Helenismo contra utopía

Ismael Grasa www.elpais.com 13/11/2013

Recientemente han aparecido en las librerías dos textos del profesor de historia de la filosofía Pierre Hadot: La ciudadela interior (Alpha Decay), un estudio extenso sobre las Meditaciones de Marco Aurelio, y Filosofía para la felicidad. Epicuro (Errata Naturae), un pequeño volumen en el que se recoge un prólogo de Hadot, junto a los de otros especialistas como Carlos García Gual y Emilo Lledó. Alpha Decay había publicado con anterioridad otros dos libros de este autor francés, profesor del Collège de France y muerto en 2010: su estudio sobre Plotino y un volumen de conversaciones, La filosofía como forma de vida, un título que está en sintonía con el libro del estoico Marco Aurelio que aquí reseñamos. Hadot transmite amor por la filosofía en un sentido profundamente clásico, y consigue que su erudición, siendo enorme, nunca ahogue lo que parece ser lo primordial para él, la búsqueda de una clase de verdad íntima y útil para vivir.

En el texto en el que glosa las Meditaciones de Marco Aurelio hay partes que parece que podrían ir destinadas a lectores especializados en esta rama de la filosofía helenística, pero su escritura siempre recupera el hilo de lo que podríamos llamar el “lector común”, el que se acerca a la filosofía buscando un tipo de saber que le afecta. Esto es lo que hace importante a Hadot, que nunca suelta de la mano al lector. En el libro de Marco Aurelio hay una verdad que resulta contemporánea y que nos sigue afectando hoy, y que se debe en parte al modo en que fue escrito, en primera persona, dando lugar a una voz que indaga sin apartarse de la experiencia personal. La expresión personal de la melancolía resulta siempre muy fundadora de civilización y, paradójicamente, de alegría y de felicidad: el hombre que se reconoce en lo que ha escrito otro hombre.

Hadot se reconoce en lo que escriben los filósofos de la antigüedad, como Marco Aurelio, y da lugar a un texto que no deja de ser una conversación en la que invita al lector a seguir estando. El texto de Marco Aurelio, como explica Hadot, es una especie de ejercicios espirituales, y Hadot lo va explicando como si no quisiese levantar la voz en ese clima de meditación. Enrique Lynch, en la reseña que publicó sobre este libro, decía que se trataba de “el diálogo entre dos melancolías unidas a través de siglos”, la del emperador estoico y la del profesor Hadot.

Hadot no pasa por alto en su estudio las repercusiones políticas que tuvo la filosofía estoica, como su derivación hacia los derechos humanos. Pero la parte que más me ha interesado es donde expone el carácter antiutópico de la filosofía estoica, a diferencia de la platónica: No esperes la República de Platón, se titula. Hay ahí una lección de pragmatismo que no consiste en resignación, en renunciar a los grandes proyectos políticos e ideales, sino en entender que el ideal es precisamente seguir la razón y lo que esté en nuestra mano en cada momento. Copio: “No, responde Marco Aurelio, lo esencial consiste en concentrarse en la acción política y moral presente, por muy modesta que sea. Haz lo que la Naturaleza (es decir, la razón) te pide en aquel mismo momento, sin dejarte arrastrar por visiones utópicas y creerte en ‘la República de Platón’”. Hadot se enfrenta al mal en su glosa de Marco Aurelio, y expone la idea de que toda transformación política está destinada al fracaso si no emana de la transformación del individuo. Son pensamientos que resultan oportunos y opuestos a la tentación del totalitarismo.

El libro más conocido sobre la crítica al “Estado ideal” concebido por Platón es el de Karl Popper, La sociedad abierta y sus enemigos, donde describe brillantemente en qué consiste vivir en democracia a partir de su distinción entre sociedades cerradas, las utópicas, y abiertas, las que reconocen su imperfección y se prestan a una mejora indefinida. Unas buscan extirpar el mal del mundo y detener la historia, y otras aceptan la dimensión histórica del hombre y su vivir en un proceso nunca concluso de pequeños ajustes hacia el bien. Y Popper describe en ese libro cómo el alma de Platón estaba escindida entre, de un lado, el individualismo ejemplar socrático y, de otro, un totalitarismo añorante de una supuesta Edad de oro que hubiese que restaurar –esto, por desgracia, nos sigue resultando familiar hoy–. Es esa ejemplaridad individual, de raíz humanista, la que parece seducir a Hadot.

Describe algo también Popper en aquel libro que nos lleva al otro autor al que prologa Hadot, Epicuro. Epicuro defiende que no hay más bien para el hombre que el placer, o la evitación del dolor y la inquietud. No le corresponde al hombre, dice, preocuparse por la muerte o por el más allá. Hadot hará una descripción igualmente próxima de Epicuro, evitando polemizar con él y destacando sus aspectos más perdurables hoy, más solidarios y penetrantes, como es la búsqueda de una serenidad que nada tiene que ver con la caricatura de hedonismo grosero con la que durante siglos trató de descalificarse a esta filosofía materialista. Lo que decía Popper, a lo que me refería, es que mientras que el pensamiento utópico busca un tipo de bien perfecto para la sociedad, basado en un orden supuestamente racional, quizá la tarea de una sociedad realmente razonable sea la de paliar, en la medida de lo posible, las causas del padecimiento de la población. Y se puede decir que esta visión, próxima a ciertos postulados del llamado Estado del bienestar, procede en buena medida del humanismo epicureísta.

Hadot describe igualmente, a partir de Epicuro, algo que afecta a la dignidad humana: mientras que para Platón, con su teoría del alma, lo más esencial del hombre trasciende al hombre, Epicuro da lugar en su jardín a una hermandad de hombres que miran a los dioses de tú a tú.

Hadot acompaña la reflexión de estos filósofos antiguos sin entrar en conflicto con ellos, como quien ha explicado muchas veces una lección y se ha quedado con cierta esencia, un fármaco para la enfermedad felizmente incurable de ser hombre.

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ISMAEL GRASA es autor de libros como La Tercera Guerra Mundial (Anagrama) y La flecha en el aire. Diario de la clase de filosofía (Debate).

FUENTE: http://blogs.elpais.com/tormenta-de-ideas/2013/11/helenismo-contra-utopia.html

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