LOS SIETE PECADOS CAPITALES. 5: LA IRA

César Fraga 16/03/2007

César Fraga, habitual colaborador de nuestra web, nos presenta el quinto capítulo de su serie 'Los pecados capitales'.

El mundo en el que vivimos cada vez nos resulta más inseguro e incierto; todos queremos que la vida y que todo lo que rodea a ella sea algo por lo que merezca la pena, pero desgraciadamente tenemos todo lo contrario: algunas veces hay factores externos que provocan que pasemos del cielo al infierno y viceversa; en otras –quizá en demasiadas-, es la propia irracionalidad humana la que hace que cometamos actos que, en condiciones normales, no se nos pasaría, ni en sueños, cometerlos hasta sus últimas consecuencias, provocando, en el peor de los casos, la muerte.

Cuando hablamos de irracionalidad, hablamos de reacciones (espontáneas o no) que el ser humano tiene en momentos concretos de nervios, tensión o desesperación. Y en ellas tiene cabida la ira, quinto de los pecados capitales que componen el ciclo; la definición más estándar de la ira (cf. lat. iram) es la que alude a la pasión del alma que provoca indignación y enojo. También alude, por otro lado, al apetito o deseo de venganza, a la furia y violencia de los elementos (humanos o no) y, en última instancia, a la repetición de actos de ensañamiento y/o enconamiento. Ese deseo o pasión no conoce límite alguno, ya que puede ser causa de un comportamiento violento para con nuestros semejantes, para con los familiares o para con uno mismo.

La ira es muy peligrosa por muchas razones; primeramente, porque esa reacción puede plasmarse mediante el asesinato cuando va dirigida a los demás; y, en segundo lugar, porque cuando va dirigida a uno mismo desemboca en el suicidio. En nuestra vida no dejamos de sentirnos en ningún momento felices, tristes o celosos; desde el lado positivo, la ira podría resultar beneficiosa si aflorara de manera muy esporádica y sólo en momentos muy concretos, ya que es un sentimiento más y que como tal debe ser manifestado. El hecho de que algo no nos salga como nosotros queremos, que no hayamos entendido bien nuestra tarea o que nuestro equipo pierda hace que nos frustremos; en ningún caso deberíamos sentir ira. El problema en sí radica en que factores externos (que tus compañeros se burlen de ti o te insulten, que discutas con tus padres por una norma injusta o que te echen la culpa por algo que no has hecho) pueden hacer que esa frustración se convierta en rabia y la rabia en ira. Dependiendo de la personalidad de cada uno, el camino que hay de la frustración a la ira puede ser extremadamente largo o corto.

Grecia y su mitología (y también su literatura) conoció los primeros casos de manifestaciones irracionales de seres humanos y divinos: Zeus, el padre de los dioses, ya empezó a dar muestras de esa ira con la manifestación del rayo y de otros fenómenos atmosféricos. Su hijo Heracles (Hércules) la heredó desde la cuna, estrangulando a dos serpientes colocadas por su “tía” Hera primeramente, y luego dándolo todo en cada una de las famosas 12 pruebas que realizó para adquirir la inmortalidad; Poseidón (Neptuno), dios del mar, ya se encargaba de marcar su territorio con la violencia que provocaba cuando se ponía a agitar las olas del mar. Y qué decir de Aquiles y la Ilíada , en cuyo comienzo aparece la palabra “ira” (en griego “menin”) como anticipo de lo que vendría después.

La Divina Comedia, de Dante, refleja a la ira como uno de los siete círculos que componen el Infierno, círculo que es vigilado por el Minotauro y dividido, a su vez, por otros tres círculos llenos de piedra y rodeados por un gran río de sangre. A partir de este espacio cada círculo empieza a tener divisiones que albergan una pena en particular, por ejemplo, los espíritus malditos, que están divididos en tres: los violentos, los injuriosos y los usureros.

Etimológicamente, la palabra “ira” resulta muy rica a la hora de hacer su derivación: la ira suele corresponderse con la iracundia (propensión a la ira, cólera o enojo), y de ahí el adjetivo iracundo,-a, como también la palabra irascibilidad (cualidad de irascible) y el propio adjetivo irascible (propenso a la ira). Hay que decir que estos dos últimos proceden del deponente irascor, iratus sum, de donde también proceden el verbo airar (mover a ira, agitarse o alterarse violentamente) y nuestro adjetivo airado, -a (aunque la “a” inicial no se sabe de dónde viene).

Sea como fuere, el caso es que la ira siempre va a dejarnos una estela, por lo general negativa. El mundo de hoy conoce muchos casos en los que la ira destroza elementos vinculantes (o no) a nosotros mismos: cuando queremos vengarnos de alguien por algo, cuando una injusticia es más que evidente, o cuando nuestros propios impulsos nos llevan a cometer, como antes hemos indicado, actos que no haríamos en condiciones normales, y que, generalmente, tienen un arrepentimiento tardío e inútil. Podemos verlo todos los días: en los programas del corazón en la televisión, en la ola de violencia que sacude nuestro fútbol, en los casi cotidianos casos de violencia de género (una lacra para nuestra sociedad), o, peor aún, en los actos de terrorismo cometidos dentro y fuera de nuestro país y en las injusticias contra los derechos humanos (véase Guantánamo, por ejemplo) que se producen todavía en muchos países del mundo. Afortunadamente, nuestro mundo actual también conoce métodos y fórmulas para ayudar al autocontrol, si bien resulta complicado controlar nuestro genio en estos tipos de situaciones. Tal vez deberíamos aplicarnos este dicho popular: “vivirás buena vida si refrenas tu ira”. A más de uno no le vendría nada mal.

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