La Revolución de las Humanidades

Amparo Gil | Valencia www.elpais.com 28/01/2015

Con la educación humanística apuntalamos valores civiles que nos ayudan a desafiar problemas globales como la xenofobia, el racismo, la sostenibilidad medioambiental o la crisis económica.

En las últimas dos décadas la sociedad ha vivido un proceso de alfabetización digital que ha afectado directamente a las metodologías de enseñanza de nuestro sistema educativo. Las nuevas tecnologías han tomado un protagonismo, por otra parte justificado, que en alguna medida han relegado a un segundo plano la esencia de la formación humana vinculada a las humanidades. Además, una ardiente fiebre capitalista azuzada por un sistema financiero de mercado, que ha perseguido con denuedo la rentabilidad económica en la mayor brevedad de tiempo, ha cuestionado la eficacia de una educación humanística.

La crisis mundial que iniciamos en 2008 hizo saltar todas las alarmas ya que puso al descubierto un perfil profesional alejado de los principios básicos que una sociedad basada en el bien común requiere. Quizá, tal como afirma Martha Nussbaum en su imprescindible libro El cultivo de la humanidad, una educación que tenga sus raíces en la riqueza cultural, crítica, emocional y creativa no ofrezca resultados inmediatos mercantiles, pero sirve para constituir personas sólidas que fragüen una sociedad global democrática basada en el respeto, la integración social y la igualdad de derechos. De este modo, desde los centros docentes y desde los entornos familiares debemos ser conscientes de que la verdadera revolución del siglo XXI no será completa si la ciencia y la tecnología no se apoyan en el conocimiento de las humanidades.

La ciencia encadenada a la ética o la computación informática sujeta a la creatividad artística ofrecen un futuro interdisciplinar entre ciencias y humanidades que debemos fomentar desde los planes de estudios infantiles. De hecho, actualmente, hay señales que nos permiten ser optimistas ante el hecho de que esta forma de entender el mundo avanza considerablemente. La rentabilidad de las corporaciones más exitosas está relacionada cada vez más con la creatividad, el debate, el análisis crítico, la responsabilidad social y la diplomacia corporativa. Capacidades que se impulsan precisamente con una educación humanística que se asienta en la filosofía, en la literatura y en las artes.

El pensamiento crítico y la capacidad de imaginación se están convirtiendo, por tanto, en pilares cardinales de una nueva cultura empresarial. Así bien, parece que una formación educativa basada en la cultura clásica, aplicada a la realidad y al contexto contemporáneo, puede tener unas salidas laborales nada desdeñables en escenarios tan icónicos como los que nos llegan de Silicon Valley. Pero, lo que a mi juicio es todavía más importante, es que en la sociedad se instala un nuevo actor, un nuevo individuo libre de codicia, de espíritu honesto y fraternal que se aleja del terrible fanatismo, de las doctrinas ideológicas más sesgadas y de un apetito materialista que resulta una carga muy dañina para la evolución de nuestra sociedad.

Tenemos que evitar que nuestros jóvenes solo reciban estímulos superficiales, sin profundidad. Anunciarles los peligros que conlleva surfear por la sociedad sin sumergirse en ella, a golpe de clic, sin comprometerse con su presente y sin aprovisionarse de la historia reciente. Porque el futuro se consigue con el alimento del pasado. A mi entender, con las humanidades apuntalamos una serie de valores civiles que nos ayudan a desafiar, desde un punto de vista ético y una sensibilidad moral, problemas globales como la xenofobia, el racismo, la sostenibilidad medioambiental o la crisis económica. Por eso en el día escolar de la no violencia y la paz debemos volver la vista atrás y recordar a figuras fundamentales de nuestra historia reciente como Mahatma Gandhi, asesinado un día como hoy hace sesenta y siete años, o Martin Luther King y otros humanistas que dejaron un mensaje pacifista en la sociedad que no debemos olvidar. Sin duda, educar a nuestros hijos mediante estos modelos culturales y sociales puede ser el principio para iniciar un camino sostenible fundado en el diálogo y el respeto mutuo.

(*) Amparo Gil es directora de Caxton College

FUENTE: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/01/28/valencia/1422465732_852543.html

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