Viaje a los secretos eróticos de la antigua Roma

Ángel Gómez Fuentes | Roma www.abc.es 19/06/2016

Una obra de la historiadora Mary Beard, reciente premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales, y un documental de la televisión pública italiana abordan los amores y las pasiones de hace dos milenios.

«El amor triunfa sobre todo», escribió el poeta romano Virgilio. Pero, ¿cómo era el amor, el sexo y las pasiones en la antigua Roma? Hace unos días, un convenio en Roma sobre las Termas de Trajano, que el emperador de origen hispano inauguró en el 109 d. C., se exponían los últimos descubrimientos arqueológicos de las excavaciones en el Colle Oppio, a dos pasos del Coliseo de Roma. Casualmente, al mismo tiempo la RAI3 (Radiotelevisión pública italiana) emitía en horario de máxima audiencia un programa de dos horas, titulado «Roma: Amor, pasión en la antigua Roma», dedicado a ese mundo poco conocido de las costumbres sexuales de los romanos.

También en estos días un libro dedicado a esa época se sitúa entre los más vendidos: «SPQR: una historia de la antigua Roma», de la historiadora inglesa Mary Beard, especialista en la antigüedad clásica, reciente premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales. Y es que, como subraya Beard, suscita enorme interés el «comprender cómo un minúsculo e insignificante pueblo de la Italia central logró convertirse en una potencia que dominó un inmenso territorio que se extendía en tres continentes». De forma especial, ese interés y curiosidad se centra en el mundo de los amores y las pasiones de hace dos mil años. El viaje televisivo de la RAI en la historia de esa época lo ha realizado Alberto Angela, paleontólogo y famoso divulgador científico, un viaje nada sencillo, para hacer comprender, con elegancia y sin vulgaridad, no solo el sexo, sino la cultura y los esquemas de una sociedad de hace veinte siglos que dominó el mundo.

Beso para descubrir el adulterio

Comienza Alberto Angela preguntándose cómo se besaban hace dos mil años. Por las calles de la antigua Roma una pareja no se besaba, pero los romanos tenían una curiosa costumbre. Por ley, el marido tenía el «derecho al beso» (ius osculi): Una mujer estaba obligada por ley a besar cada día al marido en la boca. Era una vieja costumbre que tenía como objetivo controlar si la mujer había bebido. Se seguía así una antigua ley, que prohibía a las mujeres beber vino, porque se suponía que cuando una mujer bebía podía perder el control y cometer más fácilmente adulterio, por el efecto de desinhibición que causa el alcohol.

Bisexualidad

Obviamente, el machismo imperaba en la antigua Roma y se manifestaba de forma evidente en las costumbres. El hombre romano era bisexual y la moral de la época empujaba a educar a los hijos en esa dirección: El hombre tenía que ser un dominador e imponer su superioridad en cualquier actividad, tanto en la sociedad, como en la política, en la guerra y, por supuesto, en la familia. En la casa, el romano era el patrón absoluto, un «macho». Y se le educaba en la bisexualidad porque su dominio debía ir más allá de la mujer: tenía que dominar a todos, para demostrar su superioridad, según explica la profesora de Derecho romano e historiadora Eva Cantarella.

Por eso, los romanos llegaban a sodomizar a los enemigos que derrotaban, incluso a los esclavos de su casa. Debían ser siempre activos, no pasivos: «En Roma, la insinuación de que un hombre hubiera sido penetrado por otro hombre, podía ser suficiente para arruinar su carrera política», subraya la historiadora Mary Beard. En definitiva, la educación bisexual no era con un enfoque de placer, sino de poder, por motivos culturales y políticos. Esto era en líneas generales, pero cabe señalar que también había romanos que no deseaban tener relaciones homosexuales.

En la sociedad romana, muy machista y jerarquizada, los jóvenes no debían llegar vírgenes al matrimonio. Incluso estaba mal visto si se casaban sin experiencias sexuales. El discurso era diverso en las mujeres. Para las chicas, sobre todo en familias ricas, era impensable mantener relaciones sexuales antes del matrimonio. Había en ello un motivo práctico, además del valor social: se pretendía evitar el riesgo de que llegara al matrimonio embarazada, con el peligro para el hombre de criar un hijo no propio.

Matrimonio de conveniencia

Hablando de matrimonio, lo primero que sorprende es la absoluta falta de amor entre los esposos. Salvo excepciones, los romanos no se casaban por amor, sino para procrear y dar así continuidad a la sociedad y al Estado, ayudando en la formación de una Roma grande. «En Roma, como en todas las demás civilizaciones del pasado, el objetivo esencial del matrimonio era la procreación de hijos legítimos», afirma Mary Beard en «S.P.Q.R». El matrimonio servía también al grupo familiar, para crear alianzas y aumentar el poder económico, social y político. No era así siempre, porque el amor podía ser grande y auténtico en algunos matrimonios. Por ejemplo, cabe recordar el de Livia Drusilla Claudia, la tercera mujer de Augusto, probablemente su único verdadero amor.

Pero, cuando se trataba de matrimonios por interés, las relaciones entre marido y mujer carecían de intimidad y de impulso erótico. Eran relaciones casi al límite de lo burocrático, en las que se podía llegar al divorcio con gran facilidad. Los romanos partían de la idea de que, inevitablemente, se podían producir traiciones y adulterios. El hombre lo podía hacer a la luz del sol, mientras la mujer tenía que evitar ser descubierta. En una sociedad fuertemente machista, las leyes condenaban el adulterio femenino, pero en la práctica todos sabían que el fenómeno de los adulterios femeninos era una realidad. Los romanos vivían el amor y el sexo como un regalo de los dioses que había que saborear al máximo.

Las pasiones, fuera del matrimonio

Para las pulsiones del sexo, el marido utilizaba las esclavas, las amantes, las concubinas y las prostitutas. Para la esposa se reservaba el papel de tener hijos, una situación que describe con claridad la profesora Carla Fayer, experta de derecho de familia de la antigua Roma: «La esposa no debía conocer las alegrías del sexo y del amor; a ella se le reservaba solamente la tarea de la reproducción».

Todo esto no quiere decir que no se produjeran pasiones y locuras de amor por un hombre o por una mujer. Ecos de esas pasiones se pueden observar en algunas inscripciones antiguas. En Pompeya se encuentra la frase de un enamorado describiendo así el éxtasis que puede dar el amor: «Los amantes, como las abejas, saborean una vida dulce como la miel».

Seducción

«Vino, sexo y termas arruinan nuestros cuerpos, pero son la sal de la vida», era la picante inscripción de la lápida sepulcral dedicada al liberto Tiberius Caludius, en el siglo I a. C. Las termas eran sinónimo e la cultura romana. Las pasiones y amores se desataban también entre los vapores de las termas, que por su grandiosidad constituían un verdadero complejo dedicado al bienestar físico y un lugar para la seducción, donde se intentaba entablar relaciones amorosas. Todos iban a las termas, salvo los más pobres. En cierta forma, todos se ponían al mismo nivel, porque se bañaban desnudos o casi.

Las termas eran beneficiosas para la salud y las recomendaban los médicos, pero al mismo tiempo «existía la fuerte sospecha de que fueran corruptoras de las costumbres: la desnudez, el lujo y el placer del calor, el gusto lúdico de los vapores eran a los ojos de muchos una combinación peligrosa», ha explicado Mary Beard. Las termas tenían también notable influencia para que se cultivara la apariencia física y se practicara la cirugía estética. Ya la practicaron los egipcios, por sus profundos conocimientos de anatomía debidos a los embalsamamientos. Y los romanos también intervenían para eliminar los excesos de grasa del cuerpo, incluso para corregir el bocio, el labio leporino o reconstruir mutilaciones en la cara sufridas por legionarios o gladiadores.

Manuales de amor

Aunque es poco conocido, entre los romanos circulaban verdaderos «manuales para hacer el amor» y, en un clima de gran naturalidad y libertad, utilizaban diversos medios, incluidos juguetes sexuales, para alcanzar el placer, como el uso de los espejos colocados en la habitación para poder verse mientras hacían el amor. Sorprende que, en este ambiente de libertad, las romanas, por sentido del pudor, solían evitar mostrarse completamente desnudas ante el marido, «regla» que no valía para las esclavas o las prostitutas, que se reconocían al vuelo, porque estaban obligadas por ley a llevar la toga, vestidura talar típicamente masculina.

Una cosa sorprendente del mundo romano era la exigencia o necesidad de hacer conocer a todos las propias capacidades sexuales, algo que se percibe claramente en los grafiti de Pompeya y en algunas frases escritas en los prostíbulos de la antigua ciudad romana destruida por el Vesubio en el 79 d.C. El romano consideraba la virilidad como la máxima virtud. La historiadora Eva Cantarella, en su ensayo «Dame mil besos. Verdaderos hombres y verdaderas mujeres en la antigua Roma» explica con detalle que los romanos eran educados para someter y ser dominadores, en la política, en el amor y en el sexo.

Añade Cantarella que la otra cara de la sexualidad romana es el mostrar orgullo y vanagloriarse de la propia virilidad incluso en los aspectos más concretos y materiales: de ahí los grafitis, inscripciones en gimnasios y tabernas, muros en los que la crudeza raya a menudo con la obscenidad. «El poder, el estado social y la buena fortuna se expresaban en términos fálicos», ha indicado la historiadora Mary Beard. Por lo que se refiere a las mujeres, Eva Cantarella subraya que algunas se adaptan; otras son modelo de virtud femenina, como Lucrezia, símbolo de la fidelidad conyugal; y otras se rebelan, como la poetisa Sulpicia.

Afrodisíacos

Aumentar las capacidades sexuales, sueño durante milenios de tantas generaciones, también era una práctica utilizada por los romanos, mediante los afrodisíacos. Consideraban que ciertos alimentos tenían propiedades afrodisíacas, sobre todo los que tenían forma de órgano sexual, porque era una señal dejada por los dioses: ostras, huevos, espárragos… La lista de los afrodisíacos para los romanos es muy larga: ajo, menta, miel, ortiga, pimienta, piñones, recula, langosta, ostras, moluscos…

La sexualidad romana era distinta de la nuestra. Aunque Alberto Angela, que ha plasmado los datos del documental de la RAI en su libro «Amor y sexo en la antigua Roma», concluye su largo viaje por las costumbres de la ciudad eterna señalando que ninguna otra civilización o cultura se ha aproximado tanto a la nuestra, por lo que se refiere a la vida cotidiana, al amor y al sexo, aunque lo hacían de otra forma. Pertenecían a un mundo antiguo con otras características: esclavitud, pedofilia, derecho de castigar a la mujer que traicionaba, posibilidad de ser polígamos, bisexualidad para los hombres.

«Es innegable que se asemejaban por muchas cosas, eran también muy diversos por otras. Un hombre romano no se habría adaptado a nuestro mundo, lo habría encontrado lleno de prohibiciones: prohibido tener relaciones con una menor, obligación de respetar a la mujer, obligación de monogamia, la pedofilia es un delito, no existen esclavas. Habría encontrado categorías desconocidas (homo, hetero, bi), porque para el romano solo existía la sexualidad, y punto. Eran similares a nosotros, pero tenían otra moral», concluye Alberto Angela.

FUENTE: www.abc.es/cultura/abci-viaje-secretos-eroticos-antigua-roma-201606191305_noticia.html

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