La idea del Sol tirado por un carro es recurrente en el mundo indoeuropeo y denota la existencia de la circulación de creencias e historias compartidas/Foto: Wikipedia Commons/Wikipedia

Gustavo García Jiménez La Razón 26 de octubre de 2020

 

La necesidad de socialización del ser humano, connatural a nuestra especie, precisa de comunicación constante, y el fluir del lenguaje cobra forma como una creación con vida propia, abriéndose camino en el tiempo y el espacio. Una vez creadas, las lenguas tienen un comportamiento autónomo, a menudo asociado aunque muchas veces distinto al desarrollo de las propias culturas que la gestaron. Todos hemos escuchado acerca de la importancia del fuego en la Prehistoria, y de los relatos orales contados en torno a este para la adquisición de una cohesión social y una conciencia colectiva. En la actualidad, todavía seguimos preguntándonos si el neandertal, como el ser humano moderno, era capaz de articular o no palabras complejas, porque estas terminan constituyendo la esencia del pensamiento simbólico avanzado. El lenguaje es, pues, una parte esencial de la naturaleza humana.

La lengua madre

Desde el siglo XVIII ya se había establecido una relación de parentesco entre lenguas tan dispares como el sánscrito, el griego, el latín, el persa, el germánico y el céltico, a las que habrían de sumarse otras, algunas de las cuales por entonces aún desconocidas. Las lenguas indoeuropeas –con formas extintas y otras todavía vivas– son solo eso, lenguas, pero en cuanto comprendimos que todas ellas comparten un tronco común, hemos precisado comprender quiénes fueron aquellos que hablaron la lengua madre, la primera de la que, con el transcurrir del tiempo, surgieron tantas otras. Ahí es donde nace nuestro interés por aquellos que llamamos «pueblos indoeuropeos». La historia de los indoeuropeos ha fascinado durante siglos a lingüistas e historiadores, conscientes de que ese lenguaje original debió de hablarse en la Prehistoria reciente en algún lugar de la región occidental de Eurasia. Los lingüistas han logrado, mediante el complejo método de la paleontología lingüística, rescatar algunas palabras largamente perdidas que comparten buena parte de las lenguas indoeuropeas conocidas. Si esas palabras están contenidas en el substrato indoeuropeo, es que existían ya en el seno de dicha lengua madre, que llamamos «protoindoeuropeo». La presencia de vocablos para designar la rueda, el carro, el ganado vacuno, ovino, la lana o el caballo, o de determinadas plantas y animales salvajes, unidos a la ausencia de otros, tienden a indicar que esa cuna (aquel lugar ancestral donde debió de hablarse el protoindoeuropeo) se dio en un contexto ecológico y cronológico en el que ya se conocía y se usaba el carro y en el que la economía era esencialmente de tipo pastoril. De este modo, es verosímil pensar que la dispersión de las lenguas indoeuropeas debió de arrancar, al menos en algún momento de su historia si no en el inicial, en las estepas póntico-caspias en el IV milenio a. C. para luego desplegarse, a lo largo de incontables siglos, por la región asiática occidental y por toda Europa.

En tal contexto, la arqueología deviene nuestro principal elemento de comunicación con el pasado indoeuropeo. En la búsqueda de una cuna arqueológica indoeuropea se han propuesto muchas alternativas, pero al final solo la teoría esteparia y las del foco caucásico o el neolítico anatólico son las que gozan todavía hoy de cierto crédito, si bien esta última está perdiendo fuelle porque implica una transmisión demasiado antigua que no se corresponde con los datos lingüísticos.

Para tratar de comprender cómo se dispersan las lenguas, a menudo se ha recurrido a los movimientos de población que las habrían acompañado, sin duda el método más rápido y eficaz. Los seres humanos somos viajeros, y nuestra historia está repleta de grandes movimientos migratorios, desde los del Homo erectus y el humano moderno hacia fuera de África hasta las más recientes del Neolítico o de los pueblos esteparios en varias oleadas, por mencionar solo unas pocas. El movimiento –como el lenguaje– es algo consustancial en nosotros, pero nuestra historia es también una historia de relaciones de parentesco, de estructuras sociales y de interrelaciones entre distintas culturas. Al contrario de lo que hemos venido pensando durante mucho tiempo, la investigación actual evidencia cada vez más que la Prehistoria reciente es una época de viajes, un mundo no aislado sino interconectado en el que habrían encajado muy bien los grandes héroes de la mitología y la épica griegas, desde Heracles a Odiseo. En un contexto así, los pueblos de habla indoeuropea, apoyados en una estructura social que primaba la jerarquía patrilineal, los valores guerreros, las relaciones entre patrones y clientes y la institución de la hospitalidad –instituciones todas ellas compartidas por los pueblos indoeuropeos– o el intercambio de obsequios como modo de vertebrar sus redes de contacto y facilitar su movilidad, habrían hallado el nicho perfecto para su propia expansión y para la asimilación de sus lenguas en otros contextos culturales diferenciados.

Sin la última palabra

Sobre la cuestión indoeuropea mucho se ha escrito y mucho se ha discutido: migraciones, violencia, patriarcado, kurganes, jerarquías y otras tantas han sido mencionadas con frecuencia, al igual que algunas afortunadamente ya olvidadas, como el supremacismo o la raza. Sin embargo, por más que se ha hablado, la última palabra aún no ha sido pronunciada, y en los últimos años la recuperación de material genético antiguo y otros avances técnicos han aportado datos que nos obligan a plantear, releer y reformular antiguas y nuevas preguntas. Pese a todo, la lengua no viaja únicamente acompañada de personas, y la adopción de una lengua determinada no implica necesariamente el movimiento de gentes o la existencia de transmisión genética. Basten como ejemplo las numerosas historias de héroes y mitos que la mitología y la poesía indoeuropeas comparadas vienen desvelando como un campo muy fructífero para comprender este tipo de procesos. A través de las alas del relato, y con las voces de aedos, rapsodas, bardos y escaldos, las lenguas indoeuropeas se han dejado escuchar durante milenios, y aún están dando mucho que hablar.

PARA SABER MÁS:

Indoeuropeos. Migraciones, lenguas y genes

Arqueología e Historia n.º 33

68 pp. 7€

FUENTE: La Razón