La derrota del pastor Eróstrato


Antonio Rico www.lne.es 28/08/2011

Seis viajes (más uno) a las Maravillas del Mundo Antiguo (IV). En el templo de Artemisa en Éfeso, del que sólo queda en pie una columna.

La impresionante fachada romana de la Biblioteca de Celso en Éfeso gana por goleada turística a la conmovedora columna griega del templo de Artemisa, también en Éfeso. No quisiera ser injusto con las maravillosas ruinas de la Biblioteca, construida en el siglo II d. C. por el cónsul romano Gayo Julio Aquila para su padre Celso, con sus fotogénicas estatuas que representan a la sabiduría, la virtud, el intelecto y el conocimiento, ni tampoco con los delicados frisos del pórtico del templo de Adriano, el teatro excavado en la ladera del monte Pión o la fascinante vía de los Curetes.

Las ruinas de Éfeso juegan en la liga de campeones de la arqueología y, aunque es difícil que alguna vez ganen el título, siempre pasan a la siguiente ronda tras eliminar a las ruinas de Troya o Pérgamo. Sí, la Biblioteca de Celso merece ser visitada cada año por miles de turistas. Pero me entristece la soledad de la única columna en pie de lo que fue el magnífico templo de Artemisa en Éfeso, una de las maravillas del mundo antiguo.

Llegar al lugar donde estuvo situado uno de los templos más famosos y admirados de la antigüedad es difícil. Mal señalizado, poco espectacular, vacío de autocares turísticos, apartado de la ruta que conduce a las ruinas de Éfeso, desconocido para muchos, ninguneado por los guías y pésimamente promocionado, lo poquísimo que queda del templo de Artemisa no juega en la liga de campeones de la arqueología comercial, pero todos los que visitan el lugar salen con el corazón partido, los ojos humedecidos y una foto inolvidable. Caminar por la vía de los Curetes de Éfeso al lado de cientos de desconocidos sudorosos que comentan entre sonrisas las peculiaridades de las letrinas públicas romanas, alaban el lujo de las casas de los patricios y se fotografían junto al pie del emperador Trajano es una experiencia tan rica como ver un partido Barça-Madrid en las gradas del Camp Nou. Todos somos turistas, visitantes armados con guías de viaje y ojos bien abiertos. Los que maldicen a las masas que suben y bajan por la vía de los Curetes son los mismos que se pasan la vida (y los viajes) distinguiendo entre viajeros (ellos) y turistas (todos los demás). Que les den. Me gusta compartir Éfeso con rubísimos niños alemanes, silenciosos japoneses que se visten de forma increíblemente extravagante y españoles que no dejan de hablar ni cuando están posando para una foto. Por eso me dolió tener que ver solo la solitaria columna del templo de Artemisa. Sin niños rubios. Sin japoneses silenciosos. Sin españoles charlatanes.

El templo de Artemisa se empezó a construir en el siglo VI a. C., financiado por el rey Creso de Lidia, y se terminó en torno al año 460 a. C. Creso encargó la construcción del templo al arquitecto cretense Quersifonte, y era, en verdad, una auténtica maravilla. Doblaba en longitud y anchura al templo de Zeus en Olimpia, y cada una de sus 127 columnas jónicas de mármol pórfido, de bellísimos tonos verdes, medía unos veinte metros de altura. Un bosque de mármol digno de Artemisa, la diosa virgen hermana de Apolo que, según cuentan, colaboró en la colocación del arquitrabe de su templo cuando el arquitecto, incapaz de encontrar la forma de hacerlo, estaba a punto de suicidarse. Plinio dice que el templo de Artemisa se levantó sobre un terreno pantanoso para que no padeciera los terremotos, y para no situar los cimientos en un terreno resbaladizo e inestable se cubrió éste con carbones apisonados y luego con vellones de lana. Por desgracia, el templo no estaba preparado para luchar contra el fuego ni contra la sed de gloria de un pastor llamado Eróstrato.

En el año 356 a. C., Eróstrato incendió el templo de Artemisa para lograr así fama eterna. Woody Allen dice que no aspira a alcanzar la inmortalidad a través de su obra, sino sencillamente no muriendo. Eróstrato quiso alcanzar la inmortalidad a través de su obra, aunque le costara la vida y esa obra fuera la destrucción de un templo maravilloso. El pastor consiguió algo más que esos quince minutos de fama a los que, según Andy Warhol, todos tenemos derecho, y lo consiguió a pesar de que los efesios intentaron que su nombre no fuera recordado (conocemos el nombre del pastor pirómano gracias a Estrabón). Según la tradición, la misma noche que ardió el templo de Artemisa nació en la lejana Macedonia un niño llamado Alejandro al que hoy conocemos como Alejandro Magno. Cuando Alejandro conquistó Éfeso en el año 334 a. C., se ofreció a colaborar en la reconstrucción del templo, pero el casi siempre excesivo rey macedonio exigió una dedicatoria para sí mismo, de modo que los efesios rechazaron su ayuda con un argumento tan sutil como educado: no es propio de un dios construir templos a los dioses.

El Artemision, el templo de Artemisa en Éfeso, fue finalmente reconstruido, pero los godos lo arrasaron en el siglo III d. C. Con el tiempo, el templo se convirtió en cantera y hasta su ubicación cayó en el olvido. Cuando el ingeniero británico John Turtle Wood descubrió en el siglo XIX el Artemision, encontró fragmentos de columnas y algunos pocos restos más enterrados en un fangal. Hoy sólo una columna del templo de Artemisa permanece en pie, desafiando la soledad y el paso del tiempo. Una columna. Eso es todo. El visitante puede recorrer el lugar donde un día estuvo el templo de Artemisa, aunque debe tener cuidado de no mojarse los pies porque parte del recinto suele estar anegado por las aguas de una laguna cercana. No sabemos cómo era exactamente el templo de Artemisa, pero hoy se reduce a una columna coronada por un nido, restos de otras columnas esparcidos por el suelo, algunas estructuras que sobresalen en el terreno pantanoso y un silencio ensordecedor. Si les sirve de consuelo, en Santa Sofía, en Estambul, pueden verse las ocho columnas del templo de Artemisa que fueron trasladadas en el siglo VI d. C. a Constantinopla por orden del emperador Justiniano. Pero el mejor consuelo es que el tiempo que pasamos admirando la única columna del templo de Artemisa hace que el Artemision siga vivo.

No se trata de que un ordenador reconstruya digitalmente para nosotros las 127 columnas del templo de Artemisa, porque ese prodigio técnico está bien para poder ver en el cine las mil naves aqueas que navegan en busca de las costas de Troya, pero es incapaz de devolver al templo su grandiosa elegancia. Se trata más bien de aguantar a pie firme el calor de Éfeso y añadir con el corazón y la imaginación 126 columnas a esa columna que resiste todavía y siempre, como la aldea gala de Astérix y Obélix, al invasor en forma de incendios, invasiones, expolios y olvido. Como el pastor Eróstrato, pero al revés, el visitante debe incendiar con su pasión el lugar en el que estuvo el Artemision y reconstruir el templo, levantar columnas y paredes, el pronaos, la cella en la que se encontraba la estatua de la diosa. Eróstrato incendió el templo de Artemisa para que su nombre no se perdiera, y nosotros debemos quemar el desolado espacio que un día ocupó el templo para que el nombre de Artemisa no se olvide.

Antes de dejar Selçuk, donde está el imprescindible Museo de Éfeso, y continuar con mi viaje, me acerqué a un grupo de españoles que acababan de visitar las ruinas de Éfeso. Se dirigían a Esmirna, la tercera ciudad más grande de Turquía. Y se iban sin hacer una visita a la columna del templo de Artemisa. Varias cervezas después, les dejé con la promesa de que, antes de irse, se harían una foto con la columna del templo de Artemisa y con la historia. Me sentí bien. Muy bien. Como un anti Eróstrato después de reconstruir el templo de Artemisa con el fuego de la palabra.

FUENTE: http://www.lne.es/siglo-xxi/2011/08/28/derrota-pastor-erostrato/1121770.html

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