El gusto de los monarcas, a través de las pequeñas esculturas de bronce


Mila Trenas | EFE | Madrid 12/11/2009

Pequeñas joyas en bronce forman la colección de Patrimonio Nacional, una de las más importante y ricas de Europa, que por primera vez se exhibe en la exposición "Brillos en bronce. Colecciones de Reyes".

Una selección de 123 piezas de esta colección junto con algunos préstamos, bronces en su mayoría, además de pinturas y obras sobre papel, forman la exposición que, organizada en colaboración con la Fundación Banco de Santander, inaugura hoy la Infanta Elena en el Palacio Real.

El recorrido por las diez salas que la forman permite hacer una reconstrucción del gusto de los monarcas españoles en función de sus circunstancias históricas y las ideas estéticas, desde finales del Renacimiento, con la colección de Felipe II, hasta la época moderna en tiempos de Carlos IV.

Escultura de bulto redondo, con una altura inferior a los 50 centímetros, vaciados por el método de la cera perdida y modelados y acabados con gran perfección técnica, el pequeño bronce surgió en Italia como objeto precioso de colección destinado a los gabinetes.

"Brillos en bronce" es la culminación de un trabajo de muchos años de las comisarias Rosario Coppel y María Jesús Herrero, quienes señalaron durante la presentación que la escultura en bronce en las colecciones reales españolas, a pesar de su gran importancia, es una de las menos conocidas por el público y no se ha hecho nunca en España una exposición de bronces.

Con un cuidado montaje, el recorrido se inicia en la época de los Austrias, con los bronces del Renacimiento que Felipe II reunió en una importante colección con piezas heredadas de su padre Carlos V, de su tía María de Hungría y de obsequios de importantes mandatarios.

"El Espinario", atribuido a Guglielmo della Porta, preside esta sala en la que también destacan obras de Giambologna, el artista más reputado de la época, una escultura de Felipe II, atribuida a Jacques Jonghelinch y la pieza de 8 centímetros "Lucerna" procedente de Mantua.

Los siguientes espacios profundizan en el gusto de Felipe IV, cuya presencia la marca Diego Velázquez y su viaje a Roma para encargar esculturas destinadas a la decoración del Alcázar madrileño.

Una reproducción de la "Fuente de los Cuatro Ríos" hecha por Gian Lorenzo Bernini en bronce, así como el retrato ecuestre de Felipe IV, atribuido a Pietro Taca, y obras de Antonio Susini ilustran la sala a la que sigue la dedicada a "Los Planetas y Baco", la serie más importante de obras de Jacques Jonghelinck.

Con la llegada de los Borbones a comienzos del siglo XVIII se produce un cambio de gusto en la corte, que se refleja en todos los ámbitos palaciegos y se plasma en las preferencias artísticas de Felipe V, que heredó de su padre Luis el Gran Delfín una parte de las colecciones que este había reunido.

La colección de bronces de la corona francesa estaba compuesta por reducciones de estatuas clásicas y por algunas copias de obras de Miguel Ángel, Alessandro Algardi o Bernini. Destacan en la sala los bronces del retrato ecuestre de Felipe V, de Lorenzo Vaccaro, y el retrato del Gran Delfín Luis de Borbón y Austria.

A las adquisiciones de Felipe V e Isabel de Farnesio, en las que destaca la compra de la colección del marqués de Carpio, se dedica el siguiente espacio en el que, por primera vez desde el siglo XIX, se puede contemplar el libro que mando hacer el Marques de Carpio con dibujos de todas las esculturas que formaban su colección.

Cuando Carlos III abandonó Nápoles para acceder al trono de España no trajo ninguna obra procedente de las excavaciones de Herculano y Pompeya, pero ordenó hacer moldes en yeso de algunas para vaciarlas en bronce.

Junto a algunas de ellas se pueden contemplar dos retratos ecuestres de Carlos de Borbón, uno con peluca corta y otro con peluca larga.

A continuación se exhibe la colección de pequeños bronces de Carlos IV, gran mecenas de las artes decorativas, entre ellas algunas de las pertenecientes al Conde de Proy, adquirida por el monarca.

Los siguientes espacios hacen un recorrido por los bronces franceses, en los que se percibe la formación clásica de los artistas, su atracción por el barroco romano y su interés por la anatomía.

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