Cuatro secretos en las Cícladas

Nicolás Casariego www.elpais.es 17/06/2006
Un periplo sin prisas para descubrir el alma del archipiélago griego
Viaje al azar que recala en la isla donde nació Arquíloco, el brutal poeta satírico que sobresaltó al mismo Nietzsche. Una travesía a orillas de la civilización, donde incluso los tópicos no defraudan.
Una iglesia ortodoxa blanca y azul sobre un saliente rocoso rodeado de un mar en calma. Una mujer vestida de negro calentando cordero en una cazuela, en la cocina de una sencilla taberna. Una bahía entre montañas bajas, con una maraña de casas cúbicas encaladas que refulgen al sol, colgadas de una ladera ocre, árida y pedregosa. Un pope barbudo caminando por una callejuela solitaria, bajo unas contraventanas verde esmeralda. Un olivo de tronco nudoso al borde de un camino, inclinado pero todavía no vencido en su centenaria lucha contra el viento.La imagen que uno tiene de Grecia se corresponde con la que ofrecen las Cícladas, un archipiélago de una cincuentena de islas situado en el mar Egeo, entre el continente griego y Anatolia. Allí, por alguna misteriosa razón, lo típico no defrauda. Quizá sea porque, pese a ser un destino turístico, el desarrollo no ha sido tan feroz; o que los griegos siguen conservando buena parte de sus tradiciones; o, como destacan algunos experimentados viajeros -entre ellos, Lawrence Durrell en su libro de viajes Islas griegas-, ese privilegio se deba a algo tan difícil de precisar como la calidad de la luz o las aristas y los volúmenes de su paisaje netamente mediterráneo.
Por las Cícladas pasaron romanos, bizantinos, venecianos y turcos. Dejaron huella, pero uno no puede dejar de pensar que las rocas en medio del mar nunca tienen dueño. Las islas disfrutaron de alguna época dorada, pero también se convirtieron en cárceles para exiliados, fueron presa de los piratas y sufren en verano los ataques del meltemi, ese insoportable viento de nornoroeste que da nombre a tantos comercios. Aparentemente su paisaje no es muy variado, pero sí lo es si nos fijamos en los detalles. Son islas que invitan al descanso, a la contemplación, a dejar pasar las horas en una cala o bajo una higuera y olvidarse del ajetreo que llevamos con nosotros allá adonde vamos. Las más famosas son Santorini, al sur, y Mykonos, al norte, que cuenta con la vecina Delos, antiguo centro comercial y religioso convertido hoy en un notable recinto arqueológico. Visité cuatro islas casi al azar, sin preocuparme demasiado por saber adónde me dirigía. Es aconsejable moverse en velero o en ferry para disfrutar de las entradas en los puertos y de su litoral rocoso. Y una vez allí, mejor no preocuparse por la aparente irracionalidad de los precios. Un ferry cuesta siete euros, el pescado fresco un riñón y por el precio de un café se puede pedir un menú.
KITHNOS
Kithnos es un isla pequeña y relativamente llana, cuyo puerto, Loutra, es uno de los centros de distribución de turistas entre Atenas y el resto de las Cícladas. Sus restaurantes, cuidados sin ser pretenciosos, son perfectos para tomar contacto con las sabrosas especialidades griegas (las ensaladas, souvlaki, keftedes, moussaka...). Griegos y romanos se bañaron en sus aguas termales, y el rey Otón mandó construir una estación termal hoy en desuso. Pero el agua sigue fluyendo, y unos canales la dirigen hacia la playa y el mar, donde desagua. Al acercarme a la orilla, pego un respingo al encontrarme con una familia griega disfrutando de un jacuzzi natural y sin complejos, entre las rocas.
SIFNOS
De forma triangular, vivió su apogeo en la antigüedad, gracias a sus minas de oro y plata. Según cuenta la tradición, los sifnotas enviaban cada año un huevo de oro a Delfos para obtener los favores de Apolo. En una ocasión decidieron ahorrarse el oro y cambiarlo por oropel, y Apolo, verdaderamente ofendido, anegó las minas y les condenó a la pobreza. Poco queda en la isla de su pasado glorioso, pero aún conserva una belleza serena y cautivadora.
En Sifnos, las colinas, verdes en primavera, huelen a flores y a laurel. Hay un monasterio que se recorta contra el cielo en lo alto de una montaña; molinos de viento; recoletos puertos de pescadores, como el de Faros; una ciudad blanca, Apollonia, que se despliega en semicírculo sobre las laderas de tres lomas, y un pueblo medieval en alto, Kastro, de callejas empinadas y casas en miniatura. Kastro no mira al mar, hacia la cala de aguas azules que tiene a sus pies, Ormos Kastro, sino que se inclina hacia el interior, hacia una garganta entre dos colinas con casas que parecen suspendidas en el aire y olivos tan perfectamente delineados que son como ideas de olivos.
PAROS
Oval y más populosa, Paros se podría describir como una montaña de dos picos que desciende hacia el mar. Allí nació Arquíloco, el misterioso poeta satírico y mercenario griego (siglo VI antes de Cristo) que asustó al mismísimo Nietzsche por "el grito de su odio y de su mofa". Arquíloco fue, según dicen, vigoroso, enérgico, obsceno, vehemente, cínico, descreído, violento, dionisiaco, y tan famoso en su tiempo como Homero, del que fue antítesis. Los espartanos le acusaron de cobarde por arrojar el escudo y echar a correr en una batalla para salvar su vida. Además de ser la cuna de Arquíloco, Paros puede alardear de su cantera de mármol blanco de Marathi, hoy abandonada, que dio piedra para muchas de las estatuas clásicas inmortales; de la iglesia de Katapoliani, en la ciudad portuaria de Parikia, o de los caminos que serpentean subiendo la montaña, entre torrenteras, iglesias abandonadas, encinas, olivos y casas solitarias. Acabé en una playa de nombre poco evocador, Golden Beach, mirando cómo las olas morían en silencio, aguantando a unos ruidosos turistas que habían metido sus karts en la arena, protegido por unos versos del poeta: "Un sayo montañés / se jacta hoy con mi escudo / que tiré junto a un arbusto y corrí / en lo más duro de la pelea. / La vida me pareció más valiosa. / Era un bonito escudo, / pero sé dónde comprar otro / exactamente como ése, igual de redondo".
FOLEGANDROS
Oblonga, con poco más de 600 habitantes y un solo policía que se basta para mantener sin crímenes la isla, debe su nombre al hijo del rey Minos de Creta, desterrado por su padre a esta peña pelada. El puerto, Karavostasi, se encuentra en una bahía recogida y no tiene más que un puñado de casas y comercios. Una amable vecina me subió en coche hasta Chora, pueblo situado sobre un acantilado, con casas de más de mil años de antigüedad. En un bar, unos griegos jugaban al viloti, con naipes de baraja francesa, una mezcla de escoba y tute. En la plaza no corría un soplo de aire, pero si te asomabas al balcón que daba al cortado, con el mar a los pies, el viento te sacudía con fuerza. Regresé al puerto de noche, caminando, y al ver una iglesia iluminada volví a tener la sensación de estar mirando una postal, quizá la última del viaje. Pero ya entonces comprendí que las postales de las Cícladas son tan auténticas que no rebajan el paisaje, sino que simplemente son su más genuina expresión.
GUÍA PRÁCTICA
Cómo llegar
- Iberia (www.iberia.com; 902 40 05 00), ida y vuelta a Atenas de Madrid desde 222 euros y de Barcelona, a partir de 388; tasas y gastos incluidos.
- Olimpic Airlines (915 41 99 45; www.olimpicairlines.es) a partir de unos 240, tasas y gastos incluidos.
- En Atenas se puede tomar un barco hacia las distintas islas desde el puerto del Pireo. Horarios y conexiones: www.gtpweb.com.
- La mayorista Grecotour (www.grecotour.com) ofrece una gran variedad de paquetes para visitar las islas griegas.
Información
- Oficina de Turismo de Grecia en España (915 48 48 90; www.gnto.gr).
- www.greek-tourism.gr.
- www.tourism-greece.com.
* Nicolás Casariego (Madrid, 1970) fue finalista del Premio Nadal 2005 por Cazadores de luz (Destino)

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