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A la
epopeya
griega
no le
ha ido
tan
bien
en la
pantalla
como a
la
bíblica
y a la
romana.
Ahora,
con
una de
sus
máximas
estrellas
en el
papel
de
Aquiles
(Brad
Pitt),
el
guiño
clásico
de
Peter
O’Toole
como
Príamo
y el
incendio
en
exteriores
más
grande
desde
Lo que
el
viento
se
llevó
Hollywood
intenta
revertir
eso.
Pero
al
margen
de los
diálogos
cursis,
los
interiores
de
boite,
las
licencias
escandalosas
en la
trama
y
hasta
la
aparición
de
cuadrúpedas
llamas
sudamericanas
en la
Grecia
del
1200
a.C.,
la
Troya
de
Wolfgang
Petersen
revisita
la
guerra
más
famosa
de
Occidente
en un
momento
en el
que
otros
imperios
hacen
arder
otras
ciudades.
La
Guerra
de
Troya,
la
primera
de la
literatura
occidental,
conoció
innumerables
versiones
desde
que
Homero
compuso
en el
siglo
octavo
a. C.,
cuatro
después
de los
hechos,
los
poemas
épicos
la
Ilíada
y la
Odisea.
Los
trágicos
posteriores
se
ocuparon
de
aspectos
parciales
de la
guerra,
como
Esquilo
en su
Agamenón,
Sófocles
en
Ayax y
Eurípides
en Las
Troyanas;
en la
Roma
de
Augusto,
Virgilio
compondrá
la
Eneida,
y
Benoit
de Ste.
Maure,
en la
Edad
Media
europea,
el
Roman
de
Troie;
el
Renacimiento
tendrá
a
Troilo
y
Crésida
en dos
versiones
(el
poema
de
Chaucer
y la
obra
de
Shakespeare)
y de
ahí en
adelante
una
cantidad
de
traducciones
que en
algunos
casos
(como
la
Ilíada
de
Pope)
pueden
considerarse
versiones
nuevas.
En el
siglo
XX,
para
bien o
para
mal,
el
género
épico
pasa
de la
literatura
al
cine y
los
poemas
de
Homero
reaparecen
en la
muy
temprana
La
caída
de
Troya
(Giovanni
Pastrone,
1910),
Elena
de
Troya
(Robert
Wise,
1955)
y
finalmente
la
recién
estrenada
Troya,
la
película
de
Wolfgang
Petersen,
con
Brad
Pitt
en el
papel
de
Aquiles.
En el
cine,
en
general,
a la
epopeya
griega
no le
ha ido
tan
bien
como a
la
bíblica
y
romana
(la
tragedia
griega,
en
cambio,
ha
dado
películas
valiosas
como
Edipo
rey
–1967–
de
Pasolini
o Las
troyanas
–1972–
e
Ifigenia
–1977–
de
Michael
Cacoyannis).
Para
cada
época,
la
Guerra
de
Troya
y los
héroes
que
tomaron
parte
en
ella
han
tenido
un
sentido
distinto:
modelo
de
valor
guerrero
y
sabiduría
para
Homero,
de
virtud
moral
para
Virgilio,
del
honor
caballeresco
y amor
cortés
en las
versiones
medievales
y en
Chaucer,
de
rapiña
destructiva
y
ausencia
de
toda
honra
en la
nihilista
obra
de
Shakespeare...
¿Qué
sentido
puede
tener,
a
principios
del
siglo
XXI,
una
película
sobre
este
tema?
¿Para
qué
(fuera
de
ganar
dinero,
claro)
hacerla?
La
película,
por
una
parte,
se
toma
un
gran
trabajo
de
reconstrucción.
Bob
Ringwood,
el
director
de
vestuario,
nos
asegura
que
“recorrimos
el
mundo
para
comprar
los
tejidos
y a
menudo
fueron
telas
fabricadas
del
mismo
modo
que
hace
3000
años.
Tuve
aproximadamente
a
ciento
cincuenta
personas
trabajando
para
mí e
inclusive
alrededor
del
mundo,
en
Irak,
Turquía,
India,
Sri
Lanka
y
China”
(el
dato
podría
interesarle
a
Naomi
Klein).
Pero
esta
familiaridad
es en
sí
misma
sospechosa.
Hay un
look
que a
fuerza
de
macerado
en las
películas
del
primer
cine
mudo y
luego
en las
grandes
épicas
al
estilo
Cecil
B. De
Mille
(cuyo
fantasma
vive
en
Troya),
hemos
terminado
por
aceptar
como
“lo
antiguo”,
que
más o
menos
aplana
las
diferencias
entre
griegos,
romanos
y
hebreos,
al
punto
que el
género
ha
recibido
la
etiqueta
general
de
“sword
and
sandal”
(espadas
y
sandalias).
Pero
si
algo
puede
dar
verismo
a una
recreación
de la
antigüedad
pagana
es la
sensación
de
radical
ajenidad,
como
la
alcanzada
por
Pasolini
en
Edipo
rey y
por
Fellini
en su
Satiricón,
películas
que
parecen
transcurrir
no en
la
Grecia
o Roma
antiguas
sino
en
Marte
(y sin
pedir
tanto,
la
escandalosa
propuesta
de Mel
Gibson
de
hacer
una
película
mainstream
en
latín
y
arameo
apunta
en la
misma
dirección).
En
Troya
el
criterio
parece
ser la
combinación
de
autenticidad
y
familiaridad,
lo que
suele
resolverse,
en la
práctica,
como
fidelidad
a la
idea
que
tenemos
de
Grecia,
Roma o
el
paisaje
bíblico,
y que
ha
dado
resultados
como
las
maquetas
escolares
animadas
de
Gladiator
o, por
estas
costas,
el
parque
temático
“Tierra
Santa”.
El
desafío
del
diseño
de
producción
de
Troya,
afirma
Nigel
Phelps,
su
encargado,
fue el
de
“darle
calidad
épica;
pero
luego
de
investigar
llegué
a la
conclusión
de que
en
aquella
época
todo
era en
pequeña
escala,
y como
en el
año
1200
a. C.
las
culturas
prominentes
eran
la de
los
griegos
y los
egipcios,
decidí
combinar
el
arte
de los
habitantes
de
Micenas
con la
gran
escala
de las
formas
egipcias,
y
resultó
un
nuevo
vocabulario
que
reunía
los
requisitos
de una
película
épica”.
El
resultado,
en los
exteriores,
no
avanza
demasiado
sobre
las
epopeyas
hollywoodenses
de los
años
20
(que,
conscientes
de su
artificialidad,
se
tomaban
todas
las
libertades)
y da
al
interior
de los
templos
troyanos,
por
ejemplo,
un
aspecto
de
discoteca
o de
telo
temático.
En
cambio
el
caballo,
si
bien
les
terminó
saliendo
medio
feúcho,
responde
al
menos
a un
concepto
acertado:
lo
arman
medio
a la
que te
criaste,
con
pedazos
quemados
de los
barcos,
que es
como
pudo
haber
sucedido
(menos
feliz
es el
momento
en que
Ulises
experimenta
su
eureka:
cuando
ve un
soldado
que
talla
un
caballito
de
juguete
“para
mi
hijo
que
quedó
en
casa”).
En
medio
de
tanto
tesón
y
tanto
gasto
dedicados
a
recrear
el
verosímil
histórico
–un
ejemplo
más:
para
las
escenas
filmadas
en
México
importaron
a 250
atletas
búlgaros,
porque
daban
mejor
el
tipo
mediterráneo–,
la
única
nota
discordante
la
aportan
las
llamas
cargadas
que
aparecen
en una
de las
tomas
de la
ciudad
de
Troya,
que
hacen
que
por un
momento
el
espectador
no
fumado
o
empepado
se
pregunte
si no
se ha
metido
en la
sala
equivocada.
Resulta
por lo
menos
difícil
explicarse
la
presencia,
en la
Grecia
del
1200
a. C.,
de los
circunspectos
camélidos
sudamericanos
(aunque
es de
notar
que a
las
llamas,
que
como
sus
primos
los
camellos
son
por
naturaleza
unos
bichos
muy
cool,
se las
ve
bastante
aclimatadas).
Se me
ocurren
por el
momento
las
siguientes
hipótesis:
a) es
un
chivo
(valga
el
contrasentido)
o
propaganda
subliminal
de la
famosa
“llama
que
llama”;
b) se
escaparon
de un
set
vecino
donde
estaban
filmando
Pizarro!
o Los
últimos
días
de
Machu
Picchu;
c)
algún
responsable
del
diseño
de
producción,
de
origen
hispano,
leyó
los
poemas
originales
en
español,
y
encontrándose
con
frases
como
“las
llamas
arrasaron
la
ciudad”,
“los
guerreros
griegos
recorrieron
la
ciudad
en
llamas”
o
incluso
“pronto
Troya
fue
devorada
por
las
llamas”,
cayó
en la
trampa
de la
homonimia.
La
madre
de
todas
las
perversiones,
como
suele
suceder,
anida
en el
guión,
encargado,
vaya
uno a
saber
por
qué,
al más
o
menos
novato
David
Benioff,
autor
de la
novela
La
hora
veinticinco
y de
su
adaptación
cinematográfica
–una
de las
películas
más
flojas,
y
sobre
todo
menos
convincentes,
de
Spike
Lee–.
No es
tanto
por
las
licencias
guarangas
que se
toma
con la
trama,
que
por
mencionar
sólo
algunas
incluyen
la
muerte
de
Menelao
a
manos
de
Héctor,
la
muerte
de
Agamenón
a
manos
de
Briseida
y la
de
Aquiles
en sus
brazos,
mientras
Troya
arde.
De
hecho,
alguna
de
ellas
resulta
hasta
simpática
–Paris
entregándole
la
espada
de
Troya,
emblema
de la
continuidad
de la
raza,
a un
joven
que
huye
de la
ciudad
en
llamas
(de
fuego)
cargando
a su
anciano
padre,
y que
responde
“Eneas”
cuando
se le
pregunta
el
nombre.
¿Todos
estos
cambios
serían
lo de
menos
si se
respetara
“el
espíritu
del
original”?
(La
frase
se usa
mucho,
pero
nadie
sabe
bien
qué
quiere
decir.
Probemos.)
Para
empezar,
la
Ilíada
es
cualquier
cosa
menos
romántica.
Si al
principio
Agamenón
y
Aquiles
discuten
por la
esclava
(en la
Ilíada
son
dos,
Briseida
y
Criseida,
pero
siempre
da la
sensación
de que
sobra
una)
no es
por
amor:
lo
mismo
podrían
discutir
por un
escudo
(como
sucederá
con
las
armas
de
Aquiles
muerto,
entre
Odiseo
y Ayax)
o una
palangana
de
plata.
Lo que
está
en
juego
es el
valor
material
del
botín
de
guerra
y,
también,
su
valor
simbólico
como
reconocimiento
de la
areté
o
excelencia
guerrera.
Una
mujer
como
Briseida
–una
esclava–
puede
ser
motivo
de
disputa
entre
dos
hombres
en la
Ilíada
del
mismo
modo
que la
Juliana
lo es
en “La
intrusa”
de
Borges.
Y si
bien
la
pelea
por
Briseida
es
ocasión
del
único
chiste
bueno
de la
película
(Agamenón,
cuando
le
piden
que
devuelva
a la
virgen
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