Arístides Mínguez Baños www.papeldeperiodico.com 06/07/2013

Fue a comienzos del pasado verano, cuando, tras regresar de una de esas noches al borde del mar que tanto gustaban a Kavafis, mi hermano de alma Juan de Dios, profesor de Filosofía en mi antiguo centro de Alhama de Murcia, me hizo ver la luz. “Yo siempre les digo a mis alumnos que la Filosofía no sirve para nada. Que ya está bien de que estudien cosas que sirven para algo, que me sigan, que se dejen llevar en nuestro recorrido por los laberintos de la filosofía y que, al final de curso, mediten si son los mismos que eran al comenzar”.

Ya dijo Aristóteles que la grandeza de la Filosofía está en que no está al servicio de nada ni de nadie, sino que busca el saber por sí misma. Y creo que fue Sócrates quien aseverara que una vida que no es pensada no merece ser vivida. Ni más ni menos.

Y tiene razón Juande: el latín no sirve para nada, como la música, pero, para mí, una vida que no estuviera acompañada por la música y, ¿por qué no?, por el latín no sería vida.

Soy padre de dos niños, Aris y Edu. El mayor cursa ahora 4º de la ESO y va coger Latín en 1º de Bachillerato. Me tocará entonces responderle a él para qué sirve el Latín y, me barrunto, no puedo soltarle las borderías de antaño, más que nada por miedo a los improperios que me puede lanzar su madre. Y 6 años después habré de hacer lo mismo con su hermano.

Mirad, hijos, desde el punto de vista de la sociedad materialista en la que vivimos, es verdad que el latín no sirve para nada, que no se habla en ningún sitio corrientemente, que no os vais a hacer ricos con él ni os van a llamar para la nueva edición de Gran Hermano y, encima, os van a mirar raro si decís que estudiáis latín.

¿Cómo explicaros el hormigueo, las “fuertes emociones” que siente uno al desentrañar y traducir un texto griego o latino? Es algo semejante al placer por el trabajo bien hecho, por la belleza de su acción que experimentan los forenses que realizan la autopsia a un cadáver para hallar la causa de su muerte y atrapar al asesino. Sí, esos forenses que están tan de moda en las series televisivas como C.S.I. o Bones y que tanto gustan a vuestros compañeros de clase. Pues bien, los traductores somos los forenses de lo que los grandes maestros de la Antigüedad dejaron escrito. Y disfrutamos tanto metiendo el bisturí en sus frases, en sus expresiones, en sus palabras y vertiendo éstas a nuestra lengua materna, que deseamos compartir este don con nuestros alumnos, aunque ni éstos ni el resto de la sociedad esté aún preparada para valorar este regalo.

Mirad, chicos: durante gran parte de la Edad Media el griego desapareció de la Europa occidental y se olvidó casi por completo, ignorándose cómo se leía inclusive. Gracias a la impagable labor silenciosa de algunos monasterios y de las escuelas de traductores de los reinos islámicos, se pudieron copiar muchos manuscritos y transmitir de generación en generación, pero en ese largo camino se perdieron para siempre jamás miles de obras. Pensad que en esta época se hablaba un latín macarrónico, gracias a que era la lengua de la Iglesia, pero se despreciaba todo lo griego e incluso lo latino que no fuera religioso.

No podemos permitir que se vuelva a repetir ese error y que el Latín y el Griego caigan de nuevo en el olvido, pues pasaría como el idioma de los íberos, que pueden leerlo, pero nadie sabe lo que dice porque son incapaces de traducirlo y comprenderlo hoy por hoy. Los Clásicos somos, entonces, también los transmisores, los guardianes de nuestras lenguas y culturas.

FUENTE: http://papeldeperiodico.com/2013/07/06/los-clasicos-guardianes-de-nuestras-lenguas-y-culturas/

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