16-2-2003

La Razón, Madrid

«Ifigenia», el precio de la guerra
Juan Antonio Vizcaíno
A la figura de Ifigenia se la ha invocado en el teatro para afrontar recurrentemente un problema ético y humanitario. El sacrificio ¬requerido por los dioses¬ de la hija de Agamenón, para devolver los vientos a su curso y que pudieran zarpar las naves de guerra hacia Troya, plantea un debate moral esencial: ¿es Agamenón un ignominioso parricida, o un político consecuente frente a sus obligaciones para con la guerra? Esquilo narró el sacrificio de la joven, Eurípides salvó a Ifigenia, igual hizo Racine, Goethe, Wagner; por Nietzche fue nuevamente ejecutada...
   ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por los horrores de la guerra?, parecen plantearnos todos los dramaturgos que han revisitado el mito clásico. El debate moral de «Ifigenia» no puede resultar ¬desgraciadamente¬ más oportuno. El teatro tiene una doble función: entretener criticando, por medio de la comedia; y provocar la reflexión del público, desempolvando su inteligencia dormida, por medio del rito.
   El dramaturgo francés Michel Azama demuestra un tacto justo y un cálculo exquisito de todos los ingredientes que debe reunir un texto trágico y sabe cómo transmitirle un hálito de presente al mito clásico.
   «Hay que exigir más al teatro», reclamaba Brecht insistentemente. El montaje de «Ifigenia» dirigido por Verónique Nordey viene a hacer una lúcida respuesta a esta demanda. En el espacio vacío Nordey suelta a sus criaturas escénicas para que repartan e impartan la sagrada palabra dramática, con piedad, desesperación o pureza. El animalístico coro trágico de seis cuerpos y seis cabezas realiza un trabajo furioso y minucioso, de certera lucidez trágica.
   Todo el elenco ajusta su interpretación en el tono preciso de su personaje. Josep Albert insufla una limpia desesperación a su Agamenón. Jorge Gurpegui demuestra una rotunda presencia escénica y vocal, dando vida a un agreste Aquiles. Alicia Merino, como Ifigenia, sirve la dulzura e ingenuidad de la muchacha enamorada, ignorante de su destino. Todo es lo que debe ser en este exigente y rico montaje que nos han brindado Azama y Nordey. El espectáculo demuestra una manera tan digna y verdadera de entender el carácter artístico y social del teatro, que si viene Francia, habrá que ir pensando en importarla, tanto para nuestras salas alternativas, como para nuestros teatros públicos. El público, entusiasmado ante la calidad total de la propuesta, desplegó una intensa salva de aplausos dedicados a los intérpretes, el autor, la directora, y sobre todo, a una manera tan noble de entender el teatro.

 

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