José Ángel Montañés | Barcelona www.elpais.com 26/10/2009

Muchos de los caminos creados en el siglo I tras la fundación de Barcino son hoy grandes avenidas de la ciudad.

Ildefonso Cerdà creó el Eixample de Barcelona hace 150 años, permitiendo a la ciudad, que durante siglos había vivido encajonada en el interior de las murallas, crecer por el territorio que la rodeaba. Lo que no sabía el urbanista era que había dibujado su famosa cuadrícula sobre los ejes del parcelario que habían configurado los agrimensores, una especie de topógrafos romanos, casi dos mil años antes.

Calles como Travessera de Les Corts y Travessera de Gràcia, Torrent de l’Olla, Creu Cobeta, paseo de Gràcia, Gran Via, Calvet y centros neurálgicos de la ciudad actual como la plaza de Espanya se construyeron, a principios del siglo XX, siguiendo los caminos romanos que se crearon tras la fundación de la colonia de Barcino. Así lo pone de manifiesto el trabajo Centuriació i estructuración de l’ager de la colonia Barcino, realizado por los investigadores del Institut Català de Arqueologia Clàssica Josep Maria Palet, J. Ignacio Fiz y Héctor A. Orengo, y que publica el último número de la revista Quarhis del Museo de Historia de Barcelona (Muhba).

La colonia de Barcino se fundó en un pequeño montículo junto al mar alrededor en el año 13, cuando ya hacía 200 años que los romanos se paseaban por este territorio, dentro de un programa de reorganización de la provincia del imperio cuya capital era la ciudad de Tarraco. Según explica Palet, uno de los mayores especialistas sobre centuriación, el agrimensor, con ayuda de una groma (una cruz de hierro de la que colgaban cuatro plomadas) y una escuadra creó las líneas fundamentales de la nueva ciudad: sus calles, plazas -entre ellas el foro que sería el centro de la vida política hasta el día de hoy, ya que estaba donde hoy se sitúa la plaza de Sant Jaume-, las islas de casas y sus murallas. Pero su labor no acababa aquí. Situado en el punto más alto de la ciudad (el locus gromae), en lo que hoy sería la puerta del Centre Excursionista de Catalunya, justo en el lugar en el que se conservan las cuatro columnas romanas del templo de Augusto, el agrimensor proyectó las calles principales más allá de las murallas. También organizó la red viaria junto a la nueva ciudad y creó una gran cuadrícula con ejes equidistantes formando módulos para ordenar y estructurar el territorio y facilitar la instalación de los nuevos colonos y así poder explotar mejor la tierra.

Según Palet, la trama actual de Barcelona hace casi imposible comprobar sobre el terreno este trabajo de centuriación. El equipo que coordina el investigador, tras consultar la documentación y la cartografía histórica, revisar los grabados e ilustraciones antiguos y emplear sofisticados sistemas de información geográfica (SIG) y las imágenes obtenidas desde satélite, ha podido establecer que el territorio que rodeaba la ciudad de Barcino disponía de una cuadrícula ortogonal que se extendía desde el mar hasta el puente del Diablo de Martorell, donde estaba situado el mojón que indicaba el fin de término de Barcino y el comienzo de Tarraco; y por el norte hasta la localidad de Montornès del Vallès, en la zona donde se cruzan los ríos Besòs, Ter y Congost. «Más o menos el actual territorio comprendido por debajo de la B-30, lo que ahora se reivindica como la Gran Barcelona», comenta divertido Palet.

Según el investigador, la cuadrícula empleada seguía el modelo rectangular de 20 por 15 actus (710 por 535 metros); un actus es la porción de tierra que podía cultivar un colono con dos bueyes en media jornada.

La fundación de la ciudad llevó consigo, según el estudio, la creación de toda una serie de caminos y viales. Entre ellos, el ramal costero de la Via Augusta, que comunicaba Barcino con las ciudades vecinas de Iluro (Mataró) y Baetulo (Badalona). Esta importante vía que unía Roma, la capital del imperio, con Cádiz, entraba a la ciudad por el este (plaza Nova) y salía de la ciudad por la puerta de calle de Regomir hasta Creu Coberta, donde estaba situado un importante nudo viario y que acabó siendo la actual plaza de Espanya.

Otros de los caminos que los investigadores han podido localizar han sido los que coinciden con los actuales Travessera de Gràcia y de Les Corts, Torrent de l’Olla, parte del trazado de Gran Via, paseo de Maragall, calle de Mandri y Calvet, Gran de Gràcia, Marqués de Sentmenat y Via Laietana. Incluso el céntrico paseo de Gràcia, que en siglo XIX aparece en la documentación antigua como Camino de Jesús, tiene un origen romano.

El fin del imperio en el siglo IV y V supuso el fin del modelo económico que los romanos extendieron por su gran imperio. En el caso del llano de Barcelona, Palet ha podido documentar que el territorio formado por bosques de encinas y robles y pequeñas zonas de cultivos «parecido al paisaje de la actual comarca de La Selva», dio paso a una profunda desforestación motivada por el abuso del ganado bovino. Es el momento en que la división de las propiedades agrícolas cae en desuso y el sistema de centuriación desaparece. Sin embargo, explica Palet, «los caminos se fosilizan y se mantienen hasta los siglos XVIII y XIX».

Éste es el panorama que se encuentra Ildefonso Cerdà cuando hace 150 años empieza a elaborar su plan para que la ciudad crezca. «La cuadrícula creada por Cerdà es muy parecida a la de los romanos, ya que tanto una como otra tienen la misma lógica y se adaptan a la topografía del terreno entre el mar y la montaña de Collserola», asegura Palet. Pero en lo que sí difieren es en la orientación. El antiguo Camino de Jesús ya tenía una orientación anómala con respecto a los ejes de la centuriación y al ser el paseo de Gràcia uno de los ejes fundamentales del nuevo plan del urbanista, toda la cuadrícula aparece girada con respeto a la anterior.

«En ningún momento Cerdà copió la centuriación romana porque ésta había desaparecido, pero los elementos que sí perduraron de ella, como fueron los caminos, condicionaron el trabajo del ingeniero», asegura Palet. Las huellas del pasado no son fáciles de borrar. Tal vez por esto, concluye el historiador: «Cerdà inconscientemente perpetuó el trabajo de los antiguos agrónomos romanos».