José C. García de Paredes Olivas 28/06/2012

Lo que sucede con las humanidades en la segunda enseñanza puede parangonarse con la guinda que corona una tarta. Desde un punto de vista estético es imprescindible, y a todos nos parecería que, sin ella, la tarta estaría incompleta. Pero, a la hora de partirla, los comensales van declinando cortésmente la posibilidad de ingerir la guinda hasta que esta, al final de la velada, languidece esperando que alguien se acuerde de ella.

Quienes nos dedicamos a la enseñanza de las lenguas clásicas estamos acostumbrados a una continua labor de justificación de nuestras materias. Esto no se exige para otras cuya presencia en el currículo no parece depender más que de efímeras modas pedagógicas, frente a aquellas que llevan más de dos milenios en el acervo del estudiante occidental. La reciente concesión del premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales a la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, junto con el último ensayo de Vargas Llosa y la despedida del mundo universitario de Jordi Llovet, entre otros ejemplos, nos permiten reflexionar sobre ello.

En Sin fines de lucro, Nussbaum defiende el papel de la filosofía, la historia, el arte, la música, la literatura o las lenguas clásicas en la formación del ciudadano de las sociedades democráticas ya que, sin ellas, el votante carecería de herramientas para enfrentarse a los desafíos que presentan las comunidades complejas de principios del siglo XXI. En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa critica la confusión del conocimiento con la información y alerta sobre el peligro de la desaparición de la alta cultura y su sustitución por una cultura del entretenimiento que no deja ningún poso. Si a lo largo de la etapa escolar nadie ha hecho mención de Homero, Virgilio, Kafka o Pessoa, parece difícil que al llegar a la edad adulta nadie corra a leerlos. Si las primeras dos décadas de vida transcurren sin entrar en un museo, asistir a una representación teatral o escuchar un concierto de música clásica, no nos quejemos luego si lo que le ha quedado al viajero de su paso por cualquier ciudad de las que se consideran de visita obligatoria sean las fotografías subidas a su red social sentado en una franquicia de comida rápida idéntica a cualquier otra. Por último, Llovet en su Adiós a la Universidad hace un recorrido, a veces hilarante, a veces deprimente, por la universidad española en las últimas décadas, en el que critica la sumisión a las leyes del mercado y el desprecio por su labor fundamental, a saber, la conservación, transmisión y creación del conocimiento. Aunque no hubiera un solo puesto de trabajo en lontananza, ¿debería eliminar la universidad el estudio de la metafísica, el indoeuropeo, la literatura provenzal, el arte románico o el hebreo? La respuesta de Llovet es clara: nuestra generación tiene una responsabilidad ética con las siguientes por la que, de la misma manera que a nadie le parecería aceptable dejar abandonados a su suerte una catedral gótica, un cuadro de Velázquez o un manuscrito de Galdós, debemos permitir que se formen quienes transmitan a la posteridad estudios como los antes citados, que forman parte del núcleo de la civilización europea y resaltan lo que nos une mediante esa herencia común.

En nuestro país, es posible terminar el Bachillerato de Humanidades sin haber cursado latín y griego, algo inconcebible en el resto de Europa. No existe la literatura como materia independiente, y el estudiante apenas ha oído hablar de unos cuantos títulos de los que no ha leído ni una línea. El alumno termina sus años de escolarización sin tocar ningún instrumento musical ni tener una idea cabal de la aportación que supone a la humanidad la música clásica. Afortunadamente, el legislador consideró materias como la historia o la filosofía obligatorias pues, si no lo fueran, estarían en el mismo barco que las anteriores.

Las reformas en este dominio son urgentes, y lo que va trascendiendo de las propuestas ministeriales suena bien: aumento de la troncalidad y disminución de la excesiva optatividad, ese modo de atender la diversidad en las aulas que el tiempo ha ido mostrando como manifiestamente mejorable. No obstante, y hasta que se produzcan cambios legales (y ya hemos pasado por otras reformas que no han llegado a buen puerto), tenemos que pedir a las autoridades educativas extremeñas que nos dejen trabajar. Que esos héroes y heroínas que son los alumnos que eligen voluntariamente cursar griego y latín (de entre todas, las únicas materias que no gozan de ningún año de obligatoriedad en ninguna etapa) puedan hacerlo, pues hay margen suficiente en la legislación actual para ello, más allá de números. Existen personas a las que les gusta la guinda. Si todo el mundo la probara comprobaría, para su sorpresa, que es un placer degustarla. No se asombren si incluso les apetece comerse más de una.

José C. García de Paredes Olivas es Profesor de Griego y Latín y Vocal de la Sociedad Española de Estudios Clásicos en Extremadura

(Artículo publicado el 28/06/2012 en www.hoy.es)