La salvación prometida a unos pocos

cultos mistéricos antiguosFco. Socas www.diariodesevilla.com 01/08/2005

Walter Burkert: 'CULTOS MISTÉRICOS ANTIGUOS'


Los llamados cultos mistéricos antiguos han despertado mucha curiosidad y han dado lugar a teorías algo estrafalarias. Para trazar una sinopsis breve y clara de ellos, hacía falta una figura como la del profesor Walter Buckert que, siendo nacido en Alemania, ha estado en contacto estrecho con universidades inglesas y norteamericanas. Recoge, por tanto, todo lo mejor de la tradición erudita alemana, que ha sido la que acaso se ha ocupado con mayor interés sobre este tema, y encarna al mismo tiempo el espíritu pragmático y apegado al dato del historicismo anglosajón. Por ello, este libro, que puede parecer modesto en sus pretensiones, es sin embargo amplio en su mirada. No propone ninguna solución única y espectacular a un tema tan complejo. Pretende, según el autor, "una interpretación metódica de los elementos que han llegado hasta nosotros, dispersos y a menudo frustrantes, de formas de religión extinguidas".

Sale al paso de tres prejuicios inveterados y proclama paladinamente que los cultos mistéricos no son tardíos, no son orientales y, en último término, no son espirituales o salvíficos del modo pleno como lo habría de ser luego el cristianismo.

Otra delimitación muy clara que hace es la del número y naturaleza de estos cultos. Considera que son cinco principales: los dedicados a Deméter en Eleusis, cerca de Atenas; los de Dioniso, extendidos por todo el orbe; los de la Magna Mater y Atis, oriundos de Frigia, en Asia Menor, pero pronto asentados en Roma; los de Isis, la diosa egipcia que estuvo a punto de ser el dios único femenino de una religión triunfante; y los de Mitra, en fin, dios persa que fascinó sobre todo a funcionarios y soldados.

Burkert subraya el carácter mundano de estos ritos, muy atentos a las necesidades en esta vida, al bienestar, la salud, la economía y, en último término, la buena muerte (que acaso comportaba la perduración de las almas elegidas). Los textos aluden muchas veces a una suerte de experiencia extraordinaria y a la prohibición de hablar que recaía sobre los iniciados. Pero el autor hace ver muy bien que la ausencia de datos no se debe al tabú del silencio, sino al carácter incomunicable de su experiencia. Lo que transformaba a los feligreses no era la palabra, sino una experiencia total en la que se veían y sentían inmersos.

El volumen incluye un índice de términos griegos de consulta obligada a lo largo de la lectura, ya que estas liturgias están llenas de términos especializados. Hay también una docena de ilustraciones que luego el texto comenta. El lector podrá tener una idea más clara de lo que revelan y ocultan, entre otros iconos, los extraños frescos de la Villa de los Misterios en Pompeya. Las conclusiones dejan una punzada de curiosidad inquieta en el lector: "Los misterios eran demasiado frágiles para sobrevivir por sí mismos como religiones. Eran opciones dentro de la multiplicidad del politeísmo pagano, y desaparecieron con él. Queda una extraña fascinación incluso en los destellos y conjeturas de fragmentos evocadores: la oscuridad y la luz, la angustia y el éxtasis, el vino, la espiga de trigo".

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