José Abad www.diariodesevilla.es 06/09/2010

En los últimos años, el cine ‘de romanos’ ha conocido una espectacular recuperación. A los títulos estrenados deben sumarse otros atractivos proyectos que esperan su oportunidad.

Hace una década, el éxito de Gladiator (2000) sancionó positivamente la recuperación de un tipo de película popularmente despachada como de romanos, aunque las historias estuvieran ambientadas en la Grecia de los mitos o el Egipto de los faraones. Que la película de Ridley Scott fuera un simple fuego de artificio, influido por la publicidad más que por la épica, no le quitó el sueño a ningún mandamás. La taquilla manda y los millones recaudados eran un argumento convincente para devolverle al peplum el fasto de antaño; prácticamente, desde los descalabros sucesivos de las, por otra parte, magníficas Cleopatra (1963) y La caída del imperio romano (1964) no se había hecho una inversión de tal envergadura en una epopeya ambientada en la Roma imperial. En Gladiator se actualizaban (y malbarataban) las enormes posibilidades espectaculares y dramáticas de estos relatos; en definitiva, hablamos de grandes gestas e historias apasionadas que, de mediar el talento suficiente, pudieran ser apasionantes.

En un libro fundamental sobre el tema, Peplum. El mundo antiguo en el cine (Alianza Editorial), Jon Solomon sostiene que el atractivo que aún ejerce el pasado se basa en su presencia (percibida o real) en nuestra cultura: «El mundo antiguo nunca ha dejado verdaderamente de estar presente en la civilización occidental. Desde antes del Renacimiento hasta el último cuarto del siglo XX, a lo largo de todas las edades del hombre posteriores a la antigüedad, la escultura, la filosofía, la poesía, la comedia y el drama de los griegos, y la arquitectura, la lengua y la historiografía de los romanos han seguido siendo las raíces de las que han surgido sus modernos descendientes. Tanto en la frivolidad de la sandalia, la espada y la lanza como en la profundidad del cristianismo, el judaísmo y la sabiduría socrática, el legado de la antigüedad es una parte intrínseca y permanente de la vida moderna». Con un sentido común del que tendrían que hacer acopio los detractores del género, Solomon no se desgarra las vestiduras por la polémica «autenticidad histórica». Si los guionistas sienten más apego por la leyenda que por la verdad, nada malo hay en ello. El objetivo prioritario debe ser realizar un buen trabajo: «La antigüedad en el cine se debe, primero, a las necesidades de la película, y sólo después a las de la historia», escribe.

Y a pesar de todo, como demuestra Solomon -especialista en cultura clásica-, los mejores títulos suelen estar razonablemente bien documentados. Algunas decisiones discutibles a la hora de ambientar cierto episodio, esos anacronismos que escandalizan al historiador ortodoxo, no debieran preocupar al cinéfilo. La Historia del Arte, recuerda Solomon, está llena de incongruencias: cuando Leonardo Da Vinci dispuso a los comensales de la Última cena del mismo lado de la mesa, buscaba principalmente un efecto dramático; de buscar la verosimilitud, los habría colocado alrededor. Tampoco el gusto por la espectacularidad debiera atormentarnos. Al escribir La Odisea o La Iliada, Homero tuvo muy presente el componente espectacular. De hecho, numerosas manifestaciones artísticas han sido concebidas bajo el signo del apabullo. Al pintar los frescos de la Capilla Sixtina o esculpir el Moisés, al diseñar los jardines de Versalles o ciertos rascacielos, los autores han buscado esa belleza paradójica en la empresa sobrehumana que nos recuerda de cuánto es capaz el hombre y cuán pequeñito.

Además de por sus atributos intrínsecos, soplan vientos propicios para el peplum. También el género se está beneficiando de los efectos especiales hodiernos, reyes y tiranos en la gran pantalla. Los avances tecnológicos permiten darle mayor verosimilitud a las historias, solventan problemas logísticos del rodaje y reducen los gastos de producción. En Gladiator, gracias a la infografía, por fin pudo verse el Coliseo en todo su esplendor, erigido no en el plató, sino en el disco duro de un ordenador. En Troya (2004) hay un extraordinario travelling de retroceso, desde la cubierta del barco de Aquiles hasta abarcar la entera flota griega, que habría sido imposible realizar apenas diez años antes. En 300 (2006), los F/X se emplearon para multiplicar los soldados del ejército persa, reconstruir el Paso de las Termópilas y definir un propuesta estética tan atractiva como influyente. En Ágora (2009) nos encaramamos al faro de Alejandría de la mano de Alejandro Amenábar.

El público ha respaldado estos títulos y como la taquilla manda, decíamos, este año se han incorporado a los anales del género dos títulos diferentes: Furia de titanes, un viaje a la mitología griega en clave destroyer, y Centurión que, por su absoluta falta de prejuicios, arrimaríamos al peplum producido en Italia en los años 60. Furia de titanes, un remake de la película homónima de 1981, realizado con muchos más medios y mucha menos gracia, ostenta una lectura política bastante peliaguda, pues convierte a Perseo en una especie de marine, que ha cambiado el fusil de asalto por la espada, y a sus enemigos como expresiones de un fundamentalismo avant la lettre. Más interesante se nos antoja Centurión. Su director, Neil Marshall, que sigue apostando por un cine no apto para todos los públicos, ha impregnado el relato de la estética sucia de cierto cine de terror, que fue donde dio sus primeros pasos, y la acción se adentra en los terrenos del gore. Por su manera de rodar la violencia, frontalmente, Marshall recuerda a John Milius (De hecho, Centurión tiene mucho de Conan el Bárbaro). La trama, la enigmática desaparición de la novena legión en los bosques al Norte de Britania, ha servido de inspiración a otro filme de Kevin Macdonald, de próximo estreno.

¿Otros proyectos? Julio Medem ha prometido una película sobre Aspasia, la esposa de Pericles, y desde hace años da bandazos la idea de un nuevo filme sobre la ruina de Pompeya; Roman Polanski se puso al timón, pero acabó abandonando la nave y -siguiendo el símil marinero- hoy se ignora si ésta llegará a puerto. Y, dicen, Leonardo DiCaprio estaría aún interesado en incorporar a Alejandro Magno.