Lenguas clásicas: Clasicismo perdido

Fernando Jiménez Guijarro | Revista ANPE-Andalucía 141. Febrero 2006

Se define como clásico aquello que representa la época de mayor esplendor de un pueblo en el aspecto artístico y literario. Pero hablar de lenguas clásicas, latín y griego, resuena más que nunca a un anacronismo. Es una desgracia. En esta España pendular, como en casi toda Europa, hemos pasado de un sistema con la impartición de estas materias en todos los cursos de la enseñanza al actual momento que ronda el cero más absoluto. Cuando la LOGSE produjo este viraje vertiginoso, acortando tiempo y dedicación a estas materias, acarreó escándalo y protestas entre profesionales y defensores. Pero el tiempo, como decía Virgilio, todo lo tritura (tempus omnia terit). Por desgracia, ya entre las voces de los ecos, sólo resalta una, la de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC), apoyada por muchos, que lamentamos la infructuosa lucha para reparar la triste realidad.

Y es frecuente escuchar individualmente la defensa de estas lenguas en los planes de estudio por personas de muy diversa profesión, incluso con entusiasmo inaudito, porque es evidente que, pasado el tiempo, procesamos con más claridad la utilidad de aquellos saberes que en nuestros años mozos nos veíamos obligados a estudiar.

Los bachilleratos, elemental y superior, vigentes hasta el año 1970, ponían un barniz de clasicismo, a veces profundo en todos los alumnos. Muchos de ellos quedaban prendados y prendidos. Cuestión del profesor, sin duda, pero también del interés intrínseco de estas lenguas, de su rico contenido, de su inmensa riqueza y belleza. Lenguas difíciles, no cabe duda, que requieren esfuerzo y trabajo, como casi todo lo precioso, pero que siempre recompensan con una honda formación lingüística y cultural, que hacen ver como ninguna otra materia cuál es la vena de identidad de toda Europa y cómo a través de ellas se ha forjado todo lo que hoy somos.

Grecia y Roma, judaísmo y cristianismo, y no hay más. El resto es añadido, es volver sobre lo mismo, es la Edad Media y el Renacimiento, y siglos de Oro y modernidad. Sin Grecia y Roma, nada de eso hubiera sido posible. La épica, el teatro, tragedia y comedia, la poesía, oratoria, arte, historia, lírica, filosofía, etc, todo se cimenta al más alto grado en Grecia y Roma. Regímenes políticos nacen en estas civilizaciones, y sus respectivas desapariciones las presenta el mundo clásico como ningún otro pueblo, a saber: monarquía, república, democracia, oligarquía, tiranía, imperio, dictadura, anarquía...; los personajes actuales y los acontecimientos parecen un calco del pasado. Es el mismo mundo sobre el que mirar la historia, y avanzar, y cambiar y emular. No es posible acudir a ninguna otra fuente que no sea Grecia y Roma para ver nuestra identidad. Fuera de ellas el error y la ignorancia, o la carencia más absoluta. Pero hay que insistir en un aspecto del clasicismo grecolatino que aglutina todo lo anterior: es la LENGUA.

La Lengua, la palabra nos eleva, nos hace sublimes. Dice el Génesis: “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum, et Deus erat Verbum”. Nada menos: Dios era la palabra. Nuestro lenguaje y nuestro pensamiento son lo uno y lo mismo. Nuestras lenguas, sobre todo románicas, se apoyan para su conocimiento y crecimiento en las lenguas clásicas. El conocimiento y estudio de las mismas conlleva un desarrollo intelectual de primera magnitud, contribuye en altísimo grado a una excelente enseñanza y educación, y sus textos y cultura son imprescindibles en el desarrollo de los pueblos europeos. Esto es la historia, que siguen estudiando profundamente los principales países de Europa, aunque se reduzcan los círculos privilegiados de esos estudios. Aquí varias generaciones pasadas sin excepción hemos tenido la suerte de ser unos privilegiados, y muchos a través de esa vocación, estamos seguros de haber contribuido en muchísimos alumnos a dejarles esa semilla divina, que son la lengua latina y griega.

No cabe otra calificación que la de canallada la imposición de sistemas educativos actuales que, amparándose en la falacia de la modernidad supriman en profundidad estos estudios. Su ausencia en las aulas hará más pobres mentales a nuestros alumnos, los hará menos libres y evitará una auténtica enseñanza y educación cualificada, con el perjuicio, como siempre, para los más desfavorecidos. ¿Acaso será esto lo que verdaderamente se pretende?

(Fernando Jiménez Guijarro es Presidente Autonómico de ANPE-Madrid)

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