ataques de los bárbaros, que ponían en peligro la integridad territorial del Imperio.

¿Acabará el régimen dictatorial de Muamar Gadafi como el del emperador romano? Según los historiadores, Lucio Septimio Severo fue amado por el pueblo hasta el final de sus días.